EL HATER
CuentoJuan estaba, como todas las noches, scroleando en redes sociales. Videos, memes, gente viajando, influencers hablando de su vida como si fueran protagonistas de algo importante.
Se detuvo en un video de un influencer muy conocido que estaba contando una anécdota personal con tono humorístico. El tipo se reía solo mientras relataba algo sobre un familiar y en comentarios todos ponían “JAJAJA”, “Tu familia es increíble”, “Me tenté mal”.
Juan miró el video completo esperando entender qué tenía de gracioso. Nada.
Frunció la cara y comentó:
—No sé de qué te reís. Contame el chiste.
Mandó el comentario y siguió scroleando.
A los pocos segundos le llegó un mensaje privado. Usuario desconocido. Sin foto. Sin publicaciones.
Comentario: “Clon_125874992771”.
Juan soltó una risa y abrió el mensaje.
—CLON NÚMERO 125874992771.
Respondió automáticamente:
—Clon será tu hermana.
Siguió mirando videos.
Al instante le llegó otro mensaje.
—Hola, Juan Pérez.
Juan frenó. Su usuario no decía Juan Pérez. Decía Juan1984.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos y respondió:
—¿Me conocés?
El usuario respondió enseguida:
—No directamente. Pero vos no me conocés a mí y yo te conozco mucho más de lo que pensás.
Juan escribió:
—Ah sí? A ver qué tanto sabés.
La respuesta tardó unos segundos.
—Tus padres siguen juntos pero nunca fueron una pareja amorosa. Siempre parecían dos personas que se soportaban porque sí. Sos el hijo del medio. No sos lindo ni feo. No estás gordo ni flaco. No destacás en nada físicamente. Sos normal.
Juan dejó de sonreír.
El mensaje siguió llegando.
—Las parejas que tuviste siempre te quisieron menos de lo que vos las quisiste. En el trabajo sos el que rellena espacios. El que hace mandados. El que nunca felicitan. El que nunca recibe aumentos importantes. El que elige vacaciones último.
Juan tragó saliva.
—Tenés un gato. Porque un perro te daría demasiado cariño y tu vida no está acostumbrada a eso. Vivís en un departamento alquilado. Tenés una vecina grande que está pendiente de tu vida solamente para comprobar que la de ella no es la más vacía.
Juan empezó a sentir bronca.
—No sé quién sos ni qué problema tenés conmigo pero sos un enfermito. Si te conozco decime quién sos.
El usuario tardó unos segundos en responder.
—En la escuela aprobabas raspando. Nunca fuiste el mejor alumno. Nunca te elegían primero en deporte. Nunca fuiste importante en ningún grupo. Tu existencia se basa en estar.
Juan apretó fuerte el celular.
—Andate a la mierda.
Cerró el chat, apagó el celular y se fue a dormir.
Al otro día se despertó todavía pensando en el chat. Mientras desayunaba agarró el celular casi por inercia. El gato estaba arriba de la mesa mirando para otro lado. Juan lo llamó dos veces.
Ni pelota.
Abrió redes sociales. La primera publicación que vio fue una foto de su exnovia abrazada a un tipo en un yate. Comprometida. El tipo tenía traje, reloj caro, sonrisa perfecta.
“El sí me cuida como merezco”, decía la descripción.
Juan cerró la publicación. Se terminó el café de un trago y se fue al trabajo.
En la oficina todo siguió igual que siempre. Felicitaban a otros. Escuchaban a otros. Le hablaban por encima.
En una reunión intentó opinar y uno de sus compañeros siguió hablando como si Juan no hubiera abierto la boca. Nadie dijo nada.
A la tarde volvió a la casa de sus padres a buscar unas cosas que había dejado. Los encontró discutiendo en la cocina. No una discusión fuerte. Peor. Una discusión cansada. Automática. Como dos personas que ya no tenían ganas ni de pelear bien.
Juan intentó hacer un comentario para cortar la tensión pero la madre ni le respondió. Siguió hablando de su hermano mayor, de lo bien que le iba, del auto nuevo que se había comprado. Después habló del hermano menor y de una beca que había conseguido.
En ningún momento le preguntó nada a Juan. Ni cómo estaba. Ni cómo iba el trabajo. Ni cómo se sentía.
Nada.
Cuando volvió a su departamento abrió redes sociales otra vez. Tenía un mensaje nuevo del mismo usuario.
—Si querés saber más, escribime.
Juan se quedó mirando el mensaje varios segundos. Después abrió el chat.
—Acá estoy.
La respuesta llegó instantáneamente.
—Hola, Juan.
Juan escribió:
—Seguís sin decirme quién sos. ¿Cómo sabés todas esas cosas?
El usuario respondió:
—Primero quiero proponerte un juego. Cada vez que quieras comentar algo, no lo hagas. Pensá el comentario. Guardátelo. Después entrá a comentarios y fijate cuántas personas escribieron exactamente lo mismo que vos ibas a poner.
Juan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hacelo. Vas a encontrar los mismos comentarios. Tal vez cambia una palabra. Tal vez un signo. Pero la idea va a ser exactamente la misma. Porque ustedes funcionan igual.
Juan soltó una risa incómoda y cerró el chat.
—Qué pelotudez…
Volvió al inicio de la aplicación y empezó a mirar videos otra vez.
Después apareció el video de una influencer viajando por Europa. La chica mostraba hoteles, tragos caros y playas paradisíacas mientras sonreía a cámara.
Juan automáticamente pensó:
“Seguro el viaje te lo pagó tu papá”.
Estuvo a punto de escribirlo. Pero frenó.
Se acordó del ejercicio.
Entró a comentarios.
Empezó a bajar.
“Qué vida de privilegiada”.
“Así cualquiera viaja”.
“Contá que papi te paga todo”.
“El verdadero quién pudiera tener papá con plata”.
Juan dejó de bajar.
Sintió una molestia rara en el pecho.
Volvió arriba. Miró el video otra vez.
Pensó otro comentario distinto.
“Mostrá cuánto debés en la tarjeta mejor”.
Buscó.
Ahí estaba también. Y otro parecido. Y otro. Y otro.
Siguió probando.
Video tras video. Comentario tras comentario.
Siempre estaban.
A veces exactos. A veces apenas modificados.
Pero eran los mismos pensamientos. Las mismas burlas. Las mismas frases recicladas.
Entonces empezó a notar otra cosa.
Entre cientos de comentarios aparecían algunos usuarios raros. Sin foto. Sin publicaciones.
Comentando solamente:
“CLON 55882771”.
“CLON 887299101”.
“CLON 99271164”.
Juan empezó a sentir calor.
Entró a otro video. Más números. Otro. Más números. Otro. Más números.
Abrió el chat privado casi temblando.
—¿Qué mierda es esto? ¿Qué están haciendo? ¿Quiénes son ustedes?
La respuesta llegó rápido.
—Cuando los creadores fabricaron las almas, algunas fueron hechas individualmente. Pensadas detalle por detalle. Con capacidades específicas. Creatividad. Ambición. Resiliencia. Sensibilidad. Liderazgo. Carisma.
Juan leyó sin respirar.
El mensaje siguió.
—Pero la mayoría fueron hechas desde un solo molde. En masa. Para funcionar. Para ocupar espacio. Para seguir órdenes. Para trabajar. Para consumir. Para repetir.
Juan escribió enseguida:
—Estás enfermo. Yo hago lo que quiero.
La respuesta apareció al instante.
—No. Vos creés que hacés lo que querés. Pero tu frustración condiciona todo lo que hacés. Lo que odiás. Lo que admirás. Lo que comentás. Lo que consumís. Incluso las personas que decidís destruir o idolatrar en internet.
Juan cerró el chat de golpe. Tiró el celular sobre la cama y empezó a caminar por el departamento.
Se miró en el espejo del baño. Ojeras. Remera vieja. La misma cara cansada de siempre.
—No soy un clon de nadie.
Al otro día se levantó decidido a demostrar que el usuario estaba equivocado.
Abrió redes sociales y empezó a responder historias de chicas. Mandó fueguitos. Chistes. Comentarios.
Después pasó por una barbería antes de ir al trabajo. Se cortó el pelo. Compró una manzana en vez de un sánguche.
Mientras caminaba pensaba:
“Voy a empezar el gimnasio”.
“Voy a cambiar”.
“Voy a dejar de ser este tipo”.
En el trabajo intentó participar más. En una reunión levantó la mano para dar una idea. El jefe siguió hablando como si no existiera.
Más tarde Juan golpeó la puerta de la oficina del jefe.
—¿Tenés un minuto?
—Sí, decime.
—Quería saber qué tendría que hacer para crecer acá.
El jefe lo miró unos segundos.
—Mirá, Juan… te voy a hablar honestamente.
Juan sintió el estómago tensarse.
—Vos trabajás acá porque tu papá trabajó acá muchos años. Y nosotros quisimos darle una oportunidad a su hijo.
Juan no dijo nada.
—Pero sinceramente, yo te necesito donde estás. No te veo en un puesto más alto.
—¿Por qué?
—Porque no destacás. Y eso no está mal, Juan, pero es así.
Esa misma tarde se anotó en un gimnasio.
Esa noche cenó una ensalada miserable que no le sacó el hambre.
Al otro día fue al gimnasio. No pudo terminar la rutina. Le dolían las piernas, la espalda, los brazos.
Intentó volver a hablar con una de las chicas a las que les había respondido historias. Lo dejó en visto. Otra directamente lo bloqueó.
Esa noche fue a ver a sus padres. Los encontró mirando televisión en silencio.
Se sentó frente a ellos.
—¿Ustedes alguna vez sintieron que no me ven?
La madre lo miró confundida.
—¿Qué?
—Que nunca esperan nada de mí. Que nunca les importó demasiado lo que me pasa.
La madre suspiró cansada.
—Juan, no sé de qué estás hablando.
—Estoy hablando de mí.
—Si te sentís mal podemos pagarte terapia.
Eso fue todo.
El padre ni levantó la vista de la televisión.
Cuando volvió a su departamento no podía mover bien las piernas por el gimnasio. Se dejó caer en la silla de la computadora.
El gato dormía arriba de la heladera.
Juan abrió el chat otra vez.
—¿Quién sos? Necesito saber de dónde sacaste todo esto.
La respuesta tardó unos segundos.
—Yo soy como vos.
Juan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Yo también soy un clon. CLON 4582201.
Juan se quedó quieto mirando la pantalla.
Escribió rápido:
—Entonces se puede salir.
Los tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.
—No. No por completo. El programa siempre vuelve. A veces cambiamos unos días. Unos meses. Empezamos el gimnasio. Intentamos estudiar. Intentamos enamorarnos. Intentamos convertirnos en alguien distinto. Pero tarde o temprano volvemos a la misma frecuencia.
Juan sintió un vacío raro en el pecho.
El usuario siguió escribiendo.
—Yo llevo años buscando uno diferente. Uno solo. Alguien capaz de sostener el cambio. Porque si uno de nosotros puede hacerlo, significa que todos podríamos. Somos masa, Juan. Y la masa aprende por repetición.
Silencio.
Después apareció el último mensaje.
—Tal vez el éxito nunca fue individual. Tal vez solo necesitábamos que uno demostrara que el programa puede romperse.
—¿Y si ese podrías ser vos?




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