Si vivieran...

Reseñas generales

Si los dinosaurios existieran, de verdad, y caminaran entre nosotros —no como un experimento de laboratorio ni como animales encerrados en jaulas—, yo creo que no lo diría. No lo contaría en redes, no sacaría fotos, no haría videos virales. No porque no quisiera compartirlo, sino porque sentiría que algo tan inmenso no debería reducirse a una pantalla.

Lo primero que haría sería ir a buscarlos. Donde sea. Aunque eso implicara cruzar selvas, montañas, desiertos, aunque no hubiera caminos, aunque tuviera que andar solo. Me movería por la intuición, por las señales, por el silencio raro que a veces anticipa algo extraordinario.

Y cuando por fin los viera, me quedaría quieto. Muy quieto. No para esconderme, sino por respeto. Porque estar frente a algo que estuvo antes de todo lo que conocemos... debe ser como estar frente a un dios antiguo. Me costaría respirar. No por miedo, sino por la magnitud. Porque hay presencias que te hacen sentir pequeño de la mejor manera.

No querría tocarlos enseguida. Solo mirarlos. Ver cómo se mueven, cómo miran, cómo respiran. Saber si rugen o si son más silenciosos de lo que imaginamos. Me interesaría más su esencia que su apariencia. Lo salvaje, lo real, lo que no se puede domesticar.

Si en algún momento uno se acercara —sin intención de atacarme, claro— y pudiera rozar su piel, lo haría. Pero no como quien toca algo exótico. Lo haría con una mezcla de asombro y cuidado, como cuando tocás algo sagrado. Solo un instante. Y eso me alcanzaría para recordarlo el resto de mi vida.

No lo pondría en palabras. No intentaría explicarlo. No hay lenguaje para ciertas experiencias. Hay cosas que solo se entienden desde el silencio. Y esta sería una de ellas.

Volvería a mi vida con el corazón cambiado. Sin necesidad de demostrar nada. Sabiendo que fui testigo de algo que no todos pueden ver, no por suerte, sino porque no todos están dispuestos a mirar de verdad.

No intentaría convencer a nadie. No discutiría con escépticos. Guardaría el secreto como quien guarda un fuego. Porque creo que hay cosas que si las compartís mal, se apagan.

Y si un día alguien, sin que yo diga nada, me mirara a los ojos y me dijera "vos los viste, ¿no?", probablemente sonreiría, bajaría la mirada, y no respondería. Porque esa pregunta, hecha de intuición más que de palabras, sería la única prueba que necesitaría.

Porque no todo debe ser explicado. A veces, lo más real, lo más salvaje, lo más vivo… simplemente se guarda.Con el tiempo, creo que empezaría a soñarlos. No como pesadillas, sino como esas visiones que te visitan cuando algo importante quiere quedarse en vos. Soñaría con sus ojos enormes, con su respiración profunda, con el sonido de la tierra temblando bajo sus pasos. No serían sueños violentos, sino casi místicos, como si algo en mí siguiera buscándolos incluso dormido.

Quizás, en alguna noche callada, mientras el mundo sigue corriendo detrás de cosas pequeñas, yo saldría a caminar solo. Y ahí, entre sombras y viento, sentiría que ellos todavía están cerca. No los vería, pero sabría que existen. Que siguen caminando en algún rincón del mundo donde el ruido no ha llegado.

Y entendería que no vinieron para ser admirados, ni cazados, ni estudiados. Vinieron para recordarnos algo que habíamos olvidado: que no somos los dueños de este mundo, que hay fuerzas más antiguas que el tiempo, más sabias que nuestras palabras.

Entonces me sentaría en silencio, como al principio, y dejaría que ese recuerdo me atraviese. Porque a veces, lo más importante que podés hacer con un milagro… es no romperlo. Solo sentarte cerca, en paz, y dejarlo ser.

Y eso, para mí, sería suficiente.

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