Quiero dejar un registro de que existí.

No porque crea que el mundo me debe memoria,

sino porque sé lo fácil que es volverse nadie.

 

He visto cómo tragan nombres.

Cómo el tiempo mastica promesas

y escupe restos de personas que juraron ser inolvidables.

 

No quiero ser una anécdota tibia.

No quiero que mi vida suene a “más o menos”.

 

He amado como quien apuesta la casa sabiendo que la va a perder.

He cambiado de ciudad, de acento, de país incluso,

solo para no buscarla en los supermercados, en las esquinas, en los martes grises.

Y aun así la memoria me encuentra.

La memoria siempre encuentra.

 

Qué ironía:

huí del mapa,

pero no de mí.

 

He sido fuego cuando debía callar.

He callado cuando por dentro todo era incendio.

He tenido que aprender a caminar con dignidad

mientras por dentro negociaba con mis propios fantasmas.

 

No soy inocente.

No soy puro.

Soy consciente.

 

Y eso pesa más.

 

Quiero que quede claro que no pasé por aquí anestesiado.

Que no viví a medias.

Que si me rompí, fue por intentar sentirlo todo.

 

Hay una parte de mí que observa el mundo con sarcasmo,

viendo cómo todos quieren ser eternos

pero pocos se atreven a ser auténticos.

 

Yo no quiero eternidad.

Quiero impacto.

 

Aunque sea incómodo.

Aunque no guste.

Aunque mi nombre provoque silencio en una habitación.

 

Quiero dejar un registro de que existí

porque sé lo que es mirarse al espejo

y preguntarse si uno está viviendo

o simplemente resistiendo.

 

Y no.

No vine a resistir.

 

Vine a marcar.

Vine a quemar lo suficiente como para que alguien, algún día,

toque las cenizas

y se pregunte quién fue el imprudente

que se atrevió a vivir así.

 

Si voy a desaparecer,

que sea después de haber sido imposible de ignorar.

 

 

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