MI CABALLERO

Fantasía

MI FINAL FELIZ 

 

En un reino rodeado de montañas y ríos cristalinos vivía la princesa Elara, conocida no solo por su belleza, sino por su noble corazón y su deseo de conocer el mundo más allá de los muros del palacio. Junto a ella siempre estaba Sir Adrien, su caballero más leal, un joven valiente que había jurado protegerla desde que eran apenas adolescentes.

Con el tiempo, aquella lealtad se convirtió en algo más profundo. No eran necesarias palabras para expresar lo que ambos sentían; bastaba con la manera en que se miraban o con el silencio compartido bajo los cerezos del jardín real. Sin embargo, la vida de la corte era dura, y los destinos de una princesa y un caballero pocas veces se unían de manera sencilla.

Un día, el reino vecino declaró la guerra. Adrien fue llamado a liderar una misión que lo llevaría más allá de las fronteras. La noche antes de partir, se encontraron en la torre más alta. Elara, con lágrimas en los ojos, susurró:

—Prométeme que regresarás.

Él tomó su mano, apretándola con la fuerza de un juramento:

—Aunque pasen años, aunque el destino intente separarnos, volveré a ti.

La guerra se extendió más de lo esperado. Lo que iban a ser meses se convirtió en años. Adrien se perdió en batallas interminables, en viajes lejanos y en heridas que casi le arrebatan la vida. Las cartas dejaron de llegar, y en el palacio comenzaron a creer que había caído en combate. Elara, sin embargo, nunca dejó de esperar. Cada amanecer subía a la torre donde lo vio partir, mirando el horizonte con la esperanza de ver su silueta.

Pasaron cinco largos años. Elara se había convertido en una mujer aún más fuerte y sabia. Sus padres insistían en que debía casarse con algún príncipe extranjero, pero ella se negaba con firmeza. Decía que su corazón ya pertenecía a alguien que, aunque todos creyeran perdido, seguía vivo en lo más profundo de su ser.

Una tarde de verano, mientras el pueblo celebraba el fin de la guerra, un viajero llegó a las puertas del reino. Estaba cubierto de polvo, su armadura gastada y su capa rota, pero sus ojos seguían brillando con la misma intensidad de antaño. Era Adrien. Nadie lo reconoció al principio, salvo un niño que, corriendo hacia el castillo, gritó:

—¡El caballero ha vuelto!

Elara escuchó la noticia en el salón del trono y su corazón comenzó a latir con una fuerza incontrolable. Corrió sin pensarlo, sin importarle el protocolo ni las miradas, hasta el patio de entrada. Allí lo vio: cansado, herido, pero de pie, mirándola con el mismo amor de aquella última noche.

—He regresado, mi princesa —dijo Adrien con voz quebrada, arrodillándose ante ella.

Elara no pudo contener las lágrimas. Se lanzó a sus brazos, ignorando las reglas de la corte y los murmullos de los presentes. El tiempo pareció detenerse. Cinco años de ausencia se deshicieron en un instante, reemplazados por la calidez del reencuentro.

—Te esperé cada día —susurró ella entre sollozos.

—Y yo luché cada batalla con tu recuerdo —respondió él, acariciando su rostro.

Aquel momento selló su destino. El rey y la reina, conmovidos por la fidelidad de ambos, aceptaron lo que siempre había sido inevitable: que la princesa y su caballero estaban destinados a compartir la vida.

Elara y Adrien se casaron en el mismo jardín donde tantas veces habían soñado juntos. El pueblo celebró durante días, no solo por la boda, sino porque sentían que esa unión era símbolo de esperanza y lealtad.

Así, después de cinco años de dolorosa espera, la princesa y su caballero finalmente encontraron la felicidad, demostrando que el amor verdadero resiste el tiempo, la distancia y hasta la guerra misma.

Comentarios 1

B
ByeHollywood26 de agosto de 2025
Me copa la lealtad del caballero, pero posta que la mina esperó 5 años sin una carta? Ni un mensajero había en ese reino?

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