Laberinto de Silencio

Reseñas generales

"Detrás de cada silencio, había un grito. Detrás de cada sonrisa forzada, una herida abierta. Nadie quiso ver... hasta que fue demasiado tarde."

 

Siempre me ha gustado dibujar laberintos.
Cuando era más pequeña, usaba lápiz y papel para inventarlos.
Ríos de líneas, caminos que no llevaban a ninguna parte.

A veces, me imaginaba caminando dentro de uno, perdida para siempre.

 

En la escuela dicen que soy introvertida.
Que soy "difícil".
Que tengo "problemas de ira".

La señora Clara, la psicóloga, sonríe mucho cuando me habla.
No importa cuántas veces le repita que odio que me toquen.
No importa que mis dibujos estén llenos de figuras solas, con bocas tachadas y ojos enormes.
Ella solo dice que debo "socializar más".

 

Mi papá tiene manos grandes.
Manos que deberían proteger.
Pero las suyas...
Las suyas me destrozan en la oscuridad.

En las noches, cuando la casa está en silencio, oigo mis propios latidos como golpes sordos.
Sé cuándo se acerca.
El crujido de la madera.
El olor del alcohol.
El peso de la puerta al abrirse.

A veces, cierro los ojos muy fuerte y pienso que si no lo veo, no puede tocarme.
Pero siempre me encuentra.

 

Me siento sucia.
Vacía.
Como si partes de mí se fueran despegando poco a poco.

Trato de decirlo.
De gritarlo sin palabras.

Cuando me arranco el cabello a mechones.
Cuando estrello mis lápices contra la pared.
Cuando me encierro horas en el baño y dejo marcas rojas en mis muñecas.

Pero todos solo ven a "la niña problemática".
"La que hace berrinches".
"La que está llamando la atención".

Nadie ve la verdad.

Nadie ve que estoy gritando.

 

A veces, sueño que hay una puerta en medio de mi laberinto.
Una puerta blanca.
Al otro lado, me imagino que hay silencio.
Un silencio real, no como el que cubre mi casa por las noches.

Un silencio que no duele.

 

Hoy me siento más cansada que nunca.
Siento que mi piel ya no me pertenece.
Que soy solo un cascarón vacío, arrastrándome por pasillos invisibles.

Es fácil, en realidad.
Solo necesito encontrar una forma de salir.

No hay miedo.
Solo... paz.
Una paz que no había sentido en mucho tiempo.

La cuerda cruje un poco en mis manos mientras la anudo.
Me pregunto si la señora Clara sonreiría si pudiera verme ahora.

Me pregunto si mi mamá notaría mi ausencia, o si simplemente pondría otro plato vacío sobre la mesa.

Me pregunto si, después de todo, alguien recordará a la niña que trató de gritar sin palabras.

 

Mi laberinto termina aquí.
No encontré la salida.
Pero al menos ya no tendré que seguir buscando.

 

Mañana, alguien encontrará el papel.
Un último dibujo.

Un laberinto.

Sin salida.

 

“No todos los monstruos viven bajo la cama. Algunos tienen las llaves de tu casa.”

 

(Ficción)

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