Jacarandá

Cuento

A Inés le gustaba decirles a sus estudiantes que La Plata había sido dibujada contra el barro. La frase funcionaba bien en clase. Las hacía mirar el plano fundacional con menos obediencia: el cuadrado perfecto, las diagonales, las plazas distribuidas con una fe casi geométrica, los edificios públicos como si el Estado pudiera ordenar también la respiración de sus habitantes.

—Una ciudad no se vive como fue pensada —decía—. Una ciudad empieza cuando el plano fracasa.

Las estudiantes copiaban. Algunas sonreían. Otras levantaban la mano para hablar de Villa Elvira, de Los Hornos, de San Carlos, de las quintas de Abasto, de la estación de Tolosa, de Ringuelet, de los colectivos que tardaban más de lo que indicaba cualquier mapa. Inés las escuchaba y sentía que, por momentos, la clase abría algo más que un contenido. Como si cada una buscara ubicar su casa en un dibujo demasiado limpio.

Ella también tenía una casa en el mapa. Una casa baja en Tolosa, con olor a humedad, carpetas viejas, fotos escolares, remedios vencidos y una madre que se dejaba cuidar como quien acepta una derrota.

Elena se había caído una tarde de invierno. Nada grave, dijo el médico. Nada grave, repitió Elena, con la satisfacción seca de quien confirma que los demás exageraron. Pero Inés se quedó a dormir igual, en la pieza que había sido suya y ahora guardaba cajas, valijas, ropa vieja y un ventilador roto.

Esa noche encontró la foto.

Tenía doce años. Estaba de pie en el salón de una sociedad de fomento de Los Hornos, con un vestido azul que le quedaba apenas grande. Miraba hacia un costado. Al fondo, desenfocada, aparecía Elena. No miraba a la cámara. La miraba a ella.

Durante años, Inés había recordado esa mirada como rechazo. Esa noche había bailado con Federico Arce, un chico del otro séptimo que le apoyó una mano torpe en la cintura y la hizo sentir, por primera vez, que su cuerpo podía ser visto por alguien que no fuera su familia. Después buscó a su madre. Elena estaba al fondo del salón, con un vaso de plástico en la mano, seria, distante, casi ofendida. Inés bajó la vista y sintió vergüenza antes de saber de qué.

Esa había sido, durante mucho tiempo, su escena. El deseo naciendo bajo una mirada materna que se retiraba.

A la mañana siguiente, mientras Inés ordenaba medicamentos y tiraba yogures vencidos, Elena la observó desde la mesa de la cocina.

—Vos ayudás y anotás —dijo.

—Estoy ordenando remedios.

—Anotás de muchas maneras.

Inés se quedó con una caja de pastillas en la mano.

—¿Ahora soy mala hija por ocuparme?

Elena miró la carpeta prolija, los horarios escritos, las recetas apiladas.

—A veces una no se deja cuidar porque sabe que después se lo cobran.

La frase quedó en la cocina como una taza rota.

Inés quiso defenderse. Decir que no cobraba nada, que si ella no iba nadie revisaba los turnos, que Martín aparecía diez minutos y después se iba, que una madre también podía deber algo. Pero calló. Había verdades que duelen porque llegan torcidas, y aun así tocan el centro.

Esa misma semana Rafael la invitó al cine.

Se veían desde hacía meses, aunque “verse” era una palabra demasiado simple para lo que ocurría entre ellos. Rafael la llamaba de madrugada, le mandaba fragmentos de su novela, le decía que nadie lo leía como ella. Tenía una forma hermosa y peligrosa de necesitar. Cuando estaba roto, Inés viajaba. Cuando estaba escribiendo, Inés corregía. Cuando se sentía perdido, Inés encontraba palabras para él.

Fueron al Pasaje Dardo Rocha a ver una película de Armando Bó con Isabel Sarli. La sala estaba medio llena. Había estudiantes, parejas mayores, hombres solos, mujeres que se reían antes de que aparecieran las escenas famosas. En algún momento, desde una fila de atrás, alguien dijo con tono teatral:

—¿Qué pretende usted de mí?

La frase produjo risas. En Inés produjo otra cosa.

Miró la pantalla. La mujer deseada hasta la condena. La mujer convertida en centro absoluto del deseo masculino y, por eso mismo, reducida a sostenerlo. Rafael, a su lado, rozó sus dedos sobre el apoyabrazos. El gesto fue mínimo. Ella podría haberse apartado. Tardó demasiado.

Después caminaron por calle 51. Rafael llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Quiero que leas unos capítulos —dijo.

—Eso es trabajo.

—No te estoy pidiendo una corrección. Quiero tu mirada.

—Mi mirada también cuesta.

Rafael sonrió con tristeza.

—Nadie me lee como vos.

La frase la tocó donde debía. Inés sintió orgullo y cansancio. Era una corona y una soga. Aceptó llevarse el manuscrito.

Durante varias madrugadas corrigió el libro de Rafael. La novela hablaba de La Plata, de familias ilustres, de clubes, jueces, periodistas, escuelas, secretos, favores y una corrupción íntima que se escondía detrás de las instituciones. Rafael denunciaba la decadencia moral de todos con una precisión feroz. A Inés le impresionó su talento y la irritó su ceguera: escribía sobre las formas elegantes del saqueo, pero no veía las propias.

En un margen escribió:

El elogio como forma elegante de extracción.

Esa noche, Rafael le mandó un mensaje:

Mi única lectora. Mi patria. Mi juez.

Inés dejó el teléfono boca abajo. Las tres palabras le pesaron en el pecho. Lectora para trabajar. Patria para alojarlo. Juez para absolverlo.

Mientras tanto, en Villa Elisa, otro mapa empezaba a romperse.

Martín, su hermano, había organizado un asado familiar. Estaban Claudia, su mujer; Teo, el hijo adolescente; Elena e Inés. Teo llegó tarde y mintió mal. Claudia lo enfrentó. Martín hizo un chiste.

—La fiscalía de Villa Elisa abre los domingos.

Teo se rió con su padre.

Claudia quedó sola, de pie, con la autoridad convertida en defecto. Madre intensa, madre fiscal, madre exagerada. Inés miró a su hermano y vio algo que antes prefería suavizar: Martín no estaba siendo cercano. Estaba desertando.

Después discutieron en la galería.

—No quiero ser autoritario como papá —dijo él.

—No todo límite es violencia.

—Vos no sabés lo que es tener un hijo que te mira como enemigo.

—Y vos no sabés que, si lo cubrís para que te elija, lo dejás solo.

Martín no contestó. Durante años había querido no repetir al padre severo. En ese intento, se había vuelto amigo, cómplice, refugio simpático. Confundía confianza con impunidad. Prefería ser elegido por Teo antes que frustrarlo.

Poco después, Teo se estrelló en moto contra una pared cerca de Ringuelet.

No murió. Eso fue lo primero. Lo segundo fue todo lo demás: la clavícula rota, la pierna abierta, el casco partido, Claudia en la guardia, Martín llegando tarde, Elena sentada bajo una luz blanca, Inés sosteniendo vasos de café horrible.

Martín sabía que Teo había salido. Había cubierto la mentira.

—No pensé que iba a pasar esto —dijo.

Claudia lo miró como si esa frase fuera otra forma de la traición.

—Claro. Si lo hubieras pensado, no lo hacías. Qué alivio.

El accidente fue una pared en todos los sentidos. Donde nadie había podido decir basta, la materia dijo basta de la peor manera. La moto contra el cemento. El cuerpo contra lo real. La familia contra su propia escena.

Días después, durante la recuperación de Teo, Elena le pidió a Inés que la acompañara al patio. Hacía frío. El limonero inclinado dejaba caer una sombra pobre sobre las baldosas.

—Te quiero mostrar algo —dijo.

Sacó una foto vieja. Elena tenía diecisiete años y un vestido claro. Detrás, apoyado contra una bicicleta, había un hombre joven.

—Se llamaba Raúl. Era de Berisso.

Inés esperó.

Elena contó poco al principio. Después más. Un baile, una esquina, un hombre que la esperaba, que la acompañaba, que preguntaba con quién había estado, que se ponía celoso. Al principio a ella le gustó. Le parecía que esa vigilancia probaba algo.

—¿Qué probaba? —preguntó Inés.

Elena tardó.

—Que yo valía.

La historia siguió: el brazo apretado en la calle, la vergüenza, una escena frente a la casa de una compañera, una mujer italiana con ruleros que salió a gritarle a Raúl y después le preparó café con leche a Elena sin hacer preguntas.

—Cuando vos empezaste a crecer —dijo Elena—, me acordé. No como un recuerdo claro. Era algo en el cuerpo. Te veía arreglarte, salir, querer gustar. Y me daba miedo.

Inés pensó en el vestido azul.

—Me mirabas como si hubiera hecho algo malo.

—Ya sé.

—Yo no había hecho nada.

—Ya sé.

Elena sostuvo la taza fría entre las manos.

—No sabía cuidarte sin apagarte.

Inés sintió que la frase le abría una herida antigua, pero desde otro lado. Durante años había visto a su madre como una deuda. La mujer que no estuvo, que no dijo, que no abrazó, que no acompañó. Ahora aparecía otra figura: una joven asustada, una mujer que confundió protección con distancia, una madre que quiso impedir una repetición y fabricó otra.

—Me apagaste igual —dijo Inés.

Elena bajó la mirada.

—Sí.

No hubo abrazo. Elena apenas dejó su mano sobre la mesa, abierta, cerca de la de su hija. Inés apoyó la suya encima. La piel de su madre estaba fría. Esa fue toda la reparación posible esa tarde.

Rafael volvió a escribir esa noche.

Estoy mal. Sos la única que puede entenderme.

La maquinaria se activó con una precisión conocida. Inés sintió el tirón en el cuerpo. La vieja obediencia: preguntar qué pasó, escuchar, ordenar, consolar, traducir, absolver un poco. Pero esta vez la escena apareció mientras ocurría. La vio.

Tomó la libreta y escribió:

Hay hombres que no piden amor. Piden administración de su catástrofe.

Después agregó:

Entender no equivale a salir.

Porque atendió. Habló con él casi una hora. Rafael se disculpó, prometió, lloró, dijo que no sabía pedir de otra manera. Inés escuchó. También se escuchó escuchándolo. Esa diferencia no la salvó, pero la despertó.

Semanas más tarde aceptó verlo en un café público.

Eligió una mesa junto a la ventana, lejos de los rincones. Rafael llegó hermoso, cansado, con esa cara de hombre que parecía llegar siempre desde alguna intemperie. Intentó seducirla, explicarse, prometerle que estaba cambiando.

—Te amo —dijo.

Inés sintió el golpe. El amor, dicho por alguien deseado, siempre conserva una autoridad antigua.

—Puede ser —respondió.

Rafael retrocedió como si lo hubiera herido.

—¿Puede ser?

—Sí. No puedo usar tu declaración para olvidarme de todo lo demás.

Él habló de intensidad, de miedo, de lo que ella provocaba en él. Dijo que quizá Inés quería un amor tibio.

Ella lo miró con cansancio.

—No quiero ser la prueba de tu intensidad.

Rafael calló.

—Quiero un amor donde no tenga que desaparecer para que parezca profundo.

Se fue sin abrazarlo. La tristeza la acompañó varias cuadras. Lo deseaba todavía. Esa era la verdad. Pero no volvió. En la parada del micro escribió:

Me fui deseándolo. Esa es la verdad. Pero me fui.

Con el tiempo, las cosas no se curaron. Solo cambiaron de posición.

Teo volvió a caminar hasta el kiosco, al principio con dificultad, después con una arrogancia más prudente. Martín aprendió a decirle que no sin convertirse en el padre muerto que tanto temía. A veces lo lograba. A veces hacía un chiste y Claudia lo miraba hasta que corregía el rumbo.

—No soy tu coartada —le decía a Teo, con una solemnidad que al chico le parecía insoportable.

Claudia seguía teniendo miedo, pero ya no pedía perdón por ver. Elena e Inés conversaban de un modo más torpe y más verdadero. No se abrazaban mucho. No hacía falta convertir cada avance en ceremonia. A veces tomaban mate en el patio. A veces discutían por los remedios. A veces Elena decía una frase tan precisa que Inés le pedía permiso para anotarla.

—No anotes todo —decía Elena.

—Trato.

Rafael aparecía cada tanto en el teléfono. Un mensaje breve. Una noticia sobre su libro. Una frase contenida.

Hoy dejé afuera la escena de la casa de Tolosa. Tenías razón: no era mía.

Inés tardó horas en responder.

Me alegra que lo hayas visto.

Nada más.

Una tarde, después de dar una clase sobre el Partido de La Plata, Inés caminó sin mirar el teléfono. Había trabajado con sus estudiantes el contraste entre el plano fundacional y las formas reales de habitar la ciudad: las diagonales, las periferias, los barrios, las memorias, las instituciones, las zonas que los mapas ordenan y la vida desborda.

En el pizarrón había escrito:

Nadie vive exactamente en el plano que heredó.

Al salir, la ciudad se abría húmeda, imperfecta, oblicua. El teléfono vibró en la cartera. Inés sintió el impulso de mirarlo. Esperó. La llamada podía ser Rafael, Elena, Claudia, una estudiante, una compañía telefónica. Podía ser cualquier cosa. Antes, su cuerpo habría elegido de inmediato la hipótesis de Rafael y habría obedecido.

Esa vez siguió caminando.

No porque ya no esperara nada. Esperaba. No porque estuviera completa. Nadie lo está cuando empieza a moverse de otro modo. Siguió caminando porque no quería confundir una llamada con un destino.

La diagonal descendía bajo los árboles.

Inés pensó en la foto del vestido azul, que ahora guardaba en una caja del estante medio de su biblioteca. En el reverso había escrito:

No prueba de abandono. Documento de una escena que aprendí a leer de otro modo.

El mapa seguía incompleto.

Pero ya no necesitaba completarlo con el cuerpo.

 

Comentarios 1

L
Lucas Friesen12 de mayo de 2026
"Me fui deseándolo. Esa es la verdad. Pero me fui."

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