DE LA LUCHA A LA RESIGNACIÓN
CuentoCapítulo 1: La Guerra

Helena odiaba los espejos de cuerpo entero. Cada mañana, en su apartamento de Miami, la rutina era la misma: subir a la balanza, ver el número, y sentir ese hueco en el estómago que no tenía nada que ver con hambre. 92.4 kg, otra vez.
Llevaba siete años en guerra. Dieta vegana, ayuno intermitente, crossfit, pastillas de té verde, hipnosis por YouTube. Bajaba tres kilos, subía cinco. Su nutricionista ya le hablaba con esa voz suave que usan los médicos cuando van a dar malas noticias: "Tu cuerpo tiene memoria, Helena, a veces se defiende". Helena no quería un cuerpo que se defendiera, quería uno que obedeciera.
Capítulo 2: El Encuentro

La conoció en la sala de espera del consultorio. La misma nutricionista, irónico. La mujer parecía un espantapájaros, con brazos como ramas, clavículas que parecían a punto de romper la piel. Se llamaba Eva.
Mientras esperaban, Eva sacó de su bolso un batido de 800 calorías. Se lo tomó con cara de estar tragando cemento.
"¿También estás tratando de bajar?", preguntó Helena, por decir algo.
Eva se rió con una risa seca, sin humor. "Estoy tratando de llegar a 45 kilos, peso 37, si bajo más, me hospitalizan".
Helena se quedó muda. Por primera vez en años, alguien la miró sin juzgar su plato, pero ella sí estaba juzgando el de Eva, y se sintió miserable por eso.
Capítulo 3: La Tregua

Empezaron a tomar café después de las citas. Al principio era incómodo. Helena pedía americano sin azúcar y miraba de reojo cómo Eva le echaba tres sobres de azúcar y crema espesa al suyo, con la disciplina de quien se toma una medicina.
"No entiendes", le dijo Eva un día. "La gente cree que ser flaca es fácil. Me dicen ‘qué envidia’, ¿envidia de qué?, ¿de desmayarme si subo escalas?, ¿de que mi mamá llore si me ve en vestido de baño?".
Helena pensó en su tía diciéndole: “tienes una cara tan linda”, como si el resto fuera un error. Pensó en no caber en la silla del bus. Pensó en el novio que le dijo: “te quiero, pero tienes que quererte tú”.
"Creí que si llegaba a 60 kilos sería feliz", admitió Helena "como si hubiera una versión de mí al otro lado de ese número que sí vale la pena”.
Eva removió su café. "Yo creí que si llegaba a 45 dejaría de tener miedo".
Capítulo 4: La Paz

La resignación no llegó como derrota, llegó un lunes, sin drama. Estaban en el parque principal, comiéndose un helado. Helena pidió uno de tres bolas porque ese día se le antojó. Eva pidió lo mismo y sólo logró acabarse la mitad. Se rieron.
"¿Sabes qué es lo más absurdo?", dijo Helena, lamiendo el cono. "Pasé años pensando que mi vida empezaba cuando bajara de peso. No fui a la playa, no usé aquel vestido, no me ninguna foto, ¿y para qué?, el tiempo no me esperó".
Eva asintió: "Yo no engordé por comer más, engordé un poco cuando dejé de pesarme cada hora, cuando dejé de tratar mi cuerpo como un proyecto fracasado".
No fue magia. Helena sigue pesando 90 kilos, a veces 92, a veces 88. Eva sigue batallando para no bajar de 40. Todavía tienen días malos, días de espejos y de ropa que no ajusta. Pero ahora se tienen. Cuando Helena se frustra, Eva le recuerda que su cuerpo la llevó caminando hasta un cerro sin pedirle permiso a la balanza. Cuando Eva llora porque otro jean le queda grande, Helena compra uno de niña y lo mandan a ajustar, y se burlan juntas de lo ridículo que es todo.
Capítulo 5: La Balanza Rota

La balanza de Helena se dañó hace tres meses. No la reemplazó. Aprendió que aceptarse no es rendirse, es cambiar de enemigo. El enemigo nunca fue su cuerpo. Era la idea de que sólo merecía amor, ropa bonita, y helados de tres bolas si ese número cambiaba.
Helena y Eva ahora tienen una regla: Prohibido hablar de kilos los viernes. Los viernes son para planear a dónde ir a comer, qué película ver, y en qué van a gastar el tiempo que antes usaban odiándose. Se hicieron amigas porque entendieron lo mismo desde esquinas opuestas: La paz no está en la balanza, está en dejar de pedirle permiso a un número para vivir. Y eso, sorprendentemente, no pesa nada.




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