•Frag-Mental•
Ciencia ficciónNunca pensé que la adultez en el siglo XXIII sería tan parecida a la de cualquier otro tiempo. A pesar de los automóviles autónomos, de la teletransportación urbana, de los implantes de memoria y de las ciudades que flotan sobre gigantescas megastructuras, el peso de crecer seguía siendo igual de antiguo, igual de incómodo, igual de humano.
Me mudé solo a mi cápsula-departamento en Neo York-3, una réplica verticalizada de la ciudad original, construida a 600 metros sobre las ruinas del mundo antiguo. Desde mi ventana, los drones de reparto formaban líneas de luz, como arterias palpitantes de una criatura inmensa que nunca duerme. Al principio me fascinaba. Luego, dejó de hacerlo.
La independencia era cara. Literalmente. Hasta respirar costaba: el sistema de purificación atmosférica se cobraba en la factura mensual. Pero lo acepté. “Madurez”, me dije. “Responsabilidad”, repetí. Palabras que sabían a metal oxidado.
Trabajaba como Analista Temporal en la Torre Chrysler, una reliquia restaurada que ahora servía como nodo central del Sistema de Multiverse Data, la red encargada de monitorear realidades paralelas. El trabajo sonaba épico. En la realidad era tedioso: revisar anomalías, comparar líneas de tiempo, confirmar que ninguna versión de la humanidad estuviera a punto de destruirse prematuramente.
Era aburrido. Monótono. Infinito.
Pero un día, algo cambió.
Empecé a verme en las grabaciones de otros universos.
Pequeños clips. Pequeñas ventanas. Y en cada una, otro yo vivía algo diferente: uno era Capitán de la Flota Interplanetaria; otro era un músico callejero en la Tierra Vieja; otro dirigía una colonia en Marte; otro estaba preso en un asteroide-mina. Había un yo brillante, un yo roto, un yo feliz, un yo cruel.
Y todos se parecían demasiado a mí.
Al principio pensé que era un fallo del sistema. Después, que era estrés. Pero pronto las fronteras entre ventanas y realidad se erosionaron: veía mis otras versiones caminando entre la multitud de Neo York-3, mirándome con una mezcla de juicio y complicidad.
La ciudad empezó a distorsionarse: calles que se duplicaban, hologramas desincronizados, el cielo parpadeando. No estaba seguro si el sistema multiversal estaba fallando… o si lo estaba haciendo yo.
Intenté hablarlo con mi padre, uno de los directores de la Torre Chrysler. Pero él, siempre rígido, siempre impenetrable, solo dijo:
—Estás cansado. Es normal. A tu edad yo ya supervisaba tres estaciones orbitales.
Sus expectativas eran una sombra gravitacional, encorvándome hacia un destino que no era mío.
La presión, real o imaginada, comenzó a romperme.
Las anomalías se intensificaron. El multiverso entero parecía musitar mi nombre. A veces, al quedarme dormido frente a los monitores, veía un horizonte fractal: millones de versiones de mí gritando en simultáneo. Yo trataba de callarlas, pero el ruido era insoportable.
Una noche, el sistema colapsó.
Los monitores se abrieron como heridas luminosas. Sentí que me absorbían. Las versiones de mí emergieron del cristal, formando una esfera viva: todos mis futuros posibles orbitando en caos. El tiempo se dobló a mi alrededor, como un metal demasiado caliente.
De pronto estaba flotando sobre la ciudad, a cientos de metros de altura, justo encima del Chrysler. No sabía si era real o una proyección generada por el colapso del sistema. El viento congelado me golpeaba. La megaciudad titilaba bajo mis pies como un mar de neón.
Las versiones de mí comenzaron a hablar al unísono:
“¿Qué esperas ser?”
“No eres suficiente.”
“Deberías haber sido yo.”
“Fracasarás en todas las líneas temporales.”
Era demasiado. El ruido, la multiplicidad, la presión de todas las vidas que no viví.
—¡No quiero morir! —grité—. ¡Solo quiero dejar de existir así!
Y entonces el mundo se quebró.
El cielo se dobló, deformándose como un algoritmo mal renderizado. Las luces explotaron como estrellas frías. Y caí.
Caí a través del aire.
A través del tiempo.
A través de mí mismo.
Justo antes de impactar, un resplandor blanco me envolvió.
Abrí los ojos frente a la puerta de la oficina de mi padre en la Torre Chrysler. El resplandor aún vibraba detrás de mis párpados. No sabía si todo había sido una visión provocada por una falla del sistema multiversal, una ruptura psíquica, un cruce dimensional… o las tres al mismo tiempo.
Pero algo en mí había cambiado. Había alcanzado una claridad nueva, pero no una claridad pacífica: más bien un conocimiento crudo, doloroso y honesto.
Golpeé la puerta.
Mi padre levantó la vista, con su postura perfecta, su impecable traje negro, su expresión de control absoluto.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. Tengo una reunión con la Junta de Multiverso en diez minutos.
Me temblaban las manos, pero hablé.
—No quiero seguir este camino —dije—. Nunca quise ser como tú.
Nunca quise este trabajo.
Nunca quise esta vida que no escogí.
Y tus expectativas… tus metas… tus silencios… me están rompiendo. Me exigen más de lo que soy. Más de lo que deseo ser.
Mi padre parpadeó por primera vez en muchos años.
Y entonces preguntó, con un tono extraño, casi… humano:
—Entonces… ¿qué quieres hacer?
No tenía ninguna respuesta épica. Nada brillante. Ni un plan maestro.
Solo una verdad simple.
—No lo sé.
Pero no puedo seguir aquí.
Necesito irme de la ciudad.
De la red multiversal.
De las versiones de mí que esperan algo de mí.
Tengo que empezar desde cero… en mi propio futuro, no en el de nadie más.
Mi padre bajó la mirada.
Se quitó los lentes.
Suspiró largo, casi como si algo dentro de él también se liberara.
—Si es lo que necesitas… tienes mi apoyo.
Salí de su oficina con un pecho más liviano y una mente más silenciosa.
Caminé por las plataformas aéreas de Neo York-3.
Miré el cielo lleno de drones, naves y rutas de luz sin fin.
Nada había cambiado en el mundo.
Yo tampoco me había vuelto un héroe ni un elegido.
Pero por primera vez en mucho tiempo, todas las versiones de mí estaban en silencio.
Y en ese silencio, descubrí algo parecido a la libertad

Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.