Después de verla, quedó en mí como una sucesión de cromos incendiando mis pupilas. Los intentos de dormir fueron vanos. Traspasé la noche gris hasta la punta rosada del alba, atenazado por un carrusel implacable de imágenes vertiginosas. Por la mañana, mientras tomaba café en un intento por aligerar la mente, aún seguía absorbido por las impresiones obsesivas de la noche. No atinaba ningún pensamiento —claro está, eso es lo de menos, o tal vez el propósito central. Solo figuras y siluetas zigzagueando en un torbellino, y mi yo monigote, girando también. Que pregunta, claro que estoy haciendo una reseña? Tres vocablos manidos envueltos en bisutería emocional, tomados de una publicidad barata. Y listo. Ahí lo tienes. El secreto está en alimentar el sentido crudo que predomina. No en balde, algunos impresionistas produjeron los blockbusters de su época lanzando brochazos sobre el lienzo. Eso fue hace siglo y medio, y todavía el cine —y estos comentaristas que siguen trepando las posiciones— usan la misma técnica rudimentaria.
 

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