Here (2024) o el cine clásico de Robert Zemeckis
Reseñas generales
De paseo por el tiempo

Robert Zemeckis es mucho más que Volver al Futuro, aun cuando sea ésta la película o trilogía por la que se le recordará. En todo caso, se trata de un realizador que tuvo un momento de esplendor, que pasó a un relativo margen, y aun cuando no estuvo por fuera del radar del mainstream, nunca dejó de indagar en las nuevas posibilidades tecnológicas. Su filmografía, de hecho, está atravesada por esta preocupación. Algo que lo llevó, tal vez y últimamente, a privilegiar el acento técnico antes que al relato. Pero esto es muy discutible, no me parece la vara más justa para pensar en Zemeckis. En todo caso, es el hacer de cineastas como él, el que abre las puertas al cine por venir. Y el cine es un medio que debe estar, necesariamente, preocupado por los cambios tecnológicos.
Su más reciente película, Here (2024), basada en la novela gráfica de Richard McGuire, es un nuevo paso en esta dirección. Hasta no hace demasiado, la manera de pensar el cine pasaba por el montaje analógico, físico, replicado luego desde las técnicas del software; ahora, en cambio, la edición digital ha posibilitado el germen de otras imágenes, hasta tal punto que el estatuto mismo de ellas ha cambiado. En este juego, se alteró la percepción; por ejemplo, en la cantidad de capas que puede contener una misma imagen, un truco antes fotográfico y distinguible por el ojo humano (dada la pérdida de calidad en la superposición), ahora imposible de deslindar en cantidad y calidad (la cantidad de capas es ilimitada y todas conservan una misma calidad). Y en este sentido, la realización de Here implica algo enorme.
De los cuadritos a la pantalla
No leí la obra de McGuire, pero por lo consultado y visto, remonta a un proyecto en distintas etapas, que articula códigos del cómic en virtud de una narrativa experimental. McGuire desarrolló unas primeras publicaciones en 1989, que luego derivaron en la novela gráfica de 2014. Si se miran algunas de estas páginas, se podrán apreciar los mismos recursos que Zemeckis pone en juego: un único plano y ángulo de cámara, desde el cual mirar la historia del mundo.

De acuerdo con el film de Zemeckis, desde los dinosaurios a la fundación de Estados Unidos tendrán lugar en el recuadro elegido, situado éste dentro del living de una casa de suburbio norteamericana. Si los dinosaurios abren el relato, también lo hace la vejez del personaje (Tom Hanks), para luego ir y venir en el tiempo y los espacios, con esa casa y sin esa casa, deshabitada y vuelta a habitar, siempre desde el mismo ángulo de cámara quieta, desde la vejez símil Aleph del protagonista interpretado por Hanks.
¿Podía el cine volver relato la peripecia narrativa de McGuire? Sí, pero ahora. Evidentemente, tuvo que pasar mucho, tecnológicamente hablando, para que los paneles del dibujante fueran posibles desde el procedimiento formal del cine. La imagen digital, en este sentido, abrió otro mundo, y ahora, gracias a ella, es que la superposición de tiempos y espacios se articula como nunca antes se pudo. El cómic, por lo visto, llevaba todavía las de ganar (seguramente lo haga todavía en algunas cuestiones). En este sentido se explica, por ejemplo, la relativa novedad del “cine de superhéroes”, cuando dicho concepto existe en el cómic desde 1938.
Por todo esto es que allí decide adentrarse el director de Forrest Gump; en el desafío técnico de Here, pero también en el problema narrativo. ¿Cómo sostener un relato de casi dos horas, desde un único punto de vista? Habrá quienes al momento de ver Here pensarán en términos de “plano quieto”, por acorde a los pioneros del cine; pero no es tal cosa. Antes bien, Zemeckis inmoviliza mentirosamente la cámara, mientras lo que sucede dentro de los límites del cuadro se preocupa por ir más allá, y por explayar la mirada del espectador hacia zonas no vistas (no casualmente, el living cuenta con una ventana -¿indiscreta?- que replica el formato 16:9, a la manera de un reencuadre que permite “espiar” el exterior). El montaje interior (dentro de los límites del encuadre) es ejemplar, pensado de forma sostenida, rítmica, creíble. Más el vértigo del paso del tiempo, manipulado en función de las viejas lecciones cinematográficas. El tiempo, se sabe, es la materia prima del cine, y Zemeckis lo ha vuelto, muchas veces, motivo temático de su obra (Volver al Futuro, Forrest Gump).

De este modo, Here puede ir y venir conforme a cómo acomoda las piezas de su relato. Si el eje está puesto en el personaje de Tom Hanks, anciano, será él quien guíe las pautas temporales, más atrás y un poco más allá. Hanks, además de actor fetiche de Zemeckis, es un fiel exponente de cierto cine clásico aún posible. Pensar en él es hacerlo en términos similares a James Stewart o Henry Fonda. Hay un tipo de personaje que el actor sabe encarnar, además de cargar con cierto tipo o concepto de cine. Esto es algo que Zemeckis sabe y comparte; por eso, su tarea fílmica es tan interesante, preocupado como parece por hacer posible las viejas maneras con las nuevas recetas técnicas.
A partir de esta premisa, Zemeckis puede tanto fotografiar como digitalizar el rostro del actor y de la actriz, Robin Wright; hasta el punto de rejuvenecerlos y hacerles revivir sus 18 años. ¿Es creíble el retoque técnico? ¿Vale la pena detenerse en esto? (Un mismo comentario se hizo en su momento con The Irishman, de Scorsese). En todo caso, se trata de enfrentar el dilema de concebir imágenes semejantes, y en este caso, el resultado es cuanto menos extraordinario. Seguramente, Hanks y Wright nunca pensaron en interpretarse como adolescentes con sus edades actuales. El cine actual lo permite. Y la mirada de un espectador predispuesto lo hace posible. Dicho esto, ¿dónde termina la imagen analógica y cuándo comienza la digital? El ojo ya no puede distinguir con claridad, y es fascinante y es un peligro. Pero en Here, en Zemeckis, hay un hecho estético; menos mal que hay cine, debiéramos pensar.
Como en el cine clásico

A manera de corolario, vale subrayar, por si no quedó claro, que en Here prima una voluntad narrativa que la anuda a las viejas maneras clásicas. Hace poco vi Make Way for Tomorrow (1937) de Leo McCarey. En ella, una pareja anciana tiene que entregar su casa al banco y sufre el desinterés de sus hijos en hacerse cargo de ellos. Ciertos pasos de comedia no engañan el asunto: es la década de la gran depresión, y los problemas familiares de hoy son los mismos que los de ayer. Lo extraordinario es cómo McCarey filma la despedida de la pareja: saben que están por morir (no porque estén enfermos o algo así, sino porque la vida, el tiempo, ya pasó), y se permiten una gran noche. Vuelven al hotel de su luna de miel y los agasajan, algo que evidentemente no puede suceder, pero en el cine sí (el cine es un milagro). De todas formas, saben que no podrán seguir juntos, sea porque los hijos no los quieren tener consigo, o sencillamente porque la vida se termina.
El momento final de Here me recordó fuertemente la película de McCarey; las dos comparten el desenlace. Y en las dos, está presente la preocupación por una cosmovisión que fácilmente podría ser tachada de conservadora (solo en ciertos aspectos, y con razón). Pero en verdad, hay algo más profundo, complejo, metafísico diría. Así como Victor Moore y Beulah Bondi se besan en Make Way for Tomorrow, Robin Wright y Tom Hanks se abrazan ancianos en Here; en ambos casos, el chispazo de felicidad hace soportable lo sufrido. No en vano, un clima navideño es el que rodea a las dos películas. Zemeckis dialoga con el cine de otros tiempos, y mientras lo hace (y porque lo hace) busca las maneras de revalidarlo en estos nuevos contextos.
Leandro Arteaga














Comentarios 2