Segundas partes, terceras partes y van...
La falta de creatividad y la decadencia de los buenos guiones han sucumbido a la pobreza intelectual del espectador. Lo que antes era un arte de narrar historias innovadoras se ha convertido en una máquina recicladora de franquicias, donde la originalidad es un lujo innecesario. En lugar de desafiar al público, el cine actual se ha adaptado a una audiencia que aplaude lo predecible y consume lo que le sirven sin cuestionar.
Ver a un montón de señores anabólicos metidos en sus autos, fantaseando con mujeres modelos y atrevidas, es el espectáculo que se nos vende como entretenimiento. La industria no solo persiste en estas repeticiones, sino que ahora celebra la reintroducción de actores en roles absurdos, como Robert Downey Jr. convertido en Doctor Doom, mientras la banda lo festeja como si fuera un logro cinematográfico. La necesidad de autoincriminarse con personajes débiles e insulsos ha eclipsado cualquier esfuerzo por contar una historia memorable.
Las reversiones de historias y personajes ya no responden a una lógica creativa, sino a una presión de cuotas de género, inclusión o simplemente a una justificación de tendencia corporativa. ¿Es una cuestión de diversidad o de cumplir con un checklist de mercado? El resultado es el mismo: personajes planos, narrativas sin alma y un cine que se aleja cada vez más de su esencia.
Lo único que parece crecer con certeza es la industria de la salud: gordos, diabéticos e hipertensos llenando las salas, devorando palomitas y refrescos en un ritual de consumo donde la sorpresa ha muerto. Seguimos esperando historias inmejorables, pero lo que nos entregan son fórmulas desgastadas, sin riesgo, sin profundidad. El cine, una vez un espacio de asombro y revolución, se ha convertido en una sombra de sí mismo.

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