El laberinto detrás de la venda
TerrorNo recuerdo la última vez que vi el cielo. Desde que las criaturas aparecieron, salir sin una venda en los ojos es una sentencia de muerte. No matan con garras ni dientes: matan con visiones. Basta un solo vistazo para que te muestren algo tan profundo, tan perfecto o tan insoportable que tu mente se quiebra y tu cuerpo deja de pertenecer a este mundo.
Nadie sabe qué son o de dónde vienen. Solo sabemos una regla: quien mira, pierde.
Mi rutina siempre había sido la misma: caminar a tientas, escuchar el eco de mis propios pasos y confiar en que la venda fuera suficiente para mantener a raya aquello que no debe ser visto. Ese era mi mundo… hasta que empecé a soñar con ella.
Una niña de vestido verde que parecía venir de otro tiempo.
En mis sueños aparecía de pie frente a mí, sosteniendo una pequeña tiza blanca, dibujando puertas en la oscuridad. Sus ojos grandes, inquietos, valientes, eran lo único en este mundo ciego que seguía brillando para mí. Nunca hablaba, pero me miraba con una mezcla de urgencia y compasión, como si intentara recordarme algo que estaba olvidando.
La primera vez creí que era mi subconsciente desmoronándose.
La segunda, pensé que estaba perdiendo la cordura.
La tercera… supe que alguien estaba intentando comunicarse conmigo desde otro plano.
Una noche, en ese sueño, me tomó de la mano. Sentí la textura fría de la tiza, el perfume a tierra mojada, y después, un murmullo leve de hojas agitándose. No era un sueño común; era un espacio construido, un nivel dentro de mi mente. Un laberinto onírico.
Cuando desperté, sentí algo que creía perdido: propósito.
Y ese mismo día ocurrió.
Caminaba por la calle, guiándome por las cuerdas tendidas entre las casas, cuando escuché pasos suaves, casi infantiles, a unos metros. Me quedé quieto. El aire cambió, como si algo invisible hubiera cruzado mi camino. No escuché respiración, no escuché voces. Solo pasos.
Y entonces la reconocí.
No sé cómo explicarlo, su presencia era idéntica a la del sueño. Ese pequeño silencio vibrante, esa energía tenue pero insistente. La niña estaba ahí. De verdad. En el mundo real.
Sentí que me una mano pequeña se cerraba sobre la mía. Tibia. Igual que en las visiones.
No podía verla, pero aun así la “veía”, como si su imagen se hubiera quedado tatuada en mi mente.
—No te detengas —susurró ella. No era voz humana, ni inhumana. Era como un pensamiento que no era mío.
—¿Por qué puedo verte? —pregunté sin hablar.
—Porque no me estás mirando —respondió.
Ese fue el momento en que entendí la naturaleza de las criaturas.
No eran seres físicos. Eran ideas. Visiones puras que solo podían entrar a través de la mirada. Necesitaban ojos abiertos para parasitar la mente. Su poder era visual, no espiritual.
Ofelia, así había dicho que se llamaba, era lo opuesto: una idea que no necesitaba ojos para existir. Una memoria viva, un eco de otro mundo filtrándose en el mío a través de los sueños. Ajena a las criaturas, pero tampoco completamente real.
—Tengo que mostrarte algo —me dijo, tirando de mi mano.
Caminé guiado por ella, y por primera vez me sentí seguro. Avanzamos por calles que no podía ver, pero que se formaban mentalmente como si estuviera dentro de un sueño compartido. Un espacio donde lo real y lo onírico se mezclaban sin resistencia.
Finalmente, se detuvo.
—No tengas miedo —dijo—. Lo que veas ahora no puede lastimarte… salvo que tú lo permitas.
La venda cayó por sí sola. No había monstruos esperándome. Estaba en un pasillo subterráneo iluminado por antorchas, con paredes que parecían hechas de raíces vivas.
—Este es el lugar entre lugares —explicó—. El laberinto donde las historias se desdoblan. Si atraviesas la puerta correcta, puedes salir. Si no… te quedarás conmigo.
En su voz había una tristeza inmensa. Entendí que Ofelia llevaba demasiado tiempo atrapada entre sueños ajenos, buscando a alguien que sea capaz de cruzar con ella.
—¿Por qué yo?
—Porque me viste antes de verme.
Entonces comprendí que Ofelia no era un sueño. Nunca lo había sido. Era una historia interrumpida, una vida que buscaba terminar de contarse.
Respiré hondo.
—Muéstrame la puerta —dije.
Ella sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, frágil.
Y caminamos juntos hacia una oscuridad que, por primera vez, no me daba miedo.







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