Más poder (Home Improvement)
CuentoConfesiones de un hombre que también gruñe frente a las herramientas
Hay una verdad incómoda que los hombres aprendemos tarde, y es esta: con frecuencia uno descubre quién es no en los espejos, sino en la televisión. Yo descubrí quién era una tarde de los noventa, en Durango, en un sillón café que mi esposa terminó regalando porque ya nadie cabía en él, viendo Home Improvement con mis hijos chicos sentados a los lados. Tim Taylor, el Hombre Herramienta, gruñía frente a una sierra eléctrica que él mismo acababa de descomponer, y yo me reía sin saber que en realidad me estaba reconociendo.
Mis hijos no entendían por qué a mí me daba risa más fuerte que a ellos. Yo no se los iba a explicar. Hay cosas que un padre no le dice a un hijo de siete años, entre ellas el hecho elemental de que el tipo del taller, con la sudadera de Binford y la sonrisa de quien no ha aprendido nada en cuarenta años, es una versión perfectamente reconocible de su papá.
El gruñido de Tim Taylor —ese arr arr arr que repetía cada vez que veía una herramienta o un motor— era una broma de la serie. Para mí era una declaración filosófica. Significaba: sí, esto se puede arreglar, y se puede arreglar mejor; significaba que en algún rincón del cerebro masculino vive un ingeniero amateur que cree, contra toda evidencia, que ponerle más caballos al motor siempre es buena idea. Tim Taylor lo decía con humor. Yo lo pensaba en serio. Esa es la única diferencia entre él y yo, y no estoy seguro de que esté a mi favor.
Yo crecí entre máquinas. No las que él manejaba —sierras, taladros, lijadoras—, sino unas más callejeras y, en su época, igual de mágicas: una Texas Instruments que mi padre miraba con desconfianza, una Commodore 64 que para mí fue lo que para Tim era el taller del fondo de la casa. El instinto, sin embargo, era idéntico: meterle mano a lo que estuviera funcionando bien. Quitarle la tapa, ver por qué hacía lo que hacía, agregarle algo. Si era posible, hacerlo más rápido. Si no era posible, hacerlo más rápido de todas formas, hasta que humeara.
Décadas después seguía haciendo lo mismo, ahora con un Mac Mini que no necesitaba ninguna mejora pero al que de todos modos yo le instalaba cosas, le programaba cosas, le pedía cosas que no le pedía nadie. Mi esposa, en algún momento de los últimos cuarenta años, dejó de preguntarme qué estaba haciendo. Aprendió, como Jill Taylor en la serie, que la respuesta verdadera no la iba a entender, y que la respuesta falsa —“nada, mi vida”— iba a ser una mentira tan transparente que no valía la pena ni decirla.
Pero Tim Taylor no se reduce al hombre del taller. Si fuera solo eso sería un personaje de una nota, y la sitcom no habría durado ocho temporadas. La gracia del personaje —y, sospecho, la razón por la que me reconozco en él más de lo que me gustaría admitir— es la grieta entre lo que cree ser y lo que realmente es.
Tim cree ser el patriarca tradicional, el hombre práctico, el que arregla las cosas. La realidad es que casi todo lo importante lo aprende de Wilson, su vecino, ese sabio del que solo se ven los ojos por encima de la barda. Wilson le habla de filosofía, de literatura, de poesía china, de psicología de pareja. Tim asiente, no entiende casi nada, baja a su taller, y diez minutos después le repite a Jill, deformada hasta lo cómico, la idea de Wilson, presentándola como propia. Esa escena se repetía cada episodio, y cada episodio yo me reía como si fuera la primera vez.
Ahora, ya con suficiente kilometraje encima, entiendo por qué me reía: porque yo también he tenido mis Wilson. No siempre vecinos, no siempre con barda. A veces fueron amigos, a veces sacerdotes, a veces autores leídos en voz baja. La diferencia entre Tim y yo es que él, al menos, reconocía que la sabiduría venía de afuera. Yo, durante años, hice algo más torpe: la disfrazaba de ocurrencia propia. Si Wilson estuviera leyendo esto, seguramente asomaría apenas los ojos sobre la página y diría algo que no entendería del todo, pero que después, sentado a oscuras en mi taller imaginario, repetiría yo en voz alta como si lo hubiera pensado solo.
Hay otra cosa de Tim que debo confesar, aunque me cueste. El hombre era un padre torpe. No malo, no ausente, no insensible. Torpe. Quería decirles a sus hijos lo que sentía y las palabras le salían al revés, o se le quedaban atoradas, o terminaba haciéndoles una broma cuando lo que quería era abrazarlos. Cada cierto tiempo, hacia el final de algún episodio, lograba decirles algo verdadero —tres frases, máximo, dichas casi en susurro— y luego se apuraba a hacer un chiste para que el momento no se le saliera de las manos.
Eso lo viví a los dos lados de la barda. Lo viví como hijo, viendo a mi padre intentar y casi nunca lograr. Lo viví como padre, sentado en aquel sillón café con mis hijos a los costados, deseando decirles algo y conformándome con la risa compartida porque la risa, al menos, no fallaba. La risa es lo que un padre torpe ofrece cuando no encuentra la frase. Yo ofrecí mucha risa. Algunas veces, las menos, encontré la frase. Y siempre, después de encontrarla, hice un chiste, igual que Tim, para que no se notara que la había dicho en serio.
Mi hijo vive hoy en España. Tengo nietos a los que veo poco, casi siempre por una pantalla que apoyo sobre la mesa de la cocina, donde antes estaba la televisión vieja en la que veíamos Home Improvement. Cuando hablamos por videollamada y mi hijo se ríe de algo que digo, sé exactamente qué tipo de risa es: es la risa que él aprendió, sin saberlo, viendo esa serie conmigo cuando era chico. Es la risa que yo aprendí, también sin saberlo, en otro sillón anterior, viendo otras cosas, junto a un padre que tampoco sabía decirme lo que sentía. Las sitcoms se heredan, aunque eso nadie lo escribió jamás en los créditos. Se heredan como se heredan los gestos: sin permiso, sin ceremonia, y casi siempre sin que el heredero sepa de quién las recibió.
Una sitcom buena —y Home Improvement era buena, aunque hoy nadie la cite en clases de cine— hace algo muy raro: te entrega un personaje que crees no parecerte, te hace reír de él durante años, y un día, ya con los hijos crecidos y los nietos lejos, te das cuenta de que no te reías de él. Te reías contigo. La diferencia entre las dos cosas es prácticamente imperceptible, y sin embargo cambia todo.
Me identifico con Tim Taylor por las razones correctas y por las equivocadas, y a estas alturas de la vida ya no tiene caso separarlas. Por las correctas, porque comparto con él la fe casi infantil en que las cosas se pueden mejorar, la alegría boba al destapar un motor, la convicción terca de que un domingo entero se justifica si uno descompone y vuelve a armar algo que ya funcionaba. Por las equivocadas, porque también comparto con él la tendencia a complicar lo simple, a destornillar lo que ya estaba bien, a creer que un poco más de potencia va a resolver lo que en realidad era, todo el tiempo, un problema de paciencia. Y de palabras no dichas.
Por eso, cuando alguien me pregunta con qué personaje de sitcom me identifico, contesto sin dudar: con Tim Taylor. No por sus aciertos, que fueron pocos, sino por su forma de equivocarse. A veces, cuando algo en la casa se descompone —el tubo del lavabo, una bisagra, el control remoto que mi esposa jura que ya estaba así—, todavía hago ese gruñido suyo, arr arr arr, en voz baja, para que ella no lo escuche desde la cocina. Y aunque arregle la cosa o no la arregle —empate técnico, en la mayoría de los casos—, en el fondo sé, como sabía él, que el verdadero arreglo nunca estuvo en la herramienta. Estaba al otro lado de la barda, en un vecino del que apenas se le veían los ojos, esperando con paciencia infinita que uno por fin tuviera la humildad de asomarse y preguntar.




Comentarios 1