Tony

Fantasía

 

Hola a toda la comunidad de Peliplat:

Quiero compartir con ustedes uno de los relatos de mi primer libro de cuentos cortos, llamado Cuentitos, un proyecto personal que reúne personajes, paisajes y emociones que se resisten a desaparecer. En Tony acompañamos a un narrador errante en un más allá extraño, con su humor intacto y una antorcha encendida. Aunque no es un cuento sobre cine, creo que, como las buenas películas, deja esa sensación de que la historia continúa incluso después de los créditos finales. 


Aquí un hecho que atraviesa dimensiones, las cosas que amamos, que nos componen jamás nos abandonan; ni siquiera después de la muerte.

¿Que cómo sé esto? - Sencillo, yo estoy muerto y sigo amando contar historias. Entonces, me llamo Tony y soy un fantasma estoy aquí por elección propia, supongo que no se puede pecar de soberbio dos veces. ¿O sí? Pero sí, una serie de factores y decisiones me trajeron a este lugar, al parecer un poco olvidado de la mano del querido Dios. No defiendo lo que hice, no crearé el sindicato de suicidas; pero esta existencia cósmica, pesa menos que la de carne y hueso. Sé que soy un fantasma porque recuerdo haber visto cientos de películas sobre eso y justo ahora eso soy o mi estado inerte me hace creerlo. Honestamente pensé que iría directamente al infierno, me molesta un poco la consciencia de todo el asunto, siendo mi creencia esencialmente escéptica, y estar en esta suerte de limbo no me resulta tranquilizador, ni tampoco me agrada tanto silencio. Es como estar dentro de mi cabeza, en la nada misma. Salvo tal vez por las largas siluetas que se alargan infinitamente hacia arriba, sombras que parecen en estado de oración y cuyas cabezas no alcanzo a ver. Me siento en otro planeta o por lo menos mi consciente me lo muestra de esa manera. Casi sin gravedad, ni oxígeno, pero hace frío y el camino, aunque está hecho de la nada misma, es de tierra, tiene polvo, casi como caminar sobre un trozo de desierto, este lugar está amurallado por estas sombras que se alargan infinitamente, en medio de este silencio, de repente, comencé a escuchar algo, primero muy tenue y luego muy claro, era como el primer sonido del mundo hubiera nacido en ese preciso momento, seguro que si tuviera tímpanos estarían rotos. Era el sonido de mis propios pies, mis pasos al caminar. El repiqueteo de mis zapatos sobre esta tierra oscura y sedosa creaba una suerte de eco a mi alrededor y estas siluetas parecen moverse, las escucho murmurar...

El sonido de mis pies y la luz de una antorcha que salió de ninguna parte, pero cuya luz agradezco profundamente. Me pregunto si la luz de esa antorcha proviene de aquello que no nos abandona. Una vez más la industria nos ha mentido. No todas nuestras preguntas son respondidas al morir.


Mientras avanzo lo más rápido que mi inexistencia puede, me doy cuenta de que por breves momentos la llama de la antorcha se hace muy pequeña, pero no al punto de apagarse. Si miro fijamente la llama azul del fuego parece dibujar siluetas, rostros...

Intento no distraerme, aunque el paisaje nada ha cambiado, sigo por el mismo sendero, por momentos me siento levitar, no oigo mis propios pasos y si me concentro en la llama de la antorcha siento que, quizás, podría perderme dentro de ella.

Beksinski Zdzislaw

Evito mirar hacia los lados, las alargadas siluetas con túnicas siguen allí, en su infinito rezo, su presencia me recuerda que debo seguir corriendo o al menos creo que lo hago. ¿Puede un fantasma correr? No lo sé, pero mis pasos se vuelven cada vez más frenéticos, resonando con un eco infinito en esta nada que me rodea. Las sombras, esas siluetas alargadas que murmuran, parecían deslizarse con una lentitud que contrastaba con mi desesperación. Algo en su quietud me aterra más que si se abalanzaran sobre mí. El resplandor de la antorcha se mantiene firme, guiándome por el sendero sin principio ni fin. Con cada paso, una sensación extraña me invadía; no de alivio, sino de reconocimiento. Como si ya hubiera estado aquí antes. Como si este camino fuera, en realidad, una espiral que me devolvía al punto de partida una y otra vez. De pronto, me detengo y entonces lo entiendo. No puedo huir, no de este lugar, ni de mí mismo. Observé la antorcha que ardía en mi mano y comprendí la única verdad que había estado evitando: la luz provenía de todas esas personas que conocí en vida. -Alguien ha puesto luz para mi-. Como dije, hay cosas que simplemente nos atraviesan y no nos abandonan, eso incluye personas.

 

Me pregunto si llegaré al final del famoso túnel del que todos hablan, cuando hablan de la muerte, del más allá. Aunque dije que estoy en una especie de duna desértica. Los murmullos no cesan, son un goteo constante de voces guturales que no forman palabra alguna, solo ecos de algo que había sido lenguaje antes de descomponerse en la oscuridad. Mientras continúo avanzando, la antorcha en mi mano arde con un fulgor incierto, como si la creencia de nuestra propia existencia recayera sobre su resplandor. De repente algo se presentó ante mis ojos, una especie de crepitar saltaba de la llama de la antorcha, como si comenzara pequeños incendios en el aire, proyectando una imagen, un recuerdo: Mi recuerdo.


Un restaurante diminuto en Hanoi, mesas de plástico, un cuenco humeante de pho. Entonces vi mi propia mano —mi antigua mano humana— sosteniendo los palillos, rompiendo la carne tierna, absorbiendo el aroma del caldo especiado. Y aunque ahora soy un fantasma todos esos sabores, aromas y texturas vinieron a mí y me invadieron por completo. Las sombras amuralladas parecieron estremecerse en el momento en el que me regodeaba en aquel recuerdo, en la fantasía embriagante de la vida. El siguiente rayo de luz me llevó a la ciudad de Melbourne. Pude verme junto al río Yarra, un mercado de comida callejera iluminado por faroles. Recordé la brisa fresca, el sonido del aceite chisporroteando, el primer bocado de un sándwich de cerdo desmenuzado que me hizo cerrar los ojos de placer. Allí estaba yo, hablando con un chef local, riendo entre bocados, maravillado por lo bien que sabía el mundo. Pero la imagen más intensa llegó después. Un pequeño restaurante en Chengdu. Un plato de mapo tofu chisporroteando frente a mí, la salsa roja como fuego, el aroma a pimienta de Sichuan envolviéndolo todo. Lo recordé bien: el hormigueo en la lengua, el sudor en la frente, la euforia de un sabor tan abrasador que casi parecía una droga. -Esto es felicidad-, es lo que había dicho en aquel entonces, y por un momento, incluso ahora, justo eso seguía siendo.

 

El fuego de la antorcha crepitó con más fuerza. Entonces miré la llama y, lo entiendo, claro que son ellos. Aquellos que aún me recuerdan, los que aún encienden velas a mi nombre. Aquellos que me aman. Una pequeña sonrisa se asoma en mi rostro fantasmal. Apenas un gesto, pero suficiente para hacer titubear la oscuridad que me rodeaba, Las sombras retrocedieron. No porque estuvieran asustadas, sino porque no podían tocar lo que la luz iluminaba, un resplandor especial que parecía protegerme.


Al mirar a mi alrededor, pude notar cómo las figuras con túnicas seguían murmurando, pero ya no con la misma intensidad. Seguían allí, como siempre, pero ya no importaban tanto ni ellas, ni sus murmullos de ultratumba. La antorcha, me pareció temblar y su brillo, que hasta ahora parecía alimentado únicamente por algo externo, comenzó a desvanecerse. Entonces comienzo a sentir, que el camino está llegando a su fin. ¿Es así como termina? ¿Después de todo el cinismo, después de toda la mierda, lo único que queda es esto?

Un último destello de luz.

No más sombras, no más murmullos. y luego, la nada misma...

Excepto que no era la nada. El sonido de un encendedor chasqueando. Tony parpadeó. La antorcha se había ido, pero había fuego frente a él. Un cigarrillo encendiéndose entre sus dedos. La brisa de una cocina abierta. El chisporroteo de algo friéndose en una sartén. Aromas familiares llenaban el aire: ajo, jengibre, chiles secos tostándose a fuego alto. Levantó la vista. No estaba solo. Rostros conocidos lo rodean, algunos de su rutina, otros de memorias más borrosas, pero todos tienen algo en común: comen, beben y ríen. Como debe ser. Tony soltó el humo de su cigarrillo y esbozó una sonrisa.

-Bueno, justo a esto me refería cuando pienso en el paraíso - Dijo, y se sirvió un plato caliente. 


En memoria de Anthony Bourdain. 

Comentarios 3

M
María Gabriela Caminos Spadiller27 de agosto de 2025
Me encantó. Una vez leí que los suicidas tienen hambre y no pueden comer, tienen sed y no pueden beber, sienten amor pero no pueden hacerlo...Este relato es mucho más esperanzador. Elijo creer en él. Es decir, en vos.
F
Franchesca A. Herrera Piña27 de agosto de 2025
Inspiras a lo Dark 🖤
M
Marieta Correia22 de agosto de 2025
Excelente narrativa, de verdad uno forma parte de ese cuento, me encanta lo rico del lenguaje que te permite imaginar todo.

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