La cámara es el fantasma: Presence (2024, Steven Soderbergh)
Reseñas generales
Cineasta ecléctico

Si de pensar cineastas eclécticos se trata, el nombre de Steven Soderbergh deberá integrar la lista. (¿Quiénes más? ¿Pablo Larraín, Michael Winterbottom?). El director norteamericano ha sido figura del indie (Sexo, mentiras y video) y del mainstream (Traffic); filmó a Kafka, Erin Brockovich, Sasha Grey y el Che Guevara; amenazó con dejar el cine (nadie le creyó, tampoco él mismo), construyó series fílmicas por sí mismo (Magic Mike, Ocean’s Eleven) y ha visitado tanto los formatos de las series (The Knick, Full Circle) como los shows televisivos (una de las ceremonias del Premio Oscar la produjo él). Más allá de ciertas predilecciones, parece que no hay género narrativo que le sea esquivo, y los revisita desde una consciencia fílmica evidente; tal es el caso, entre muchos títulos, de la ciencia ficción tarkovskiana de Solaris, el espionaje clásico de The Good German, el suspense tecnológico de Kimi, o el cine negro de Out of Sight y The Limey.
Tal vez el terror era la carta faltante.
Un buen guion para un buen director

En este escenario y enhorabuena, Steven Soderbergh vuelve a trabajar con el guionista David Koepp, con quien ya había coincidido en la espléndida Kimi. Si se repasa el plantel de directores que filmaron guiones de Koepp, tendremos un buen muestrario: Steven Spielberg (Jurassic Park, War of the Worlds), Brian De Palma (Carlito’s Way, Mission: Impossible), David Fincher (Panic Room), Ron Howard (The Paper, Angels & Demons), Sam Raimi (Spider-Man), entre otros; Koepp -a veces director- es un artesano del relato, clásico y de valía estructural; es decir, sus historias aportan una base sólida para el despliegue de un cineasta.
La conjunción entre Koepp y Soderbergh no podía ser mejor. Kimi demostró un entendimiento espontáneo, en una historia que Soderbergh filmó con solvencia, a partir de la agorafobia del personaje y su descubrimiento de un hecho criminal. Un tipo de historia donde el realizador brilla, atento a lo estrictamente necesario para que la historia avance y diga de maneras cifradas. Es ese mismo camino el que sobresale en el relato fantasmal de Presence.
Al revés de lo practicado en Here (un film notable, tontamente vilipendiado), donde Robert Zemeckis despliega una puesta en escena mentirosamente quieta, a partir de un plano fijo y situado en el interior de una casa, en Presence, la cámara se mueve de manera libre pero circundada por los límites del caserón donde habita. A partir del recurso de la toma subjetiva, Soderbergh familiariza al espectador con el personaje principal, es decir, el portador o la portadora de esa mirada a través de la cual observamos la totalidad de la película.
El recurso tiene historia en el cine, y el ejemplo más famoso es el de Lady in the Lake (1947) (otra película tontamente vilipendiada, y todavía), donde Robert Montgomery hace propia la primera persona del texto de Raymond Chandler y narra todo el film desde la toma subjetiva. A diferencia del film de Mongomery, donde sabemos de la identidad del protagonista: Philip Marlowe, en Presence hay datos que orientan pero tampoco dicen del todo sobre quién es el fantasma espía.
Casas y fantasmas

La historia inicia con el alquiler de la casa donde habita este espíritu. Allí va a vivir una familia, cuya hija adolescente vive traumada la pérdida reciente de una amiga. Su muerte permanece en el misterio, nada parece explicar satisfactoriamente porqué dejó de respirar. Tampoco es el primer caso, otra adolescente falleció de manera similar. De este modo, los miedos de Chloe (Callina Liang) se revisten, además del temor a la propia muerte, de lo que trae aparejado la adolescencia, en el vínculo con amigos, padres y hermano. Con éste (Eddy Maday), la diferencia es trabajada de manera simétrica: la buena relación entre Chloe y su padre (Chris Sullivan) es la misma que entre el hermano con la madre (Lucy Liu); al mismo tiempo, el desencuentro entre ella y la madre es el que también oficia entre el hermano con el padre. Por supuesto, los hermanos se miran con celo y no disimulan el enojo.
Todo esto es observado desde la mirada flotante de la cámara, que al adoptar el punto de vista de una entidad sobrenatural, mira desde arriba, se acerca y aleja, pero también demuestra pudor. A veces acciona y provoca efectos físicos. A partir de allí, lo que parecía invisible se materializa en ruidos, objetos fuera de lugar o fuertes caídas. La película cobra, ostensiblemente, la fisonomía suave de una casa embrujada, y en este sentido tendrá también alguna escena por lo demás característica. De igual modo con algún personaje puntual, como cuando se requiera de la ayuda de una médium que pueda resolver lo que escapa a la comprensión. Soderbergh apela a tales cuestiones porque son tópicos, pero apenas los requiere, la película hace pie en otro lugar, y ése es el del suspense.
La mirada espía
El cine es el arte de la mirada. Y observar a través de la cámara es espiar, tal como lo hace quien mira una película. Aun cuando en Presence el recurso esté validado por la presencia de una entidad paranormal, lo cierto siempre es que quienes miran son: quien filmó/grabó y el espectador. Entre el ojo que filma y el del espectador hay una comunión indeleble, cuya fusión el cine de Hitchcock supo plasmar.
Soderbergh es alguien atento a tales cuestiones, y las pone en práctica desde el disfrute del relato. Presence, ante todo, es una historia bien narrada, en donde el entretenimiento y los clichés están y, no es menor, están bien. Es el caso de los lugares comunes que se asocian a una película de casa embrujada, cuyos habitantes viven el miedo repentino de saberse a merced de algo o alguien que les acecha. La única que no teme es Chloe. Irónicamente, quien sufre por la muerte de la amiga, es quien entiende que el espectro podría ser, justamente, un aliado.
En este sentido, la cámara que gravita las vidas de esta familia guarda una doble acepción. Bien podría ser un espíritu errante, pero también la expresión metafórica de la situación que atraviesa Chloe, atrapada en la depresión. Todo el film ejercita un relato confinado -como Hitchcock en La ventana indiscreta-, con la mímesis entre el fantasma y Chloe como la llave del asunto. Por eso, habrá que prestar atención a cuándo y cómo la cámara altere el punto de vista narrativo, de acuerdo con los efectos de clausura de la historia; es decir, el desenlace será una apertura, pero también habrá algo que se cierre. De esta manera, el film logra el sostén de su estructura: alguien se libera del encierro pero a condición de atrapar a otro. El cine de terror juega con las maldiciones, y ésta no es la excepción.
En cuanto a su deriva, Presence hace del suspense su herramienta motriz. ¿Quién mató y por qué? El whodunnit hace avanzar la historia, a través de tomas sin corte. Soderbergh filma planos secuencia que cortan en negro y vuelven a la luz sin explicación. ¿El fantasma duerme?, ¿se disuelve? ¿Es una situación particular la que le hace recupera la consciencia? Todo esto no es otra cosa más que la explicación misma de un buen manual de guion: filmar lo que se debe, para articular un relato tan legible como entretenido. Solo cineastas con oficio (Sodergergh y Koepp) pueden lograr algo así, contundente, sin retóricas visuales (esos desplazamientos de cámara y trucos digitales hoy tan al uso) ni músicas que subrayen.
Presence es puro oxígeno cinéfilo. Y se sabe, no hay nada como una buena película.
Leandro Arteaga






















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