'Hasta Mañana'
TerrorVerdaderamente inspirada en hechos reales, en mi experiencia más aterradora, escribí esta breve narración.
---No sería justo decir que lo que me despertó fue un ruido, porque en realidad no había escuchado nada. No, fue la oreja la que me despertó: acostumbrada a los sonidos habituales y rutinarios que hacemos el gato y yo, mi oreja, como las de todos, no se inmuta por cualquier cosa. Como el órgano involuntario que es, no se mueve por órdenes, sino por instinto.
Esa noche, a mi oreja derecha se le reactivó un antiguo mecanismo de defensa, el que comparte con el gato que ahora duerme en la ventana. Se puso tensa, en alerta, y con movimientos tímidos se perfiló hacia algún leve sonido, casi imperceptible pero inquietante e inhabitual.
Casi al mismo tiempo, como pidiendo refuerzos, la piel que la rodea dio otra señal de alarma. Los invisibles vellos que la recubren comenzaron, desde el centro de la cueva auditiva, a erizarse, también como un gato, a expandirse de manera radial, como si cada pelito le avisara al compañero del frente que debían emprender la huida, y parecieran querer escapar del folículo que los persigue.
Y ante la fuga de la única débil capa de pelaje que poseo, el frío me arrasa de afuera hacia adentro. El cuerpo traidor no me obedece. Quiero mover un dedo, abrir los ojos, soltar el grito que me ahoga, pero no hay respuesta, y la espera es agónica.
Ya todos los demás ruidos se amortiguaron: las agujas fosforescentes del reloj despertador a cuerdas, los muebles tronando sus articulaciones y, cuando el aire me dejó de entrar a los pulmones, hasta mi respiración enmudeció. Mi oreja derecha, sola en la oscuridad, pues su compañera duerme plácidamente protegida contra la almohada, ahora monta guardia, esperando.
Y entonces aparece: Primero, un leve crujido hacia los pies de la cama, y la queja de los resortes que ahora se hunden, cediendo a un peso ajeno. Podría escuchar los latidos frenéticos de mi corazón histérico, pero mi oreja ya no lo registra, concentrada únicamente en eso que se le acerca.
Después, la fricción lenta de las sábanas. Paso a paso avanza, se acerca a la cabecera, tan próximo a mí que puedo sentir la tela tensándose ante su densidad hasta que finalmente encuentra su lugar de descanso. Se detiene a mi lado: mi pelo, que descansaba libre sobre la almohada, se sintió de pronto atrapado y tiró del cuero cabelludo con un jalón doloroso, como si lo hubiesen agarrado por la raíz.
El peso ya es insoportable; una masa gélida me presiona contra la almohada. Algo peor que la oscuridad, un vacío más negro, se cierne sobre mí. Al final, un aliento sin labios, sin boca, sin cara. Húmedo, caliente y perfumado de tierra non sacra, tan cercano a la piel que los vellos vuelven en retirada a esconderse, sabiéndose condenados. La boca se me inunda de sabor a lombrices y óxido y el tímpano, centro de mi bendita oreja, se me estremeció incluso antes de que sonara esa voz, que penetra mi oreja susurrando:
— HASTA MAÑANA —.

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