Niebla antiqua

Reseñas generales

Los dinosaurios siempre ha sido parte del interés humano, junto con los zombies o los extraterrestres. Desde que apareció Gertie en 1914 de la mano de Windsor McCay hasta estos tiempos de alta tecnología, han estado presentes en el cine. Lo que nos lleva a pensar ¿qué pasaría si un día, caminando por el campo, la selva o el desierto, nos encontrásemos con un animal que, por razones obvias, no pertenece a este tiempo?

 

Eso fue justamente lo que vi ese caluroso día de invierno en la selva tropical suramericana mientras fungía como guía turístico para la compañía de viajes “Travel-Dream”, que era famosa por vender paquetes a esos ricachones que desean vivir aventuras extremas fuera de los estándares establecidos para paquetes turísticos convencionales. En mi interior agradecí que hubieran elegido la selva y no, digamos, Al-Thehlah.

Iba al frente de un pequeño grupo de ocho personas mientras mostraba e intentaba explicar las maravillas que nos rodeaban, desde rocas de colores exquisitos, riachuelos cristalinos y frutos apetitosos que era mejor no tocar mientras no supiéramos, mediante un estudio científico, si podían ser consumidos.

 

Vestía la típica indumentaria de cazador, y llevaba al hombro mi rifle de caza calibre .308 Winchester; nunca se sabía qué tipo de animal podía sorprendernos en medio de la selva. 

 

Nos topamos con un acantilado pedregoso, pero de poca altura, y decidí guiar al grupo río arriba, para vadearlo donde la corriente fuera menos fuerte. Sorteamos sin dificultad las rocas que nos permitieron el paso hasta el otro lado y encontramos un hermoso claro donde tomar un descanso.

 

Un grupo de cinco se quedó a preparar las botanas y las tiendas de acampar mientras yo y tres más fuimos a buscar leña y frutos.

 

Habíamos recorrido cerca de trescientos metros, según recuerdo, cuando escuchamos la explosión y, seguidamente, un grito de horror.

 

Desandamos el camino a la carrera; las ramas nos golpeaban el rostro al avanzar sin el cuidado de antes, y al llegar al claro, donde los preparativos para las carpas estaban aún en las mochilas, vimos enseguida lo que algo andaba muy mal.

 

La doctora Reyes estaba de rodillas en el suelo con el rostro bañado en lágrimas y la respiración agitada mientras intentaba mirar algo a través del follaje. Otros dos, de pie, también parecían querer ver algo en aquella dirección, uno más sostenía un arma, una semiautomática de 9mm. 

 

El Licenciado Antonio Torres no estaba.

 

- ¿Qué ha pasado aquí? ¿y de dónde ha sacado eso? - señalé la pistola.

- ¡Pues enhorabuena la he traído! - respondió Rodriguez, el coronel retirado del ejército.

- ¡A Torres, se lo han llevado! - Dijo al fin, entre sollozos, la doctora en ciencias biológicas Almena Reyes.

- ¿Quién se lo ha llevado? - pregunté con urgencia.

- ¡No lo sé, parecía un cocodrilo…-

- ¡Cocodrilo ni hablar! Esa cosa lo agarró con las patas delanteras y se lo ha llevado. - Refutó el ex-coronel.

-Es un dinosaurio. - Habló el doctor en geología Juan Crisóstomo Cortéz, con más calma de la que de verdad sentía. Todos dirigimos la mirada hacia él, como si hubiera pronunciado algún comentario totalmente fuera de lugar.

 

No pude hacer más que poner los ojos en blanco ante semejante tontería e intentar llamar a la calma. Colgué de nuevo mi rifle al hombro y anuncié.
- Señor y señora Gomez -me dirigía a los esposos Gomez, dueños de una cadena internacional de restaurantes. -Pueden ayudar a Almena mientras voy con Rodriguez y Cortéz a buscar a Torres? -

Ante la afirmación de la pareja y de aprobar con un gesto al ex militar de llevar su arma, salimos a la búsqueda de Torres.

 

- ¿Por qué ha dicho que un dinosaurio se ha llevado a Torres? - pregunté a Cortéz, una vez nos alejamos del campamento.

- ¡Porque es lo que ha sido, hombre! -

- Sabe que eso no tiene sentido, ¿verdad? pudo haber sido un dragón de komodo, ¿no? -

-He visto al dragón de Komodo, amigo, y esto no tiene ningún parecido y, si mis conocimientos en geología no me fallan, estamos muy lejos de Indonesia. -

 

Rodriguez nos dirigió una mirada, y entendí que estaba de acuerdo con Cortéz pero no se atrevía a decirlo en voz alta. Continuamos caminando en línea recta hasta que, unos metros más adelante vimos algo.

 

Una pierna humana.

 

- ¡Es Torres! ¡Maldición! - gruñí al acercarme a lo que quedaba de Torres. Nunca antes había perdido un turista, aunque muchas veces se vieron en peligro; de caer desde un helicóptero, de ser raptados por tribus aborígenes y hasta de ser devorados por arenas movedizas, pero nunca había perdido a nadie.

 

Permanecí de rodillas junto a aquella evidencia de lo horrible.

 

- Un dragón de komodo no es capaz de hacer esto. - dijo Rodriguez, mostrándose a favor de la teoría de Cortéz. -Mire, ¡hay un rastro! - Señaló un punto más allá.

 

El rastro nos llevó hasta otro claro que sobrepasaba la espesura selvática. Era impresionante el silencio que reinaba por doquier, aunado al hecho de que había una bestia capaz de arrancar la pierna a alguien.

 

Justo a la orilla del rio, que era otro afluente del que usamos como punto de acampada, había un bulto.

-Iré a ver- dije. Los otros dos asintieron y se quedaron tras el follaje; Rodriguez, con el arma preparada apuntando al frente.

 

Salí al claro y me dirigí al bulto, que poco a poco iba tomando forma; una forma espantosa… de restos humanos…

 

Tuve que acercarme bastante para distinguir las ropas y… la insignia de la compañía.

 

Entonces sucedió.

 

De entre el follaje, frente a mí, al otro lado del río, emergió la criatura. 

 

Maldita sea si Cortéz tenía razón.

 

Una especie de lagarto corría en dos enormes y musculosas patas traseras, emitiendo un alarido que no logré identificar con nada que hubiera oído antes.

 

Apunté y disparé. 

 

La potente munición .308 Winchester hizo su trabajo y me regaló, al menos, dos segundos para girar y correr.

 

No necesité avisar a mi grupo, quienes también vieron a la criatura y abandonaron el refugio a toda prisa. Rodriguez se volvió y efectuó seis disparos en rápida sucesión; cuatro impactaron en el animal, gracias a sus años de duro entrenamiento, pero la dura piel escamosa era un trabajo difícil para el 9mm.

 

Sin dejar de correr, busqué el radio que llevamos todos los guías para comunicar con la central y emití el mensaje de emergencia, preparando la lancha que nos esperaría varios kilómetros río abajo.

 

El doctor Cortéz vio adelante la pierna de Torres en el suelo y la cogió como pudo y la lanzó lo más lejos que le fue posible, supongo que tenía la intención de desviar la atención del animal; en el suelo, sentíamos el retumbar de sus pisadas.

 

- ¡Seguid corriendo! - Dije, mientras me detuve a efectuar un disparo, pero esta vez con mesura y equilibrio. Puse una rodilla en tierra, pasé el cerrojo del arma y casi enseguida vi al monstruo: tenía unos cuatro metros de largo y más o menos mi altura; no podría protagonizar otra entrega de Jurassic Park, pero con seguridad nos convertiría en su cena fácilmente.

 

Al graznar uno de esos terribles alaridos pude ver sus fauces llenas de dientes filosos como cuchillas. Intenté perder la menor cantidad de tiempo posible y disparar con precisión.

 

No me quedé a ver si había dado resultado, aproveché el rebote del disparo para salir como impulsado por un resorte hacia el campamento; detrás de mí, el eco espantoso del graznido de la bestia.

 

Comenzamos a gritar a todo pulmón “¡Moveos! ¡Corred!” cuando notamos que nos acercábamos al campamento. 

 

Al llegar al sitio, y sin tiempo para recoger nada, nos dirigimos hacia donde nos esperaba la lancha.

 

Subimos a los saltos. La embarcación se bamboleaba peligrosamente con cada abordaje.

- ¡Falta uno! - Dijo el conductor.

- ¡No hay tiempo! vamos ya, ¡YA! - grité.

 

El hombre nos vio con las armas en mano y el terror en los rostros, y empujó la palanca en el tablero de mandos, haciendo que el motor fuera de borda se alejara de la selva a paso presuroso.

 

Luego, escrutando el entorno verde, con los ojos y oídos aguzados, esperaba ver de nuevo aquello. Estaba seguro de que no podría superar la velocidad de la lancha, pero prefiero saber dónde está el enemigo y no que me tome por sorpresa. 

 

En lo profundo de la selva, me pareció oír algo, pero no estaba seguro.

 

- Según la descripción- Se aventuró el doctor Cortéz, acercándose a mí; cauteloso de que los otros escucharan. -Es lo que conocen como Niebla Antiqua o Niebla antigua. Es una especie de terópodo Abelisaurus de finales del período Cretácico hace unos setenta millones de años. O al menos, eso creíamos. -

 

No sé nada de dinosaurios, excepto que se extinguieron hace mucho tiempo; para mí, es una mala noticia y un montón de explicaciones que dar al llegar a la ciudad.

 

FIN

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