Sala B

Cuento

Irene Salcedo llevaba veintitrés años entrando al mismo edificio de la calle Moctezuma y todavía no sabía cuántos escalones tenía la entrada. Tampoco es que importara.

La Sala B quedaba pasando la máquina de café que llevaba rota desde antes de que Tomás dijera que ya no había repuestos para ese modelo, lo cual fue hace cuánto, ¿tres años?, ¿cuatro? La puerta era pesada y cuando se cerraba hacía ese ruido particular de las cosas bien selladas, un golpe sordo que cortaba el ruido del pasillo. Del otro lado la calle desaparecía. Eso le gustaba a Irene, aunque nunca lo había pensado en esos términos exactos. Era algo que simplemente sabía.

Llevaba veintitrés años prestando su voz a gente que no conocía. Ha sido madre de una asesina, amante de un rey, enfermera en algún pueblo inventado de alguna serie que nadie vio. Ha dicho te amo y te odio en cuarenta y tantos idiomas distintos y el truco, si hay un truco, es creérselo justo en ese momento y soltarlo inmediatamente después. Lo que es prestado se devuelve. Lo que es de uno se lo guarda uno. Eso lo aprendió en los primeros dos años o aprendió a actuar como si lo hubiera aprendido, que no siempre es lo mismo pero casi.

En veintitrés años Irene nunca había parado a mitad de una sesión.

El martes llegó con la carpeta del proyecto nuevo. La Dernière Adresse, coproducción francesa, drama familiar, algo de distribución limitada. Tomás lo llamó "nicho" con ese tonito que usaba para las cosas de las que no esperaba nada. Irene no preguntó más. Le pagaban igual.

Se sentó, acomodó el guion en el atril, se puso los audífonos. Hojeó rápido las primeras páginas, lo suficiente para hacerse una idea sin arruinarse la espontaneidad que siempre pedía el director aunque luego corrigiera cada coma.

La pantalla tardó un momento en encenderse. Cuando lo hizo apareció un departamento en París, luz de mañana, una ventana grande al fondo. Una mujer joven entró de espaldas y fue directo al refrigerador, sacó una botella de agua. Irene estaba siguiendo la acción sin pensar en nada particular cuando vio la taza. Estaba en la mesa, a medias tapada por un frutero. Cerámica azul, el asa pegada con esa resina dorada que tiene nombre japonés y que Irene ha buscado varias veces y siempre olvida. Esa taza la había comprado en un mercado en Oaxaca. Andrea tenía cinco años. Desde el primer día Andrea reclamó esa taza como suya con esa convicción que tienen los niños pequeños para apropiarse de las cosas, y nunca la devolvió.

No había pensado en esa taza en mucho tiempo.

Cuando la mujer se dio la vuelta para cerrar el refrigerador, Irene apretó pausa.

La imagen se congeló. Línea tres del guion. Todavía no había dicho nada.

La mujer en la pantalla tenía como veinticinco, veintiséis años. Tenía los ojos de la abuela de Irene, esa forma levemente almendrada que Irene estudió toda la infancia en las fotos del álbum familiar porque a ella no le había tocado y de niña eso le parecía una injusticia enorme. Tenía el pelo recogido con descuido, varios mechones sueltos. Y tenía una cicatriz pequeña encima de la ceja derecha, una línea horizontal que la piel había cerrado bien pero que siempre se veía un poco más clara que lo de alrededor.

Irene estuvo presente cuando pasó eso. Un domingo de julio, una bicicleta sin frenos, el borde de la banqueta. Seis puntos de sutura y el llanto más feroz que había escuchado en su vida, no de dolor sino de susto, que según los médicos es normal y según Irene es peor.

La niña tenía nueve años cuando pasó eso.

Tomás levantó la vista desde el cuarto de control.

—¿Todo bien?

Irene asintió.

—Sí, un segundo.

Andrea se fue un jueves de noviembre hace ocho años. Tenía diecisiete años y una mochila y desde la puerta dijo que no podía seguir viviendo en una casa donde respirar se sentía como pedir permiso. Ya no hablaba como niña cuando dijo eso.

Irene no recuerda exactamente qué respondió. Recuerda el tono, recuerda que fue algo defensivo y asustado, recuerda que en el momento en que lo dijo ya sabía que era lo peor que podía decir y lo dijo de todas formas. Para cuando quiso rectificarlo, la puerta ya estaba cerrada. Andrea no contestó el teléfono ese día ni los tres días siguientes ni después.

El primer año Irene buscó en serio. Llamó a las amigas de Andrea, a los compañeros de la prepa, a los primos, a la familia del padre que ya llevaba ocho años muerto. Nada. Andrea no quería ser encontrada y a los diecisiete ya conocía a su madre lo suficiente para saber exactamente qué distancia era la necesaria.

No supo cuánto tiempo estuvo así. Presionó play.

La actriz cerraba el refrigerador y se daba la vuelta. La actriz, se repitió. Su primera línea eran seis palabras en francés y en el guion decía: "No hice café. ¿Importa?" Irene se acercó al micrófono y habló.

La película duraba una hora y cincuenta y dos minutos.

La vio discutir en un mercado el precio de unos tomates con una intensidad completamente desproporcionada para la situación, esa intensidad que Irene reconocía porque vivió con ella diecisiete años y siempre le pareció agotadora y también le pareció admirable, esa incapacidad para hacer nada a medias. La vio reírse con un hombre de barba que salía en varias escenas, esa risa que arranca despacio y siempre termina más de lo esperado, más de lo que el chiste justifica. Ese hombre, que en el guion se llamaba Mathieu, parecía quererla con una tranquilidad que Irene no supo bien cómo interpretar. Solo lo observó.

En la escena doce la vio llorando en el baño de un restaurante, sentada en el piso con el teléfono en la mano. Esa expresión Irene la conocía desde adentro, no desde afuera, porque ella también la ha tenido: alguien que lleva el dedo encima de un número y no termina de marcarlo. Que lo levanta. Que vuelve a ponerlo.

Prestó su voz a todo eso. A las dudas de Andrea, a sus bromas con Mathieu mientras esperaban en el andén del metro, a las discusiones pequeñas que se volvían grandes sin que nadie planeara que fueran grandes. En la escena veintidós Andrea le dejaba un mensaje de voz a alguien que no había contestado, un mensaje que empezaba largo y enredado y que hacia el final se simplificaba solo, y terminaba con "solo quería que supieras que estoy bien. Que estoy bien de verdad." Irene dijo esa línea con la misma neutralidad de siempre, esperó que Tomás dijera que estaba bien la toma, y después parpadeó.

En el descanso salió al pasillo. Se paró frente a la máquina descompuesta sin razón particular. La máquina tenía nombre. Tomás se lo había contado alguna vez: Amparo. Un técnico anterior se lo puso el día que llegó porque dijo que tenía cara de señora seria pero buena. Irene no había pensado en eso en mucho tiempo.

Tomás salió con dos vasos de agua y le pasó uno. Habló del siguiente proyecto, de unos subtítulos que alguien había entregado mal y había que rehacer media sesión. Irene asintió. Bebió el agua.

Se quedaron los dos callados un momento y Tomás preguntó, sin levantar la vista de la máquina:

—¿Cómo vas con este?

—Bien —dijo Irene.

Tomás asintió y ya. No preguntó más. Eso también se aprende.

La escena treinta y cuatro era en la cocina. Andrea y la mujer que hacía de su madre estaban lavando los platos después de cenar. La conversación empezaba hablando de algo del trabajo, nada importante. Después escalaba. Lo hacía de esa manera particular que Irene reconoció de inmediato porque era la manera de ella y Andrea: entrar por los bordes de algo hasta que de repente ya estaban en el centro y ninguna de las dos había decidido conscientemente ir ahí.

En la escena la madre decía que se preocupaba, que siempre se había preocupado, y Andrea respondía que eso no era lo mismo que querer, que la preocupación que no deja respirar termina pareciéndose mucho al control aunque no lo sea. La madre decía que no era justo. Andrea decía que la justicia no era el punto. Irene leyó esas líneas y las dijo con la voz de siempre, la voz que no deja pasar nada.

Pero antes de decir la última línea de Andrea en esa escena —"no necesito que me entiendas, mamá, necesito que me dejes"— cerró los ojos un segundo y agarró el borde del atril. Después los abrió y habló.

Tomás no pidió repetición.

—Repítela —dijo Irene.

Tomás frunció el ceño.

—Estuvo bien.

—Por favor, Tomás.

Una pausa. Tomás rebobinó sin decir nada.

Esta vez Irene dijo la línea completamente plana. Sin el segundo de ojos cerrados, sin agarrar nada, sin dejar pasar absolutamente nada.

—Esa —dijo—. Esa es la buena.

Tomás guardó la toma.

La escena final era la cuarenta y siete.

Andrea sola en el departamento, casi sin luz. La cámara estaba posicionada desde el ángulo de un espejo, así que en la imagen se veía el espejo y dentro del espejo se veía a Andrea de frente, y eso hacía que pareciera que estaba parada frente a alguien al otro lado. Tomaba el teléfono de la mesa. Lo miraba. No marcaba. Lo dejaba. Se acercaba a la ventana y afuera llovía, noche, la luz naranja de los faroles.

El guion decía: Andrea mira hacia afuera. Pausa larga. Después, sin voltearse:

Irene leyó la línea. La leyó dos veces.

"Sé que me estás escuchando. Siempre lo he sabido."

No se movió.

En la pantalla la mujer seguía sin moverse, de espaldas, con la lluvia en el vidrio. Tomás la estaba mirando desde el cuarto de control.

—¿Irene?

—Perdón —dijo, y se acercó al micrófono.

Cerró los ojos un momento y dijo la línea.

En la pantalla Andrea no se movió. La cámara fue acercándose despacio al vidrio mojado y después empezaron los créditos. Claro que no hubo reacción, esa película ya estaba grabada, Andrea ya había hecho esa escena meses antes en algún departamento de París sin saber, o sabiendo, quién pondría la voz encima. La voz de Irene en el aire y la imagen que no podía responder. Ese desfase fue la cosa más rara que Irene había sentido en mucho tiempo, quizás en ocho años exactos.

Cuando terminó la sesión recogió su carpeta, la chamarra, el vaso de agua que ya no había tocado en la última hora. Tomás hablaba del miércoles, de confirmar no sé qué locación. Irene asintió en los momentos correctos.

Antes de salir se detuvo.

—Tomás. La actriz de esta película, ¿tienes manera de contactarla?

Tomás la miró. No desconfiado, nomás sorprendido, porque en veintitrés años Irene no había pedido los datos de ningún actor, de ninguno.

—Tendría que buscar en el sistema de la productora. ¿Para qué?

Irene pensó.

—No, para nada. Olvídalo.

Salió. La puerta hizo su golpe.

Se sentó en el carro sin encenderlo. La carpeta en el asiento del copiloto. El estacionamiento estaba casi vacío. De algún carro adelante salía una radio bajito, algo instrumental que nadie elige sino que simplemente está en las frecuencias de la tarde.

No había número guardado con el nombre de Andrea. Lo había borrado en el tercer año, no porque hubiera dejado de querer llamar, sino todo lo contrario: lo borró para que no llamar le costara algo, para que fuera una decisión y no simplemente el resultado de no hacer nada. Para que si alguna vez marcaba tuviera que escribir el número a mano, tener que recordarlo o buscarlo, tener que querer hacerlo de verdad y no solo dejarse llevar.

Funcionaba la mayoría de las veces.

Escribió el nombre en el buscador. La Dernière Adresse. Los resultados eran pocos, un par de reseñas en francés, alguna mención en un blog de cine. Pero había una nota en el sitio del Festival de Namur del año pasado. En el párrafo de créditos había un nombre que Irene no reconocía. No era Andrea Salcedo. Era otro nombre completamente. Pero debajo, en letra más chica, sin ningún énfasis especial: originaria de México.

Irene se quedó con el teléfono en las manos.

No sabía si Andrea sabía. Probablemente nunca lo sabría.

Adelante alguien apagó el motor. La radio paró.

Irene encendió el suyo y salió.

Afuera estaba lloviendo.

Comentarios 1

T
Tinta en las rocas9 de marzo de 2026
Qué genial, me encantó el contexto y el inicio.

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