Thunderbolts, la paradójica pesadilla libertaria, el mito de la autorregulación privada y el ultranacionalismo con moños
Aspectos socioculturalesEn inglés existe el término accountability. Compleja su traducción, se trata de un término que en mayor o menor medida combina al menos tres elementos: transparencia, uso adecuado de los recursos y, el menos tangible de todos, un sentido de responsabilidad y compromiso. La accountability implica a la persona, grupo o institución que debe.ejercerla y a la persona, grupo o institución a quien se le debe de dar parte. Es una condición necesaria para consolidar la confianza y dar estructura a todo el aparato que llamamos sociedad.
Los relatos de superhéroes requieren una falta de accountability. Si a los superhéroes se les pidiera hacerse responsables por los efectos secundarios que sus acciones tienen, las películas sobre ellos estarían colmadas de aburridos procedimientos legales. Damos por sentado que al interior de sus respectivos universos existe un consenso absoluto acerca de la bondad de sus actos y que todos y todas estan de acuerdo con cargar con los costos y repercusiones de las mismas. Esta vaguedad normativa de sus realidades cinematográficas (no analizaré nada sobre los cómics) permite que todo fluya y los finales felices estén asegurados. Sin embargo, desde principios del siglo XXI y con el boom de las películas de superhéroes, y más explícitamente con el nacimiento del MCU, está justificación poco a poco pareció irse volviendo insuficiente.
En un universo donde existe una casta de seres con capacidades y poderes ya sea sobresalientes, sobrehumanos o sobrenaturales, y con casi 4 decenas de películas interconectadas de las maneras más absurdas, la solución que se planteó fue crear una versión alternativa de accountability que no solo diera por sentado el valor de las acciones de sus protagonistas, sino que hiciera patente su relevancia al confrontarlos con el resto de poderes legítimos de la sociedad. S.H.I.E.L.D de pronto comenzó a convivir en la narrativa con el FBI, CIA y demás departamentos de seguridad del imperio americano y la validación de las acciones de los superhéroes se volvió legítima a partir de la tensión entre los actores públicos y privados.
El MCU creó así un universo que combina supuestos valores progresistas, opacados por los valores neoliberales de la meritocracia, el libre mercado y la hiperindividualidad. Y Thunderbolts es simplemente una más de sus banales expresiones.
Liderada por la excepcional Florence Pugh y con grandes actores como David Harbour, Julia Louis-Dreyfus, Rachel Weisz, y Sebastian Stan, Thunderbolts es una película genérica, tediosa, sin ningún aspecto creativo, solo una serie de escenas que no son más que refritos de todas sus antecesoras. Comedia burda, drama barato, acción genérica, efectos simplones y escenas de acción carentes de identidad. No me parecería relevante hablar de ella si no fuera por el descarado nivel de propaganda y su papel ante el actual panorama internacional.
Más allá de analizar la película, la cual ofrece muy poco, por no decir nada en absoluto, sobre lo cual reflexionar, quisiera hacer notar los valores que trascienden de lo que sería el nuevo triunfo de la actual etapa del MCU, pero que llevan arrastrando como mensaje en general.
Lo primero es la idea de la meritocracia. Para este universo, las personas son simples víctimas de fuerzas que los rebasan y ante las cuales necesitan seres extraordinarios a los cuáles no pueden cuestionar ni enfrentar. De hecho, cuando se incluye a la gente común suele ser como idólatras o amenazas debido a su torpeza, a menos de que se trate de individuos sobresalientes, pero no con cualquier cualidad, sino verdaderos genios, personajes que parecen ordinarios pero que en verdad son seres únicos, condenados al ostracismo y el rechazo. Para el universo de Marvel, la democracia es un accesorio, un detalle para brindar cierta supuesta complejidad entre superhéroes y mundo, pero no es indispensable. O al menos no para ellos, quienes jamás estarían dispuestos a demostrar accountability. Los superhéroes se autorregulan, son dueños de sus propios procesos y criterios de verdad, justicia y deber. Ellos definen sus límites y sus alcances y solo ellos pueden ponerse un alto. Sin embargo ahora no solo lo damos por sentado, sino que lo vemos en pantalla, somos testigos de como los gobiernos ceden ante ellos, los empresarios los explotan como mercancía y los apoyan. A menos, claro, que sean villanos, esas pocas manzanas podridas que dejan mal parados a el noble gremio de los millonarios.
El MCU también hace una revisión histórica. En el caso de Thunderbolts es clara la comedia de Guerra Fría que no parece tan graciosa al darnos cuenta de que está jamás terminó y aún vivimos una batalla cultural del norte y sur global. Un ejemplo de ello es el retrato de El Guardián Rojo, haciendo uso de un tropo repetido hasta el cansancio en las narrativas americanas, representa una versión “pirata” de los héroes gringos. Su tecnología es más barata, su cualidad es ser cómico, porque es una versión absurda, una copia mal hecha del inexistente excepcionalismo americano. En un momento “cómico”, Helena nos deja patente que el gran héroe ruso sigue siendo aún más absurdo y manipulado que los peores americanos. La torpeza de El Guardián Rojo es porque es ruso. La de John Walker, el destituido Capitán América interpretado por Wyatt Russell es consecuencia de sus propios actos y no contempla ningún aspecto de manipulación ni de control, a pesar de que las condiciones que lo forjaron son prácticamente las mismas.
De hecho, el gran dilema de la película es como una persona de orígenes y comportamientos inestables no puede ser un héroe. Se plantea que Bob Reynolds, que se convertiría en Sentry, interpretado por Lewis Pullman, es inestable porque no es un hombre excepcional como lo fue Steve Rogers, Chris Evans. Esta premisa, por si misma, es absolutamente clasista y discriminatoria, sobre todo porque Bob Reynolds no es más que una persona normal. No es una asesina, ni un superhéroe en desgracia, ni un agente secreto, ni un producto de laboratorio, solo es una persona normal, y solo nos muestra el profundo horror que genera en la nación del norte la gente común. Y es eso precisamente lo que caracteriza a ese mundo que se ha instalado en la Casa Blanca.
Y es que pese a disfrazar de progresistas sus películas, en verdad lo que son es la representación de los valores falaces que rigen el excepcionalismo, la meritocracia y el hiper-individualismo. Los artífices de la tecnocracia actual piensan que ellos portan los super trajes y que son esos seres dignos de ser idolatrados y a quienes no se les debe juzgar. Cómo superhéroes, están seguros de que solo ellos mismos deben autorregularse ya que se encuentran por encima de toda moral y poder social. Ya sea haciendo saludos Nazi frente a un público ultra conservador como Elon Musk, financiando distopias libertarias como Peter Thiel, desarrollando la tecnología del genocidio como Sam Altman o Bill Gates, están convencidos de que ellos son los Iron Man, Capitán América, o cualquier otro personaje y que todo mundo debería dejarles hacer lo que consideren necesario, pues no hay nadie con su inteligencia y dinero.
En cuanto a la película, como es de esperarse, el mensaje es sé tú mismo y el poder de la amistad. No hay más. Así de banal. Sin embargo, el verdadero mensaje es claro. En este mundo, el hombre común es peligroso, por eso debe mantenerse como lo que es, un efecto secundario de la acción de aquellos que en verdad importan.
Para quien no lo crea, solo es cuestión de ver las acciones que el gobierno gringo ha puesto en marcha. La criminalización de hombres y mujeres comunes y la concentración de poder de manera descarada en un grupo de hombres blancos adinerados que rigen con mano dura mientras dibujan reglas a su favor y se enriquecen robando el trabajo y poder político de todos y todas.
Es momento de frenar este absurdo, pues ante el renacer del fascismo y el desarrollo de un genocidio, entrar a las salas del cine y dejar impunes estos mensajes que han dejado de ser graciosos para convertirse en peligros al desarrollo del poder ciudadano, parece inmoral. El cine no tiene el poder de imponer nada, pero si funciona para normalizarlo.
Ah, y regresando a Thunderbolts. Simplemente es mala. Muy mala.


















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