Mente fragmentada

Reseñas generales

El Eco

Recuerdo el grito de mi madre.
El sonido crujiente de la madera partiéndose.
El olor a sangre, denso como una niebla que no se disipa.

 

Recuerdo correr.
Caer.
El cuchillo brillando en la oscuridad.

 

Me llamo Rossi.
Sobreviví a la masacre de mi familia. Eso es lo que todos dicen.
Eso es lo que me repito cada mañana frente al espejo, donde apenas reconozco el rostro que me devuelve la mirada.

 

Desde aquella noche, he tenido sesiones semanales con la doctora Elvira Morales, una psicóloga de voz suave y ojos profundos, que parecen ver más allá de mis palabras.

 

—¿Recuerdas algo más, Rossi? —me pregunta, cada semana, cada suspiro.

—No mucho. Solo... sombras. Y una risa. Una risa horrible.

 

A medida que pasan los meses, rasgamos juntos el velo espeso de mi memoria.
A veces, creo ver un rostro: un hombre alto, con la mirada vacía.
Otras veces, veo mis propias manos, cubiertas de sangre, y un escalofrío me recorre.

 

La doctora dice que es normal. Que la mente a veces mezcla las imágenes para protegernos.
—No te culpes por lo que no puedes recordar —susurra con ternura—. A veces la verdad necesita tiempo para salir a la luz.

 

Pero yo no me siento protegida.
Siento... hambre.

 

Las sesiones continúan.
Los detalles se vuelven nítidos.
El asesino no forzó la entrada.
Sabía dónde estaba la llave escondida.
Sabía que mi madre dejaba la puerta trasera abierta en noches de calor.

 

Sabía demasiado.

 

—¿Qué ves, Rossi? —pregunta Elvira una tarde, su voz apenas un murmullo.

 

Cierro los ojos.
Y lo veo.
Mis manos.
El cuchillo.
La rabia salvaje.
El placer sordo de cada puñalada.

 

Abro los ojos, jadeando.

 

—Fui yo —susurro.

 

La doctora asiente, con una tristeza silenciosa.
No parece sorprendida.

 

—En el fondo, siempre lo supiste —dice—. Solo necesitabas estar lista para verlo.

 

Pero no.
Ella está equivocada.

 

Yo no estaba lista para verlo.
Y ahora que lo sé...
No puedo permitir que nadie más lo sepa.

 

Aquella misma noche, antes de que pudiera preparar su informe, la visité.
El cuchillo, mi viejo compañero, temblaba en mi bolsillo.
Elvira abrió la puerta, confiada.

 

No sufrió.
Al menos, eso quiero creer.

 

Cuando cayó, el silencio fue absoluto.
Solo el eco de mi respiración quedó flotando en la habitación.

 

Sin notas.
Sin rastros.
Solo una ventana abierta hacia la oscuridad.

 

Ahora camino entre sombras, sin nombre, sin hogar, sin pasado.
La única verdad que cargo es que nunca fui una víctima.

 

Soy el monstruo que todos temieron.
Soy la risa que aún resuena en aquella casa vacía.

 

Me muevo de ciudad en ciudad.
Trabajo. Sonrío a los vecinos.
Y cuando cae la noche... escucho.

 

Escucho la risa de la niña que alguna vez fui.
Recibo cartas que no recuerdo haber escrito.
Veo sombras que quizá siempre han estado allí.

 

¿Conspiraciones? ¿Fantasmas? ¿O simplemente... yo misma?
Ya no importa.

 

Los medios me llaman "El Eco".
Dicen que mis crímenes son susurros del pasado.

 

Quizá tengan razón.
Quizá solo soy el eco de un grito que nunca terminó.

 

Porque mientras aquella niña perdida ría en la oscuridad...
Yo nunca dejaré de buscar.

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.

De este autor