La Ultima Cena

Cuento

Silvia había puesto la mesa para doce con una prolijidad que no era exactamente elegancia, sino una forma de pedirle al mundo que no se desarmara del todo.

El mantel blanco, heredado de su madre, caía apenas sobre los bordes de la mesa larga del comedor. Sobre la madera oscura había platos desparejos, copas de distintos juegos, servilletas de tela que ya nadie usaba salvo ella y unos pequeños floreros con jazmines del patio. Afuera, La Plata seguía húmeda y quieta, con esa manera que tiene la ciudad de hacerse niebla incluso cuando no hay niebla. Una llovizna fina había empezado después de las ocho y hacía brillar la vereda como si alguien hubiera barnizado la calle.

Silvia no sabía por qué había aceptado organizar la cena. Tal vez porque después de cierta edad una se cansa de ver a la gente solamente en velorios, presentaciones de libros o cumpleaños que parecen balances médicos. Tal vez porque la idea de reunir personas distintas todavía le parecía una forma humilde de resistencia. Doce personas alrededor de una mesa: eso, pensó mientras acomodaba los cubiertos, todavía podía significar algo.

Habían llegado casi todos juntos, con paraguas mojados, camperas livianas, botellas de vino, una torta de ricota, una bandeja de empanadas y esa alegría ligeramente falsa que se usa al entrar en una casa ajena. Primero llegaron Julián y Clara. Después Mariana y Federico. Más tarde Tomás y Hernán, con una botella cara que Hernán apoyó sobre la mesa como si fuera una credencial. Osvaldo y Miguel llegaron caminando despacio, tomados del brazo, con una bolsa de facturas que habían comprado aunque Silvia les había pedido que no trajeran nada. Gabriel llegó solo, con el pelo mojado y una expresión de cansancio antiguo. Los últimos fueron Marta y Ernesto.

Marta entró hablando.

—Qué humedad, por Dios. Esta ciudad te arruina los huesos y el carácter.

Ernesto sonrió detrás de ella, como si estuviera acostumbrado a que su mujer abriera las puertas con frases que ya venían ocupando la habitación antes que su cuerpo.

Silvia los recibió con besos, ofreció dejar los abrigos en el dormitorio y volvió rápido a la cocina. En el comedor, mientras todos se ubicaban, se produjo esa pequeña negociación silenciosa de las reuniones: quién se sienta al lado de quién, quién evita a quién, quién busca una silla desde la cual poder levantarse sin pedir permiso.

Tomás eligió una punta, cerca de la ventana. Tenía veinticinco años y una belleza nerviosa, de esas que parecen siempre a punto de romperse en ironía. Hernán, su pareja, se sentó a su lado. Tenía cuarenta y cinco y se movía con una seguridad suave, entrenada durante años en cenas donde había aprendido a ser brillante sin incomodar demasiado. Osvaldo y Miguel ocuparon el lado opuesto. Osvaldo, de setenta y seis, miraba todo con una dulzura prudente; Miguel, de cincuenta y nueve, parecía tener el enojo sentado antes que él.

Julián se ubicó junto a Clara. Él tenía cincuenta y seis, era profesor, historiador, de esos hombres que no podían escuchar una frase sin preguntarse de qué siglo venía. Clara, de cincuenta y cuatro, lo conocía lo suficiente como para advertir cuándo estaba por intervenir en una conversación y cuándo estaba haciendo fuerza para no hacerlo. Mariana y Federico quedaron cerca de Marta y Ernesto. Gabriel, solo, se sentó en el centro, como si el azar lo hubiera puesto donde suelen sentarse los testigos.

Al principio todo fue amable. Se habló del precio de los remedios, de la obra social, de una vecina que había vendido la casa, de los alquileres imposibles, de los chicos que ya no leen, de los médicos que no miran a los pacientes a los ojos. Después pasaron al vino, a los viajes que ya nadie podía pagar, a una serie sobre un asesino que todos habían empezado y nadie había terminado. Silvia llevaba y traía fuentes con una eficacia casi militar: empanadas, ensalada, papas al horno, pan, una cazuela que había preparado desde la tarde.

—Sentate un poco —le dijo Clara.

—Ya voy —respondió Silvia, pero no se sentó.

Le gustaba circular. La anfitriona que circula todavía cree que puede impedir los accidentes.

La cena avanzó con la cordialidad de los desconocidos que se están midiendo. Marta habló de su nieta, que estudiaba psicología y ya no toleraba ningún comentario de la familia.

—Ahora todo es trauma —dijo—. Antes uno tenía problemas y seguía.

—Antes uno tenía problemas y se enfermaba en silencio —respondió Mariana.

Marta la miró, sonrió apenas y tomó vino.

—También puede ser.

Ernesto intervino con tono calmo:

—Creo que lo que Marta quiere decir es que hay una tendencia a ponerle nombre clínico o político a todo.

—Poner nombre a veces ayuda a ver —dijo Gabriel.

—O a exagerar —respondió Ernesto.

La frase quedó flotando, pero nadie la tomó todavía. Silvia, desde la cocina, escuchó el filo y apuró el café que aún no era hora de preparar.

Después se habló de política. Siempre se llegaba ahí, aunque todos juraran no querer hacerlo. Primero entraron por la economía, que era una puerta aceptable. Luego por la escuela, que era una puerta menos aceptable. Finalmente por el feminismo, que fue la puerta abierta de golpe por el viento.

—Yo no digo que antes estuviera todo bien —dijo Ernesto—. Pero ahora parece que cualquier discusión doméstica es violencia de género.

Marta apoyó los codos sobre la mesa.

—Exactamente. Eso digo yo. Ya no se puede vivir. Si un hombre levanta la voz, violencia de género. Si una mujer lo vuelve loco durante treinta años, pobre mujer.

Tomás levantó la vista. Hernán le tocó apenas la rodilla debajo de la mesa, como una advertencia elegante. Tomás retiró la pierna.

Julián escuchó la frase y sintió una pequeña contracción en el pecho. Todavía no era indignación. Era más bien la anticipación de la indignación, ese segundo en que uno espera que alguien corrija el rumbo sin que haya que decir nada.

Pero nadie corrigió.

Marta, animada por el silencio, agregó:

—Yo a Barreda lo entiendo.

Las copas quedaron suspendidas. No todas, pero sí algunas. La de Mariana, por ejemplo. La de Gabriel. La de Silvia, que acababa de volver con una fuente vacía y se quedó de pie en la entrada del comedor.

—¿Cómo? —preguntó Clara.

Marta sonrió, como quien por fin ha llegado al centro de su gracia.

—Lo que escuchaste. Yo a Barreda lo entiendo. Es más: lo defiendo.

La frase cayó sobre la mesa con una liviandad obscena. No fue dicha con rabia, ni con dolor, ni con torpeza. Fue dicha como una travesura. Como si una mujer de sesenta y cinco años pudiera arrojar cuatro muertas en medio de una cena y después seguir comiendo ensalada.

Ernesto se acomodó en la silla.

—A ver, no empecemos. Nadie está diciendo que esté bien matar. Por supuesto que no.

—Pero lo defendés —dijo Mariana, mirando a Marta.

—Defiendo que también hay que mirar qué pasa en una familia —respondió Marta—. Qué le hacen a una persona. Cuánto se puede soportar.

—Matar a cuatro mujeres no es “lo que pasa en una familia” —dijo Miguel.

Osvaldo bajó la mirada al plato. No por desacuerdo, sino por memoria. Había vivido lo suficiente para saber que algunas frases abrían habitaciones de las que después costaba salir.

Julián respiró hondo. Clara le rozó la mano, no para detenerlo, sino para recordarle que eligiera bien las palabras.

—Marta —dijo él—, cuando decís que lo defendés, ¿qué estás defendiendo exactamente?

La pregunta produjo un silencio distinto. No indignado: incómodo. Las provocaciones suelen vivir cómodas mientras nadie les pide precisión.

Marta frunció la boca.

—Ay, por favor. No seas literal.

—Con cuatro mujeres muertas conviene ser literal —dijo Clara.

Silvia sintió que la frase de Clara golpeaba la mesa como una copa rota. Quiso decir algo, pero no pudo. Se sentó por primera vez en toda la noche.

Ernesto levantó una mano, componiendo su papel de hombre razonable.

—No reduzcamos todo. Lo que pasa es que hay una lectura abusiva. El progresismo, el feminismo, no sé cómo llamarlo, toma cualquier conflicto y lo transforma en una cuestión de género. Nadie puede negar que en esa casa había una violencia de todos contra todos.

—¿De todos contra todos? —preguntó Mariana—. ¿También de las hijas contra el padre que las mató?

—No estoy diciendo eso.

—Pero lo estás poniendo en la misma balanza.

Gabriel intervino, con voz baja:

—Una cosa es discutir si una categoría se usa mal. Otra cosa es usar ese argumento para volver defendible a Barreda.

Marta lo miró con decepción, como si hubiera esperado de él una complicidad más sofisticada.

—Yo pensé que vos, que trabajás con casos, ibas a entender.

Gabriel sonrió sin alegría.

—Justamente por eso.

Tomás soltó una risa seca.

—Qué noche preciosa para descubrir que vinimos a cenar con el comité de canonización.

—No seas irrespetuoso —dijo Ernesto.

Tomás lo miró.

—¿Yo?

Hernán, con esa voz de terciopelo que usaba para evitar incendios, dijo:

—Quizás podríamos separar los planos. Comprender un contexto no es absolver un crimen.

—Gracias —dijo Ernesto, como si Hernán hubiera hablado a su favor.

Pero Hernán continuó:

—Y defender a Barreda no es pedir complejidad. Es elegir un símbolo horroroso para atacar al feminismo.

Tomás lo miró de reojo. Esa vez no retiró la pierna cuando Hernán volvió a tocarlo.

Marta tomó vino. Tenía las mejillas encendidas, pero no parecía arrepentida. Al contrario: estaba viva. Había encendido la mesa y ahora disfrutaba del calor.

—Ustedes son todos iguales —dijo—. Enseguida se ponen en jueces. Una no puede decir nada. Ahora resulta que hay palabras prohibidas.

—No hay palabras prohibidas —dijo Julián—. Hay palabras que tienen consecuencias.

—Eso es censura.

—No. Es comunidad.

La palabra quedó ahí. Comunidad. A Federico le molestó un poco. Le parecía demasiado grande para esa mesa, demasiado solemne para una cena con papas al horno. Él había pasado los últimos minutos buscando una forma de intervenir sin quedar atrapado de ningún lado. Se consideraba un hombre progresista, pero también detestaba las discusiones donde todo terminaba en acusación. Miró a Mariana, que estaba rígida a su lado.

—Igual —dijo Federico—, entiendo que a veces hay cierta exageración con algunas categorías...

Mariana giró lentamente hacia él.

Federico se escuchó a sí mismo y supo, tarde, que había entrado por la puerta equivocada.

—Quiero decir —intentó reparar—, no todo conflicto de pareja...

—Nadie dijo que todo conflicto de pareja sea violencia de género —lo cortó Mariana—. Estamos hablando de Barreda.

—Sí, claro.

—Entonces no lo muevas de lugar.

Federico bajó la mirada. No estaba ofendido. Estaba avergonzado.

Osvaldo habló por primera vez desde que había empezado la discusión.

—Durante muchos años, cuando nos insultaban, nos pegaban o nos echaban de un lugar, también decían que exagerábamos. Que no era persecución. Que eran costumbres. Que eran problemas privados. Cuando una sociedad no quiere ver una violencia, siempre le cambia el nombre.

Nadie respondió enseguida. La voz de Osvaldo no había sido fuerte, pero tenía esa autoridad de las personas que no necesitan levantarla porque ya han sobrevivido al ruido de otros.

Miguel lo miró con ternura y después miró a Marta.

—No se empieza matando —dijo—. Se empieza diciendo que algunas víctimas se lo buscaron.

Marta dejó los cubiertos sobre el plato.

—Qué frasecitas tienen todos. Se nota que leen mucho.

—Y se nota que a veces no alcanza —respondió Clara.

Silvia miró a Clara con gratitud y temor. Había querido una cena. Una cena solamente. Una mesa donde personas distintas pudieran hablar sin romper nada. Pero ahora entendía que algo ya se había roto antes de empezar, algo que la reunión apenas había vuelto visible.

La lluvia golpeaba suavemente la ventana. En la calle pasó un auto despacio, levantando agua contra el cordón.

Ernesto retomó el control:

—A ver, nadie está diciendo que esas mujeres merecían morir. No tergiversen. Lo que decimos es que hay que considerar los aspectos humanos del caso.

Julián lo miró. Había algo en esa frase que le resultaba insoportable. Los aspectos humanos. Como si la humanidad fuera una lámpara que se orientaba siempre hacia el rostro del asesino.

—¿Qué humanidad? —preguntó—. ¿La de Barreda solamente?

Ernesto suspiró.

—No seas injusto.

—No. Te pregunto en serio. Cuando pedís mirar los aspectos humanos, ¿incluís la humanidad de la esposa, de las hijas, de la suegra? ¿O solamente la del hombre que las mató?

Marta se movió en la silla.

—Pero ellas también lo humillaban.

La frase salió más baja, menos desafiante, casi como un resto. Y por eso fue peor.

Silvia se levantó.

Todos pensaron que iba a buscar el café. Ella también lo pensó. Caminó hasta la cocina, abrió una alacena, sacó las tazas, puso la cafetera sobre una bandeja. Pero mientras apoyaba las cucharitas, oyó otra vez la frase de Marta, repetida ahora en su cabeza con una precisión cruel: ellas también lo humillaban.

Entonces no llevó el café.

Volvió con las manos vacías.

—Mi hermana decía eso —dijo.

La mesa la miró.

Silvia estaba de pie en la entrada del comedor. Tenía la cara blanca y una serenidad nueva, extraña incluso para ella.

—Decía que ella lo ponía nervioso. Que ella lo provocaba. Que ella tenía carácter. Que ella no sabía callarse. Una noche él le rompió la mandíbula. Después, en la familia, muchos dijeron que eran una pareja difícil.

Nadie habló.

—Una pareja difícil —repitió Silvia—. Eso dijeron. Como si una mandíbula rota fuera una discusión mal administrada.

Marta abrió la boca, pero no encontró enseguida una frase. Ernesto miró el mantel.

—No es lo mismo —dijo finalmente Marta.

Silvia asintió.

—Nunca es lo mismo. Hasta que es demasiado tarde.

La cena terminó ahí, aunque siguieran sentados.

Eso fue lo más raro. Nadie se levantó de golpe. Nadie gritó. Nadie arrojó una copa. La reunión continuó durante unos minutos con una obediencia fantasmal. Silvia fue por el café. Hernán cortó la torta de ricota. Gabriel preguntó si alguien quería azúcar. Federico ayudó a juntar platos. Pero ya no era una cena: era el después de algo.

Tomás, que hasta entonces había sostenido la ironía como una copa afilada, se quedó mirando a Osvaldo. El viejo tenía los ojos húmedos, aunque no lloraba.

—¿Está bien? —le preguntó en voz baja.

Osvaldo sonrió apenas.

—Sí. Es solo que a veces cansa reconocer el mundo.

Miguel apoyó una mano sobre la de él.

Marta comió dos bocados de torta, quizá para demostrar que no estaba afectada. Ernesto habló del tránsito, de una obra en una avenida, de lo mal que estaban sincronizados los semáforos. Nadie lo siguió demasiado. La conversación, cuando intentaba nacer, caía de nuevo sobre la mesa como un pájaro cansado.

A las doce menos cuarto, Marta dijo que se les hacía tarde. Ernesto se levantó con alivio. Silvia los acompañó hasta la puerta.

—Gracias por la cena —dijo Marta, sin mirarla del todo.

—Gracias por venir —respondió Silvia.

Ernesto, ya en el umbral, ensayó una última forma de dignidad.

—Lamento si alguien se sintió ofendido.

Clara, que estaba detrás de Silvia, respondió antes que nadie:

—No nos sentimos ofendidos. Nos sentimos preocupados.

Ernesto la miró como si esa distinción le pareciera excesiva. Después abrió el paraguas. Marta salió primero. La llovizna los recibió con una delicadeza inmerecida.

Poco a poco se fueron los demás.

Mariana y Federico caminaron en silencio hasta el auto. Antes de subir, él dijo:

—Perdón.

Ella no preguntó por qué. Solo asintió.

—No quise justificar nada.

—Ya sé.

—Me salió eso de querer equilibrar.

Mariana lo miró. Estaba cansada, pero no furiosa.

—A veces equilibrar es inclinarse para el lado del que tiene más fuerza.

Federico no respondió. La frase le quedó encima como una campera mojada.

Tomás y Hernán se fueron caminando bajo el mismo paraguas. Durante media cuadra no hablaron.

—Estuviste bien —dijo Tomás.

Hernán sonrió.

—¿Eso es una felicitación o una absolución?

—No te agrandes.

Caminaron un poco más.

—Me dio miedo que quisieras quedar bien con todos —dijo Tomás.

Hernán apretó el mango del paraguas.

—A mí también.

Osvaldo y Miguel fueron los últimos en irse, salvo Julián y Clara. En la puerta, Osvaldo besó a Silvia con una ternura larga.

—Tu casa estuvo bien —le dijo.

Silvia se rió con tristeza.

—No sé si una casa puede estar bien después de esto.

—Una casa está bien cuando alguien dice basta —respondió Miguel.

Gabriel se despidió en la vereda. Antes de irse, le dijo a Julián:

—La pregunta fue buena.

—¿Cuál?

—Qué parte defendía.

Julián miró hacia la calle, donde Marta y Ernesto ya habían desaparecido.

—No la contestó.

—No hacía falta —dijo Gabriel.

Cuando todos se fueron, Silvia cerró la puerta y apoyó la espalda contra la madera. En el comedor quedaban las copas manchadas, las servilletas torcidas, las sillas corridas, migas de pan junto a un cuchillo, una cucharita caída debajo de la mesa. La casa tenía ese aspecto de las reuniones terminadas, cuando la alegría deja restos parecidos al abandono.

Clara empezó a juntar platos.

—Dejá —dijo Silvia—. Mañana lo hago.

—Te ayudo un poco.

Julián abrió la ventana. Entró aire frío, olor a lluvia y tilo. La ciudad parecía otra vez inofensiva.

Silvia miró la mesa larga.

—Yo pensé que juntar gente era bueno —dijo.

—Lo es —respondió Clara.

—No sé. A veces una invita a comer y descubre que había sentado a doce personas alrededor de una grieta.

Julián no dijo nada. Pensó que todas las mesas eran eso, en realidad: superficies frágiles sobre grietas viejas. La diferencia era que algunas noches alguien apoyaba el codo en el lugar exacto y la madera crujía.

Silvia pasó un trapo sobre el mantel, inútilmente. Había una mancha de vino cerca del sitio donde Marta había estado sentada.

—No sale —dijo.

—Después sale —respondió Clara.

Pero los tres supieron que hablaban de otra cosa.

Julián se acercó a la ventana. Afuera, la llovizna seguía cayendo con paciencia. Pensó en la frase de Marta, en su sonrisa, en el modo en que una persona podía lanzar una monstruosidad y después sentirse valiente. Pensó también en Ernesto, en esa forma prolija de envolver la crueldad con papel de complejidad. Pensó en Silvia, en su hermana, en la mandíbula rota que durante años había sido llamada pareja difícil.

La última cena, pensó de pronto.

No porque alguno de ellos fuera a morir, ni porque hubiera traición en un sentido solemne, bíblico, excesivo. La última cena porque después de esa noche ya no podrían volver a sentarse del mismo modo. No habría inocencia suficiente para repetir el gesto. Podrían encontrarse en otra presentación, saludarse en una feria, cruzarse en un cumpleaños. Pero esa mesa, esa ilusión de comunidad sin conflicto, había terminado.

Silvia apagó la luz del comedor.

La mancha quedó en la penumbra.

Antes de cerrar la ventana, Julián escuchó una risa lejana en la calle. No supo de quién era. Tal vez de unos chicos que pasaban bajo la lluvia. Tal vez de Marta, que todavía estaría comentando la exageración de todos. Tal vez de nadie. A veces las ciudades hacen ruidos parecidos a una risa cuando algo se rompe y nadie quiere admitirlo.

Clara le tocó el hombro.

—Vamos —dijo.

Julián cerró la ventana.

En la casa quedó olor a café, a comida fría y a jazmines vencidos. Y en el centro del comedor, bajo el mantel blanco, la mesa pareció por un instante más larga que antes, como si todavía hubiera lugar para muchos, pero no para cualquier cosa.

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