La Casa en el Bosque Inconsciente Silvina siempre sintió que el bosque al borde del pueblo guardaba secretos que nadie se atrevía a contar. Desde niña, cada vez que se acercaba, una sombra helada recorría su columna, aunque nunca supo explicar por qué. La gente mayor murmuraba sobre desapariciones y gritos que la noche llevaba consigo, pero todo se perdía en el tiempo, como un cuento que nadie recuerda a la mañana siguiente.Una noche de luna nueva, cuando la oscuridad era tan densa que parecía absorber la luz misma, Silvina decidió cruzar el límite que nadie cruzaba: la puerta oxidada y casi oculta por la maleza que llevaba a la vieja casa en el corazón del bosque inconsciente.La madera chirriaba bajo sus pasos, y un susurro como un lamento parecía emanar desde las paredes mismas. Dentro, los retratos de una familia desconocida la miraban con ojos vacíos, como si esperaran algo, o a alguien.De repente, el reloj de pared comenzó a latir con un pulso que no era suyo, marcando un tiempo que distorsionaba la realidad. Silvina sintió que la casa respiraba, vivía, despierta después de décadas de silencio.Mientras avanzaba, la niebla del bosque parecía filtrarse dentro de esa prisión de madera y sombras. Cada puerta abierta revelaba un eco del pasado: risas ahogadas, pasos que no se oían, y rostros que desaparecían al parpadear.Silvina sabía que no estaba allí por casualidad. Había sido llamada, y ahora, la casa en el bosque inconsciente esperaba cobrar su deuda.

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