Diabólico y sensual Robert Eggers, me has hechizado nuevamente

Dirección

 

En las películas de Robert Eggers los personajes pueden despiadadamente arrancar gargantas con sus mandíbulas mientras aúllan como si fuesen lobos en un llamado a los dioses, pueden tirarse pedos sin haber sentido el más mínimo sentido de vergüenza y también reírse de ello, pueden sentirse sexualmente atraídos por una cabra negra que les promete una vida más “deliciosa”… y hasta pueden tener relaciones sexuales con el vampiro más grotesco que se haya visto en una pantalla grande sólo para salvar al mundo. Sí, todo eso y más es lo que propone este director que no abraza las ideas del conformismo como acercamiento a su audiencia. Tal vez por eso en la función a la que asistí hace tan solo un par de días de Nosferatu, la (tal vez) obra más ambiciosa del director oriundo de New Hampshire, había varios jóvenes riéndose mientras el personaje protagonista interpretado por Lily Rose-Depp ejercía una suerte de posesión demoníaca/sexual en cierta escena de la obra en cuestión. Algo que claramente nos habla sobre cómo no podemos aceptar nuestra naturaleza morbosa con la única intención de querer pertenecer a un grupo social. Pero ese es otro tipo de debate…

 

Este inherente costado “animalístico” del ser humano que representó en los cuatro magníficos títulos de su filmografía significan mucho más de lo que gráficamente se pueden asimilar, y es que Eggers no le tiene miedo a qué puede llegar a pensar la audiencia sobre su cine. Sencillamente no le interesa. Todos somos animales y ya deberíamos saberlo a esta altura, el problema es que, en un mundo moderno parecemos más entes programados que otra cosa, él prefiere remontarse a tiempos pasados en donde se palpó otra faceta del ser humano. En este gótico, victoriano y oscuro relato de obsesión, dominio y seducción el realizador decide darle una refrescante dosis de sangre a la ya conocida historia del plagio más tenebroso de la historia del cine, el eterno Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau. Poco más de cien años pasaron después del estreno de aquella obra tan polémica como revolucionaria, y en el medio un centenar de títulos relacionados con el vampirismo que casi siempre invocaron aquel expresionismo absoluto que había dejado el director alemán como parte de su legado. La vara no estaba tan alta al respecto: si vamos a ser sinceros, los vampiros no tuvieron el merecido trato que deberían haber tenido en las últimas décadas. Todo eso cambió, y ahora comienza una nueva era.

 

 

Pero no nos dejemos engañar, la trama de Nosferrratu (como pronunciaría Willem Dafoe con ese dialecto impuesto por su comandante director) no es más que la de una joven con serios desequilibrios mentales que se ve acechada desde una temprana edad por macabras pesadillas controladas por un conde demoníaco. Fantasía, brujería y hechicería se funden en un relato que desde el inicio plantea una interesante dicotomía visual y narrativa entre lo onírico y real. ¿Quién es este Conde Orlok? Hasta no pasada la media hora, Bill Skarsgard se presenta en pantalla de manera irreconocible (gracias a un superlativo trabajo de maquillaje e interpretativo a su vez) como el comprador de una vieja mansión en ruinas situada en la podrida ciudad de Wisburg que solicita la presencia de un asistente inmobiliario para concretar la venta. Entonces ¿dónde está el truco y la magia de su genialidad? La respuesta está en las formas, y Eggers resulta ser un maestro que las adora y traspasa a la pantalla como nadie en esta tierra.

 

Resulta que como todo ser masculino guiado por la obsesión femenina, Orlok ejecuta detalladamente un plan para conseguir lo que quiere. El asistente inmobiliario no es más ni menos que Thomas Hutter, reciente esposo de la “delicada criatura” a la que acecha en sueños desde hace años, y el viaje comienza con este encuentro entre Thimas y Orlok. Pero los personajes de ‘Nosferatu’, quitando al bigotudo y podrido antagonista, se sienten como títeres, pero que no suene como un capricho objetivo de este apasionado espectador y autor de este artículo. Eggers sólo decidió ablandarlos con el único propósito de hacer sentir a su villano como el maquiavélico titiritero que orquestra los hilos de la historia. Esta es su película, por más que se venda como una profundizada desde los decaídos y somnolientos ojos de la joven Ellen Hutter. Nosferatu es la inquietud y el pavor de un pueblo gitano, es la idea de un ser superior como metáfora del colonialismo, es la lucha entre lo factible de la ciencia y el desconocimiento de la superstición, es el símbolo del despertar sexual. Pero, sobre todas las cosas, es una película con el sello característico de un auténtico viajero en el tiempo.

 


Inspirado por el inmensurable amor por lo artesanal y lo tangible, el director nos sumerge literalmente en una retorcida epopeya que se apoya en el poder aplastante de sus imágenes para impactar al máximo posible. Si algún/a inspirante a realizador/a desea tener una masterclass gratuita en construcción de atmósfera, que se regale a sí mismo ciento treinta y dos minutos de fotografía que roza lo lisérgico con lo fantástico y un diseño de producción que se siento como un mimo abrasante para aquellas personas dedicadas por recrear una época en su máxima expresión. La película se siente auténticamente gótica desde cada rincón: el director nos sucumbe en los claroscuros reflejados por una enorme luna, nos pone en el centro de un solitario camino rodeado por pinos que encierran al pobre Thomas en su camino al castillo de Conde Orlok y también nos asfixia visualmente a nosotros, mueve la cámara tanto lenta como rápidamente para hacernos parte de la fiebre contagiada por los poderes del vampiro, y se deshace de cualquier idea preconcebida sobre cómo puede verse uno de ellos.

 

 

Siempre creí que todas las historias están contadas en el cine. Por lo menos así lo veo yo. En términos generales casi todo a un nivel macro se encuentra representado de alguna u otra manera en el cine. Entonces ¿qué nos queda por contar? La respuesta según los ojos de Eggers se transforma en otra pregunta: ¿cómo voy a contar lo que quiero contar? En ese triple ida y vuelta entre el espectador, la obra y su creador se encuentra la nueva visión de Nosferatu, una oportunidad que el director estuvo esperando prácticamente casi toda su vida por contar, y que yo estuve esperando toda la mía por ver en una pantalla grande. 

 


POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 16 de ENERO del 2025, 20.23 PM | UTC-GMT -3

 

 

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