El complejo arte de hacer y deshacer en 'El Estudio'
Industria
Tengo una confesión que hacer. No es algo tan inmoral ni poco ético como para considerarlo un pecado o algo que se le parezca, pero hubo un tiempo en el que cada tanto (y cada vez menos) me invadía en el cuerpo el deseo de ahorrarme unos buenos fajos de dólares, comprarme un boleto de avión en dirección a Los Angeles y dejar todo atrás. Como aspirante a cineasta he leído, escuchado y visto muchas historias que me invitaban a querer forma parte de ese puñado de artistas del séptimo arte que, contra viento y marea, cambiaron su vida en el nombre del arte y se instalaron en la famosa ciudad de las estrellas.
Hoy todo es diferente. Mi mentalidad cambió. Cierta chispa en relación con este supuesto viaje que nunca hice se apagó, pero no por miedo al fracaso. Siempre me dije a mí mismo “no voy a morirme sin haber dirigido una película”, y lo voy a mantener firme hasta el día en que de por concluido un rodaje bajo mi dirección. Pero después de haber visto la nueva serie de AppleTv ‘El Estudio’, el anhelo y ese suspiro que grita silenciosamente cierta resignación me hicieron dar cuenta de que primero tengo que luchar por hacer algo en la tierra que me vio nacer. Creo que tengo una responsabilidad y unas ganas de querer cambiar las cosas en el país que me representa, pero a su vez sé que es bastante difícil. No soy nadie en el ambiente del cine, por lo menos no ahora. Aunque más difícil sería irme a un lugar que no conozco a querer insertarme en un sistema en donde, muy probablemente, haya una fila con miles de personas esperando su oportunidad tal como yo la estaría esperando.
Seth Rogen interpreta en esta espectacular y divertidísima serie a Matt Remick, un ejecutivo del estudio de cine Continental que desea desde lo más profundo de su corazón ser el director de la firma. Luego de veintidos años parece que su tiempo puede haber llegado: la que fue directora desde tiempos de Matuzalem ha sido despedida y las chances de ascender son grandes. El jefe de jefes (interpretado por Bryan Cranston) finalmente le da la noticia que tanto esperaba. Matt es ahora quien siempre quiso ser. ¿Pero a qué costo? La respuesta es bastante sencilla: sólo tiene que mantener equilibrada la balanza entre producir cine “pretencioso” que pueda llegar a los Oscars y cualquier otra competición, y porquerías que a todo el mundo le puedan gustar para luego poder financiar tal cine repleto de pretenciosidad. Así de fácil.
Hoy en día las ideas son reciclables, pero, sobre todo, desechables. Los riesgos que suponen tan solo pensarlas suponen dinero, energía y tiempo para las productoras, que, ante la falta de guionistas audaces se remiten a comprar propiedades intelectuales preexistentes para asegurarse los bolsillos, son la principal preocupación de la industria. No nos pondremos a analizar estadísticas porque ese no es el propósito, pero es sabido que la gran mayoría de títulos en cartelera no son más que adaptaciones de videojuegos, novelas, remakes, secuelas y cualquier otro derivado. Claramente esta discrepancia entre, el hacer por un lado y el deshacer por el otro, sólo les concierne a las productoras más reconocidas. No todas se pueden dar tal lujo. Este famoso sueño hollywoodense al que muchos nos atamos ingenuamente parece estar diluyéndose poco a poco, pero ¿será que esto siempre fue así y los tiempos no cambiaron tanto como pensamos?

En esta serie de diez capítulos rodadas al mejor estilo Birdman de Iñárritu nos metemos en la vida de este ejecutivo ascendido a director con pocas agallas para decir lo que piensa pero sí buenas intenciones, aunque eso suponga mentirle a los directores por errores de logística y comprar guiones para después enterrarlos. Rogen interpreta a un hombre que claramente está perdido, casi tanto como cuando se inició en el negocio. Su exjefa (Catherine O'Hara en un divertidísimo renacimiento de su carrera) lo chantajea para que de alguna manera él le devuelva lo perdido, su nuevo jefe sólo quiere basura barata que genere mucho dinero y de esta manera se mete en un círculo vicioso en donde el único que pierde es el arte.
La pregunta alrededor de la creación y destrucción artística sigue vigente. ¿Se crea por un deseo interno y se entierra por un entendimiento de cómo funciona la rueda, o se crea por un deseo externo y se entierra por el anhelo de haber hecho algo más personal? Una vez escuché que todas las historias ya están contadas, entonces ¿el cine tiene sus días contados? ¿nos tenemos que alinear con la idea de que hoy en día debe ser puro entretenimiento y nada más? Si me preguntan a mí, hay pocas cosas que pueda amar tanto en este mundo como una buena idea original, refrescante e ingeniosa. Cuando eso sucede, para mí es como un milagro. Tal como lo es esta disparatada autocrítica a un sistema tan podrido como el hollywoodense.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 9 de ABRIL del 2025 | 15.49 PM | UTC-GMT -3
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