EL TRIANGULO DE MURMANSK
Ficción histórica
Hacía más de cuarenta años que no volvía a Rusia, y la emoción que sentía en aquellos días de la primavera de 1992 era algo sencillamente indescriptible. Sin embargo, no pude disfrutar mucho del paisaje moscovita, pues tan solo dos jornadas después partí con un vuelo local hacia la remota ciudad septentrional de Múrmansk, en las orillas del frio Mar Blanco. Mi objetivo era tan claro como el agua: reencontrarme con un viejo amigo al que no veía desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Luego de bajar del vetusto avión soviético en el aeródromo local tomé un taxi y le indiqué a su chofer que me llevase a una dirección ubicada en los suburbios de la población, mientras él acomodaba mi equipaje en el baúl de su auto. Sorprendido por este dato, el taxista exclamó:
-Usted conoce a Iván Vladimir Efremovich, uno de los hombres más conocidos aquí…-
-Sí, éramos compañeros de armas durante la Gran Guerra Patria, cuando combatíamos en el mismo bando contra los nazis. -
-Y por su acento, supongo que es usted británico, casi seguro un inglés del norte…--
-De nuevo está en lo cierto. Soy de Northumberland y nací cerca de Newcastle. –
Durante el resto del viaje, mi ocasional chofer me entretuvo con la historia de su padre y sus tíos, quienes sirvieron también allí en la guerra. Cuando al fin llegamos a los pies de una gran casona, semejante a una gigantesca “isba” tradicional de madera que se levantaba en la cima de una colina natural rodeada de un discreto bosque de coníferas, el taxista me avisó:
-Es aquí señor. ¡Que tenga usted una feliz estadía en Múrmansk! –
Tras despedirme de él, me presenté en la portería, donde un joven, pero serio empleado me recibió con un gesto adusto y me condujo hasta un acogedor salón cerrado. Allí aguardé un momento, hasta que por fin se abrió un portón contiguo y una corpulenta figura, a quien los años habían cambiado, aunque conservaba el mismo semblante alegre que le conocía de nuestras épocas juveniles, se presentó ante mí con una sonrisa de lado a lado, y casi de inmediato me abrazó efusivamente, mientras me decía alborozado a mis oídos:
-Has vuelto por fin, Sir Alexander Christopher Galloway, conde de Sinclair, ¡aunque para mi serás siempre el Comodoro Alex de la flota británica! –
-Y tú has cambiado muy poco desde aquellos días Iván, solo te noto algunas canas entre tus negros cabellos. Por lo demás estas como en aquellos días de los años “40”!—
-¡Como siempre, tu proverbial cortesía inglesa trata de halagarme! ¡Tú también te ves muy bien conservado, aunque tu pulcro peinado hacia el costado se vea ahora plateado!-
Mientras íbamos recordando viejas anécdotas de la guerra, nos encaminamos hacia una gran sala alfombrada y con tapices en las paredes donde un hogar a leños proporcionaba una cálida atmosfera. Allí, ambos tomamos asiento en unos cómodos sofás, e Iván me dijo:
-Te propongo un brindis “cruzado”, como en los viejos y buenos tiempos!-
Naturalmente que acepté, y de inmediato él llamó a una sirvienta ya madura, la cual nos sirvió dos tragos: un whisky escocés para Iván y un vodka en las rocas para mí. Entonces los dos nos paramos para brindar mientras celebrábamos este feliz reencuentro:
-Salud y fortuna para ambos!- Propuso mi amable anfitrión.
-Y también brindemos por todos los que ya no está entre nosotros!- Le respondí.
Debí pensar un poco las consecuencias que esta propuesta tendría sobre su ánimo, puesto que de inmediato Iván palideció y se quedó mirándome con una nostalgia teñida de una melancolía que rayaba en la tristeza. Entonces le respondí de inmediato:
-Discúlpame, no era mi intención reabrir antiguas heridas que ya creía sanadas.-
-No, no es tu culpa Alex. Los viejos fantasmas me siguen persiguiendo desde hace casi medio siglo, y creo que lo mismo pasa contigo. Lo mejor que podemos hacer para exorcizarlos es hablar de ellos sin tapujos, para hacer una catarsis que nos depure.-
-Tienes toda la razón. La mayoría de las personas que compartieron con nosotros aquellos días de 1941 a 1945 ya han muerto o no sabemos nada mas de ellos. Si quieres, podemos seguir hablando, o bien terminar esta espinosa evocación aquí mismo para que no nos siga doliendo en el alma por su pérdida.- Repliqué.
-No, es mejor evocar esto con los pocos amigos que aún nos quedan. Y tu sabes muy bien por quien me gustaría comenzar a desandar este triste sendero. -
Casi al terminar esta última frase, Iván desvió su mirada hacia un retrato en blanco y negro que aún dominaba el salón desde la pared opuesta al gran hogar. En ella se hallaba representada una joven mujer rusa vestida como un comisario del pueblo soviético, de largos cabellos negros y unos ojos azules que parecían clavarse en la mirada del espectador con un gesto siempre desafiante. Enseguida reconocí a nuestra eterna compañera de aquellos años de la guerra, Olga Sofía Narotna, y también yo quedé embargado por una profunda y melancólica tristeza.
-Si mal no recuerdo fue ella la que intercedió entre nosotros para limar las asperezas iniciales cuando tu llegaste por vez primera aquí en octubre del 41. Aún te recuerdo como te presentaste, haciendo gala de tu calidad de representante de S. M. Británica, hablando en un ruso como de campesino de Novosibirsk, y queriendo casi de inmediato supervisar los intercambios por mar entre nuestras respectivas patrias. - Rememoró Iván.
-Te confieso que actué al principio demasiado influido por los informes que tenía de mi Almirantazgo, por lo que de inmediato noté como tu estabas molesto por lo que considerabas como una intrusión de un extranjero con aires de grandeza en lo que veías como tu área de exclusiva incumbencia. Eso explica las discusiones continuas y hasta a veces subidas de tono que tuvimos en los dos primeros meses en los que nos tocó trabajar juntos.- Le contesté.
-Ambos veíamos en el otro un retrato de todo lo negativo que pueden tener los estereotipos de nuestros respectivos pueblos. Para mí, tú eras un noble pedante, representante de una aristocracia inglesa decadente, y al que solo me unía por extrema necesidad, para así poder derrotar a nuestro enemigo común, el nazi fascismo alemán. Y seguramente, tu veías en mí a un funcionario del PCUS brutal y falto de la más mínima educación, siempre proclive a emborracharme y a salir de juerga con compañías femeninas de lo más variado-
Sonreí de manera bien explícita antes de contestarle dándole toda la razón:
-Una vez más, tus recuerdos son impecables. Realmente no encontraba al principio ningún motivo para alegrarme y solo hacía mi trabajo cumpliendo de forma estricta las ordenes de mi Almirantazgo, concernientes a facilitar un intercambio de armas, municiones, medicinas y alimentos entre la URSS y el Reino Unido de Gran Bretaña para enfrentar a Hitler.-
-Y entonces, justo cuando parecía que todo podía arruinarse o demorarse hasta la eternidad, apareció Olga Sofía como un verdadero ángel de la guarda. Recuerdas como ella intercedía en nuestras discusiones poniéndonos en orden sin que pudiéramos siquiera informar a nuestros respectivos superiores. Realmente lo suyo fue crucial para asegurar el éxito de todas nuestras misiones, comenzando por aquellas planeadas en la Navidad del 41.- Respondió él.
-A partir de esas fiestas de Nochebuena del 41 y Año Nuevo del 42 nos convertimos en mucho más que compañeros de trabajo. Éramos como hermanos, un trio indestructible que compartíamos todo, desde las frugales comidas en el edificio del Comando Conjunto de Múrmansk hasta las dionisiacas borracheras que nos dábamos en ciertas, y recurrentemente seguidas, noches inolvidables en los bares clandestinos del puerto. Pero creo que tu la viste como algo más. Dime la verdad de nuevo: acaso la amaste…- Le pregunté ansioso.
Ivan tardó una eternidad en contestarme, mientras miraba las llamas del hogar y mecía en sus manos su vaso de whisky. Finalmente, rompió el silencio clavando sus ojos en mí:
-Sabes bien que tuvimos relaciones íntimas varias veces, pero si, tienes razón, ella significó mucho mas que eso para mí. Sencillamente, no podía dejar de pensar en Olga Sofía cuando estábamos separados, y, como bien sabes, hasta llegué a confrontarte porque creí que en sus misteriosas salidas nocturnas sola ella iba a visitarte a tu alojamiento. Perdóname por eso.-
-Y yo te vuelvo a asegurar que nunca ocurrieron tales encuentros, aunque ella se mostró en más de una ocasión como invitándome a que los hiciésemos realidad. La verdad es que Olga Sofía era una mujer adelantada a su época, por su vida independiente y sin prejuicios, sincera y despreocupada al punto de poder darle una gran cantidad de lecciones de comportamiento a las feministas actuales.- Le respondí para quitarle toda preocupación.-
Entonces sobrevino un nuevo lapso de silencio, solo interrumpido por el crepitar de los leños que ardían dentro del hogar. Pero en esta ocasión fui yo el que interrumpió esa pausa:
- Aquellos días que transcurrieron entre enero y mayo de 1942 fueron de los más felices que me tocaron vivir. Me parecía estar viviendo una continua aventura juvenil con ustedes dos como mis fieles compañeros, lejos de mi acartonada vida en el lúgubre castillo victoriano de mi familia cerca de Newcastle. Es más, hasta tomaba con buen humor y despreocupación nuestras tareas de supervisión de los convoyes aliados que entraban y salían de Múrmansk.-
-Es cierto, también a mí me parecía estar viviendo un sueño de lo más placentero, hasta que al fin la realidad nos despertó de manera brutal en esa primavera del 42.- Respondió él.
-Cada vez que recuerdo esos aciagos días entre abril y mayo del 42 aún se me eriza la piel por todo lo que tuvimos que atravesar. Primero fue la funesta noticia acerca del ataque alemán que dejó inoperable al HMS Edimburg el 30 de abril, justo algunas jornadas después de que estuvimos supervisando el embarque de esas cinco toneladas de oro con las que la URSS pagaba a los aliados occidentales su ayuda en armas, municiones, medicinas y alimentos. Después de su hundimiento definitivo, el 2 de mayo, con la consiguiente pérdida de casi toda su valiosa carga y la de 57 miembros de su tripulación, comenzó lo peor: la investigación acerca de cómo y porque los datos precisos acerca de su partida, la cual estaba mantenida en estricto secreto por todo el comando aliado (o por lo menos eso se creía), pasaron a ser conocidos por nuestros enemigos los alemanes. - Continué yo resumiendo esa triste historia.
-Y lo peor fue que Stalin, furioso por la pérdida del HMS Edimburgh y el oro soviético que llevaba, le encargó directamente a la tan temida NKVD la investigación del caso. Recuerdo todavía con terror como nos interrogaron a ambos, aunque, por razones obvias, fueron mucho mas suaves contigo que conmigo, llegando hasta amenazarme con torturarme tanto física como psicológicamente sino confesaba mi supuesta traición.- Añadió Iván.
-Por suerte, este no fue mi caso, por la oportuna intervención de mi superior, el almirante John Stuart Hilton, quien nunca me dejó solo frente a los interrogadores de la NKVD. Como bien sabes, ellos enseguida levantaron sus cargos contra mi, lo que me permitió presentarme como tu defensor ad-hoc, puesto que ya por entonces era abogado. Y modestia aparte, fueron mis argumentos persuasivos los que convencieron a los esbirros de Beria de que te liberasen y te devuelvan a tu cargo de supervisor del transporte por mar a Gran Bretaña.- Añadí yo..
-Es por eso que te estoy permanentemente agradecido por el resto de mi vida, aunque debo reconocer que los agentes de la NKVD, presionados sin duda por Stalin, continuaron por otros lados con la búsqueda de culpables, verdaderos o no, para justificar sus acciones ante su todopoderoso amo. Como no pudieron involucrarnos, entonces cayeron sobre nuestra amiga inseparable, Olga Sofía, aunque ella era comisario del pueblo.- Concluyó mi amigo.
-Por desgracia así fue. Pero lo que saltó a la luz, aún con los métodos tan detestables de los esbirros de Beria fue aún peor. Sintiéndose acorralada ante la amenaza que se cernía no solo sobre ella, sino que también podía alcanzarnos nuevamente a nosotros dos, sus mejores amigos, Olga Sofía confesó que había sido ella quien le había pasado los datos del HMS Edimburgh al enemigo alemán, pero que lo había hecho por una buena razón. Sus padres biológicos eran campesinos kulaks ucranianos que habían muerto de hambre durante el tristemente célebre “Holomodor” de la década de 1930. Ella se había salvado al ser adoptada oportunamente por una comisario del pueblo quien le dio su nuevo apellido y le abrió las puertas del PCUS para que nunca mas tuviera que pasar hambre. Pero en secreto, fue fraguando su venganza contra aquel estado soviético que había condenado a sus progenitores de una forma tan horrible, mientras fingía ser una “comunista perfecta”- Añadí con pena.
-Ante la posibilidad de que al hacerse pública la noticia de que todo el departamento de comunicaciones y aún el de la seguridad interna terminasen con su prestigio afectado frente a la furia de Stalin, sus directores presionaron al PCUS e incluso a la NKVD para que se llegase a una solución “honorable”. Entonces le ofrecieron a la pobre Olga Sofía la posibilidad de un “suicidio” secreto mediante un poderoso y rápido veneno, que ellos harían aparecer como causado por la muerte de un oficial inglés del HMS “Edimburgh”, del cual ella estaría presuntamente enamorada. Así se arregló este incidente que marcó tan negativamente nuestras dos vidas durante casi medio siglo. Y aunque el trabajo conjunto siguió durante otros tres años más, la relación entre nosotros dos nunca volvió a ser la misma desde que la perdimos a ella. - Musitó esto Iván en forma entrecortada por sus lágrimas-
-Sí, una vez más tienes razón, pero también tienes que reconocer que en esos años más nos esforzamos de sobremanera para superar su pérdida y completar nuestra misión: evitar que aquel corredor marítimo que permitía sostener el esfuerzo de guerra soviético, al que los nazis calificaban despectivamente como “la yugular del bolchevismo”, colapsara y con ello abriera la puerta a una eventual victoria de Hitler en el Frente Oriental. Además, debes reconocer que tan importante fue la aportación de los nuestros, hablo de mis compatriotas británicos y también de los estadounidenses, para prevenir los ataques alemanes mediante la novedosa tecnología del radar y el desciframiento de los códigos enemigos a través de la captura de su “Máquina Enigma” – Le contesté con el ánimo de elevarle un poco sus caídos ánimos.
-Es cierto. Digan lo que digan los panegiristas de la Guerra Fría, no fue la acción de la URSS o de los EEUU por separado lo que acabó con la fuerza del Eje, sino esa colaboración tan estrecha y mutua que se estableció entre todos los países aliados. Lástima que todo eso se cortó en forma tan abrupta tras la rendición de Japón en septiembre de 1945.- Dijo Iván.
- Pese a que yo estaba de vuelta en Inglaterra desde mayo del 45, al poco tiempo recibí las órdenes estrictas de cortar todo vínculo con Múrmansk y todos mis antiguos compañeros de tareas soviéticos. El resto ya lo conoces muy bien, puesto que se nos prohibió cualquier contacto personal por vía epistolar o toda otra alternativa, por lo que no supe nada más de ti hasta que nuestros respectivos gobiernos comenzaron a negociar el rescate de las cinco toneladas de oro que se habían hundido con el HMS “Edimburgh” en 1981.- Añadí entonces.
-Y merced a nuestra oportuna colaboración al suministrarles las coordenadas exactas de su naufragio, fuimos bien recompensados tanto por Moscú como por Londres. Además, fue a partir de entonces que pudimos cartearnos de nuevo, aunque los cambios tan abruptos sucedidos en mi país durante los años finales de la Guerra Fría demoraron este encuentro tan personal hasta el día de hoy. Como final de esta historia de encuentros y separaciones forzadas, solo me resta decirte algo: ¡Bienvenido de nuevo a casa, Alex! - Concluyó el.
Por toda respuesta, me incorporé de mi sofá con una agilidad extrañamente juvenil para mis más de siete décadas y abracé a un sorprendido Iván, quien seguramente no esperaba este gesto tan demostrativo para alguien tan correcto y formal como yo. Solo me atinó a decir:
-Gracias por toda tu amistad a lo largo de todos estos años! Y ahora creo que es momento de que nos retiremos a descansar, ya que mañana temprano nos espera una visita obligada a la persona que hizo posible nuestra unión. Ve con Anton, que él te mostrará tu habitación. Que tengas una muy feliz primera noche en Múrmansk!-
Entonces me separé de él y seguí al serio mayordomo hasta un cómodo dormitorio donde al poco tiempo me arropé en sus abrigadas mantas de pieles, quedándome dormido casi de inmediato, debido a la fatiga del viaje y las emociones de esa tarde y noche. Y cosa rara en mí, soñé en forma muy vívida con una Olga Sofía tan joven y vivaz como cuando yo la conocí cuarenta y tantos años antes. Finalmente, Anton me despertó a eso de las siete de la mañana:
-El señor Efremovich lo espera para desayunar en el salón principal!-
Me higienicé y vestí tan rápido como pude, y muy pronto estuve en compañía de Iván degustando una sabrosa comida de dulces e infusiones rusas. Durante el transcurso de la misma, él se mostró mucho más alegre y relajado que la noche anterior, lo cual no dejó de llamarme la atención. Poco después de desayunar, salimos ambos en un amplio auto soviético conducido por el lacónico Anton hasta un cementerio cercano, llevando cada uno de nosotros sendos ramilletes de flores silvestres rojas y amarillas, las preferidas por Olga Sofía. Luego de sortear varias tumbas en diverso estado de mantenimiento, nos detuvimos ante una sepultura que contrastaba con las que la rodeaban por su pulcra limpieza. Y en lo alto de su lápida, se destacaba el mismo retrato de nuestra vieja amiga en uniforme de comisario del pueblo de la URSS. Primero fue Iván quien deposito su ofrenda en el marco de bronce de la foto, mientras besaba con nostalgia aquel rostro tan añorado. Yo hice lo propio colocando mis flores al lado de las que había dejado él. Tras todo esto, volvimos a abrazarnos, mientras traté de aliviar la tensión con un dicho entrecortado por las lágrimas:
-Ahora por fin el “Triángulo de Múrmansk” ha vuelto a reunirse completo!-
-¡Solo que ya no es un triángulo, amigo Alex, sino un cuadrado! - Me respondió Ivan.
Extrañado por tan desusada respuesta, me fui apartando de él progresivamente, como buscando una aclaración de este dicho. Por toda respuesta, mi anfitrión me indicó que mirase detrás nuestro, y cuando hice esto, quedé anonadado por completo. Una mujer rusa de unos cuarenta y tantos años se hallaba mirándonos con una mezcla de risas y llantos entrecortados. Pero lo más notable era que se parecía demasiado en su rostro a Olga Sofía, salvo por su cabello, que no era negro sino rubio como el del juvenil Iván. Solo entonces lo comprendí todo: ella era la hija que habían tenido como fruto de su apasionada relación de hacía más de cuatro décadas, a la cual habían llamado Hannah Alexandra (como un pequeño homenaje a mi), y a quien él, según pude confirmar más tarde, había adoptado como su heredera universal tras criarla en secreto cuando ella era todavía una niña. Finalmente, los tres terminamos abrazados junto a la tumba de la persona que nos había reunido mas allá de su muerte.






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