CUANDO DIJE: NUNCA

Cuento

Creo firmemente que, para encontrar al mayor de los tontos, solo debemos mirar al espejo; y para escuchar las peores impertinencias, solo se requiere abrir la boca. La más común de todas es el «nunca». Es una manifestación personal de nuestra propia ignorancia: una palabra demasiado larga para decir «siempre» y muy corta para la eternidad.

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‎Uno de los tantos «nunca» que formulé ocurrió cuando tenía unos veinte años. Estábamos en casa de un amigo en La Yaguara, trabajando en un proyecto de Ingeniería Electrónica mientras una salsa suave amenizaba la sala. Entre anécdotas, una de nuestras compañeras mencionó por qué había abandonado la Medicina. Contó que, durante sus prácticas, atendía a una anciana vivaz de noventa años cuya salud se deterioró súbitamente. Al verla convulsionar, corrió a buscar al doctor de guardia. El hombre hizo caso omiso a su desesperación hasta que, con una voz cargada de tedio y un rostro carente de culpa, sentenció:

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‎—¡Ya! Qué tanto fastidio; si ya le faltaba poco para morirse.

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‎Ella no se atrevió a contradecirlo. Se quedó en una esquina y, poco después, se marchó. Nos confesó que se sintió impotente y vulnerable; sentía la culpa de no haberle dado, al menos, una bofetada.

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‎Varios hundieron la cabeza mirando al piso, sopesando qué habrían hecho en su lugar. Pero siempre hay un imprudente que rompe el respeto del silencio; en este caso, fui yo:

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‎—Yo NUNCA me hubiese callado ni le habría suplicado a ese delincuente.

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‎Todos levantaron la vista. Algunos me recriminaban con la mirada mientras la luz del cielo se apagaba y la salsa seguía sonando al fondo. Un compañero, Andrés, cortó el aire con un sarcasmo frío:

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‎—Bueno, espero que no te toque vivir algo parecido.

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‎Como la vida no puede evitar las ironías, aquel «nunca» empezó a perseguirme incluso en los sueños. A mediados de febrero, soñé con un pasillo de hospital manchado de sangre; sus paredes blancas y sus cuadros minimalistas me resultaban inhumanamente opuestos. Se proyectaban sombras en el extremo del corredor y yo no me atrevía a cruzarlo. Una sombra sobre la cual convergían las demás parecía una estatua; inamovible, sentenciaba orden, mientras los cuadros parecían apreciar la procesión de las siluetas. El piso y el corredor opuesto semejaban una garganta cuya fuerza de atracción me arrastraba hacia el pasillo de los cuadros. Me desperté del susto.

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‎Dos meses después del sueño, llegó la emergencia. Mi sobrino estaba grave. Lo llevamos a la Clínica Caracas; salimos con tal premura que ni siquiera me puse calcetines y, siendo asmático, olvidé mi inhalador. El niño no respondía a ningún estímulo. Nos atendió una doctora cuya mirada era tan inhumana como los cuadros de mi pesadilla. Sin seguro médico, no lo admitirían. Fue entonces cuando el «nunca» pesó más que antes:

‎—Por favor, ayúdelo —supliqué.

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‎Con un tono gélido, ella respondió:

‎—No hay nada que pueda hacer aquí. Llévenlo al Hospital de Niños.

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‎Ella proyectaba una sombra que no oscilaba bajo la luz de la sala de emergencias; era rígida, como un obelisco.

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‎Por fortuna, los bomberos se ofrecieron a trasladarnos. Al llegar, el sargento a cargo exigió una camilla con una autoridad que nosotros no tuvimos. Pasaron las horas y comprendí por qué aquel pasillo me resultaba familiar. Era el mismo blanco irreal de mi sueño, pulido de forma obscena para la desesperación que albergaba. Los cuadros en las paredes parecían burlas. Pasamos la noche en vilo. El frío me obligaba a caminar de un lado a otro; las sombras de los padres se proyectaban en las paredes como almas en pena, con los ojos clavados en el techo o en el suelo.

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‎A la mañana siguiente, tras ir a casa por comida, regresé a la sala de espera. Una de las doctoras de terapia intensiva salió y, como quien menciona un pormenor insignificante, le dijo a una joven madre:

‎—Mira, tu hijo está entrando en paro cardíaco. No sé si se va a salvar.

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‎La madre lanzó un grito desgarrador. Allí estaban de nuevo los uniformes blancos y los cuadros, inapropiados, ocultando la fatalidad tras una máscara de eficiencia. Los gritos no decrecían, hasta que la doctora volvió a salir y sentenció:

‎—No hagas un show. Veremos si se puede hacer algo.

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‎Se quedó un rato inmóvil y daba la impresión de ser una estatua impávida, mientras todas las sombras parecían desfilar en torno a ella. Luego, desapareció tras la puerta.

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‎En ese momento, me sentí impotente. No dije nada. La sala se sumió en un silencio donde mi «nunca» pesó como el plomo. Me sentí un hipócrita; no me atrevía a intervenir porque estaban atendiendo a mi sobrino y, además, me asaltó una sensación terrible: el alivio de que aquel diagnóstico no fuera para nosotros.

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‎El silencio de esa sala me juzgaba. Los cuadros me miraban con desprecio. Las sombras del fondo del pasillo finalmente me habían alcanzado, demostrándome que un NUNCA podría pesar demasiado. 

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Comentarios 3

T
Tinta en las rocas12 de enero de 2026
No te culpes, es parte de vivir la vida, hay "nuncas" y "siempres" que se quedan en la punta de la boca, para aprecer en otros momentos que menos te imaginas. Además, no siempre está en ti decir algo. Qué gran texto e inicio.
A
Alma Raquel Alonso Lucena11 de enero de 2026
Interesante texto y lo entiendo, viví algo similar y es cuando te das cuenta que somos seres mortales y simples ante situaciones ajenas a nuestro entendimiento y capacidad. Te mando un abrazo. Feliz año. Doy ⭐ y espero pases a ver de este lado a Harry Potter
H
humberto antonio10 de enero de 2026
Qué buen texto, hermano. Me dejó pensando un buen rato porque, siendo honestos, ¿quién no ha pecado de soberbio a los 20 años? A esa edad uno siente que tiene la moral de acero y que se va a llevar el mundo por delante, pero la vida siempre se encarga de bajarnos los humos de la forma más cruda.

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