Crème Brûlée
TerrorMe sumergí lentamente hacia el subterráneo con un dolor punzante en las rodillas y los rayos del sol de mediodía atravesándome como estacas.
Diez años me costó cavar mi fosa. Cada bocanada, trago o inhalada era una página de mi biografía ardiendo para darme calor en esos pasos a desnivel oscuros. Pasos distintos a los que describe Platón en su caverna y más cercanos a los que Carroll imaginó en sus túneles fantásticos. Yo, sin embargo, no seguía conejos blancos, sino ratas de alcantarilla.
Ascendí en la estación donde la biblioteca se erige como un refugio improbable. Allí, me resguardé entre enormes pilares de cemento frío como bomberos listos para proteger un incendio.
—El fuego abriga las fogatas donde se reúnen los vagabundos, pero también consume los castillos de naipes, por tanto, el buen manejo del fuego es vital en la preparación de crème brûlée. La llama siempre amenaza con reducir todo a cenizas.
Levanté la mirada y lo primero en que reparé fue en su alto sombrero blanco de chef.
—La receta original se llama Fahrenheit 451. El primer paso es quemar las páginas de tu autobiografía —me miró fijamente con una sonrisa. —Eso que quemas, ¿también es azúcar?
De pronto los pulmones no me pedían humo, sino oxígeno. Su filipina era una escafandra de bombero enfurecida de la cual emanaba una cola larga y nerviosa, que se agitaba como péndulo en la penumbra, rozando charcos y marcando el ritmo de mi taquicardia.
—¿Necesitas dulzura? —cambió su sonrisa por un rostro serio y la cola dejó de tambalearse. ——El secreto del crème brûlée —dijo con voz grave, mientras un hilo de baba se deslizaba por la comisura de sus labios— no está en la crema, ni en la vainilla, sino en el instante exacto en que el azúcar se convierte en cristal.
Su rostro emergió bajo la luz mortecina del túnel. La piel parecía curtida por el humo, con un tono cenizo que recordaba las páginas quemadas de un libro. Los pómulos eran afilados, como si el fuego los hubiera esculpido y la sonrisa que antes mostraba se había desvanecido en una línea dura, casi metálica. Sus ojos, sin embargo, eran lo más inquietante: dos carbones encendidos. La nariz, prominente y húmeda, tenía un aire animal, y en la comisura de los labios asomaban bigotes finos que destellaban mojados de su baba.
Me desgarré los tobillos por el tirón al levantarme, pero logré correr como si me escapara de un incendio. El fuego me rodeaba, invisible pero real, y entendí que si no salía ahora, me consumiría para siempre. Y mientras dejaba atrás esos recuerdos ahora chamuscados, alcancé a escuchar:
—Me llamo Montaug y cuando pienses recaer, busca la receta en la biblioteca. Su cola nerviosa alcanzó a golpear su sombrero imposible.
El día de hoy, entre pilares que parecen guardianes, el fuego encuentra su contrapunto. No necesito humo ni azúcar, necesito páginas. Palabras que me recuerden el eco de Montaug esperándome, cada vez que, siquiera, piense en recaer.
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