Entre Tepuyes

Aventura

 

Donde se encuentra las formaciones geológicas más antiguas del planeta se esconde entre nubes y paredes de rocas un mundo fascinante, que solo unos pocos conocen. Desde afuera son Kilómetros interminables de rocas que se extienden por todo un continente y descansan imperturbable sobre una vegetación espesa. Un macizo inexplorable que se elevan al cielo a distancias inalcanzables. Durante miles de años todo el que ha intentado escalar, sobrevolar o adentrarse en alguna de sus grietas regresan decepcionados ante el fracaso o se esfuman de la faz de la tierra.

 

Desde dentro es una geografía inhóspita, donde un temible mapusaurus yace vencido en el piso mientras un grupo de velociraptor devoran su carne hasta dejarla en los huesos. El sonido del viento se mezcla con el eco de los rugidos demenciales de un duelo a muerte entre un T-rex y un giganotosaurus. Entre tanto, triceraptos, stegosaurus, diplodocus y aquilops se alimenta apacibles de hojas, ramas y frutas a orillas del rio, sin advertir el peligro de ser acechados por predadores veloces. Mientras que a cientos de kilómetros se levantan ciudades donde dinos y humanos conviven en armonía.

 

Lejos de ser una piedra maciza más bien es hueca, visto de otro modo, un conglomerado de tepuyes forma una gran muralla natural para ocultar su gran secreto; cimas planas y un corazón expuesto que conforman un paisaje idílico esculpido por millones de años. Con extensos valles, saltos de aguas altísimos, ríos espectaculares, playas paradisiacas que se acceden por huequitos entre la roca, desiertos únicos, llanuras extensas, lagos que al tocarlos hielan tus manos, climas envidiables, montañas de puntas blancas, sabanas de pasto espeso y ciudades sustentables donde criaturas míticas, dinos pequeños, medianos y grandes han creado una simbiosis casi perfecta con los depredadores más grande de tu mundo. 

 

Una naturaleza protegida por grandes voladores y astutos estrategas que evitan a toda costa que entren los carroñeros despiadados. Esos que a lo largo del tiempo han intentado perturbar la paz natural del lugar que tanto aman. Aquí el tiempo parece haberse detenido. Mientras surco los cielos con Tlu, me doy cuenta porque regrese a mi origen, mi mundo es salvaje, utópico, y autosustentable, cada uno de los que pisa esta tierra a comprendido desde su lenguaje que el equilibrio es lo que nos ha mantenido en pie. Lo que describo no se compara con lo que mis ojos ven desde el privilegio de estar en las alturas. 

 

Mientras mi amigo descansa, un quetzalcoatlu que me salvo y salve de una muerte segura hace unos años, escribo la historia de un mundo del cual hui hace unos años, sentada en una de las planicies que ocultan mi realidad de la tuya. Si algo aprendí del viaje de mi vida es que la memoria es frágil, las aventuras pronto se olvidan y nunca una historia es contada de la misma forma. 

 

Aquí la vida no es fácil, es más bien salvaje e interesante, por eso muchos han decidido quedarse al descubrir lo oculto entre tepuyes. Y otros se han alejado prometiendo guardar el secreto para preservar su magia. Solo en este lugar los dinosaurios y los humanos coexisten sin aniquilarse unos a otro. Aquí la selección natural no funciona como en el mundo que llamas real, el sueño ilusorio de traer a la vida a las grandes bestias que dominaron el planeta no existe.

 

 En mi mundo nunca se extinguieron, más bien se adaptaron, y aunque no conservan el tamaño que solían tener en sus años dorados, los dinos gigantescos de cuellos largos siguen siendo igual de impresiónate y los carnívoros igual de temibles, y por supuesto muchísimo más grande que cualquier animal gigante de tu mundo.  Todas las especies gigantes, grandes, medianas y pequeñas, fueron obligadas a adaptarse para sobrevivir a catástrofes, hambrunas, masacres y a la aparición de intrusos proveniente del exterior.

 

¿Pero en donde la vida es fácil? Creo que, ni en tu mundo ni en el mío, y de eso tengo un libro escrito pues he vivido en ambos. Se de primera mano que la convivencia entre humanos y animales legendarios es fatal y desgastante, pero el estrés producido por ruido de la civilización, lejos de la roca, puede ser tan jodido como ser engullido por un T-Rex. El sistema te come sin piedad hasta perder tu verdadera esencia, me fui convirtiendo en un zombi que no podía vivir sin una pantalla, no es que aquí no tengamos distracciones, pero debemos elegir entre tener los ojos sobre ellas o tener nuestros sentidos en alerta ante amenazas impredecible. 

 

Las ciudades, comparadas con las tuyas, son como grandes reservas naturales donde dinos herbívoros y humanos convivimos en armonía, rodeadas de grandes cercas y vigiladas sigilosamente por guardianes terrestre y aéreos que avisan de la llegada del algún carnívoro. Para que no pasen desgracias como la de hace cinco años, cuando una manada de deinonychus rompieron la cerca oeste para comerse a quien se interpusiera en su camino. Tardamos horas en ahuyentarlos a su habitad, días en reparar el desastre material, pero años en recuperarnos del trauma que supuso despedir a tantas vidas. 

 

Este mundo perdido es un territorio dividido imaginariamente en nueve regiones, según el clima y paisaje que existen en ellos, son tan diversos que uno no es igual que el otro, y entre las maravillas naturales que se encuentran en ella hay sietes ciudades construidas por humanos para protegernos y proteger a las criaturas más vulnerable que han convivido con nosotros desde épocas inmemoriales. A las afueras de la cerca viven también dinosaurios tan amigables como los que hay dentro, pero por su tamaño necesitan más espacio, y algunos humanos aventureros, sobre todo jóvenes temerarios, guardianes, mensajeros, jinetes y viajeros. 

 

Lejos de las ciudades es otra historia, los grandes predadores son los amo y señores de todo el territorio, viven sobre todo en sabanas y llanos extensos, cerca de las fuentes de agua y los paisajes con vegetación frondosa donde los herbívoros suelen pastar, o carnívoros más pequeños asechan y son asechados. Todos sabemos que a esos territorios es mejor no acercarse pues la muerte está asegurada. 

 

Cuando era niña escuchaba encantada la historia de cómo se formó este mundo, dicen los ancianos que hace millones de año los tepúyeses que nos rodean estaban divididos en dos grandes partes por el cruce de un rio, y a lo largo de las rocas macizas existían entradas por donde las criaturas corrían libremente entre tu mundo y el mío. Hasta que un día un estruendo aterrador sacudió la tierra obligando a ambos lados a unirse, en el proceso varias de esas entradas quedaron tapiadas por causa de varios derrumbes haciendo que quedara encapsulado en el tiempo, y protegido de las catástrofes que azotaron la tierra después del gran sacudón. 

 

Al principio solo eran dinosaurios los que existían, con el tiempo algunas especies aparecieron en las grandes planicies, y otras pequeñas se han colado por los pocos accesos de la roca y han proliferado. Cuando los primeros humanos llegaron, este mundo estaba más que adaptado por eso de forma consciente lograron mimetizarse con este ambiente, creando una civilización que al principio estaba abierta a recibir personas del exterior hasta que llegaron un grupo de exploradores carroñeros que movidos por la ambición pretendían llevarse a los pobres dinos para encerrarlos en grandes jaulas y usarlos como atracciones en circos y zoológicos.

La ultima parte de la historia, la comprendí al salir, pues más bien es narrada con criaturas devoradoras de mundos para que los niños no se pierdan buscando los túneles de piedras que llevan al exterior.

 

De niña pasaba todo el tiempo dentro de la cerca, hasta la llegada de Tlu, un quetzalcoatlus que se hizo mi amigo, después curar sus heridas al encontrarlo herido turbado al pie de la cerca. Al principio toda la comunidad enloqueció cuando me vieron con él entre mis brazos y más cuando se enteraron que recorría largas distancia en su espalda. Después se hizo una costumbre sentarme a relatarle a grandes y chicos; mis aventuras con Tlu. Describía los paisajes, los comportamientos de las criaturas que existían lejos de la cerca, y la sensación de volar entre algodones. Después de todo, muy pocos tenían el privilegio de tener un amigo que le permitiera volar en su espalda. 

 

En una de esas tantas aventuras Tlu fue arrastrado por una corriente de viento fuera de la fortaleza natural, desorientado volaba en circulo buscando el camino, no fue cuando descendió que diviso nuestro hogar a lo lejos, él lo reconoció al instante yo tarde unos minutos en procesar que esas gigantescas piedras eran los tepuyes y que sus cimas estaban ocultas tras esas nubes espesas.

 

 Pero lo que verdaderamente me enloqueció, fue sobrevolar por las afuera de lo que parecía una colosal ciudad super extraña, nada era conocido, durante unos pocos segundos pude ver lo que parecían humanos diminutos, criaturas pequeñas corriendo sobre el pasto, rectángulos con bases puntiagudas y planas que parecían casas con árboles a los lados, y artefactos extraños que se movían por caminos grises. Poco y nada pude distinguir, pues a mi amigo solo le basto dos aleteos para perder aquel mundo y llegar a casa.    

 

Después de contárselo a mis padres, y explicarme el peligro que representaba para la civilización que vieran a Trul, jure nunca sobrevolar fuera del cerco de árboles y lejos de los guardianes para que ninguna ráfaga desorientara a mi amigo, y lo descubrieran los seres tan horribles que querían destruirlo. Aunque mi juramento fue firme, y casi lo entrene para que no volara tan alto, de mi mente nunca salió la imagen del mundo exterior. 

 

Con el paso de los años mi curiosidad creció, empecé a preguntar de manera recurrentes a todos, tanto que para mis padres empezó a convertirse en un problema. Era un tema del que nadie quería hablar, con el tiempo me entere que fuera del muro había una pareja que venía del aquel lugar. Cuando los conocí me sorprendió lo jóvenes que eran, dada las historias, aunque eso me dio la libertad de preguntar sin restricciones, ellos se mostraron receptivos y me enseñaron todo lo que debía saber si algún día me animaba ir.  Hasta aprendí hablar y escribir en su lengua, pero me advirtieron que no era el lugar interesante que creía, más bien era cruel.

 

Por supuesto no les creí, a mi solo me interesaba la novedad, y mientras más me contaba mi obsesión crecía. Al cumplir los dieciséis, nada me parecía interesante, mis hermanos y muchos de mis amigos se habían ido a una ciudad nueva. Trul no me visitaba desde hacia mucho tiempo, nuestras aventuras fueron disminuyendo desde ser acogido por un grupo de quetzalcoatlu, que conoció en uno de nuestros viajes. Ese día supe que debía dejarlo ir, se veía tan feliz que en los viajes siguientes cuando pasábamos cerca lo anima a dirigirse a ese lugar. Con el tiempo empezó a perderse durante un día entero hasta dejar de visitarme.

 

Escondida de mis padres hui de casa con la idea que nada era como antes, para adentrarme en un mundo que me consumió poco a poco, hasta que me vi recluida en una sala de urgencia a causa de un ataque de pánico. Ese mismo día, en cuanto me firmaron el alta, emprendí la vuelta a casa, necesitaba alejarme del concreto, los celulares, el tráfico y la contaminación que pululaba en todos los ambientes. Quería ver de nuevo los edificios construidos entre los árboles, los bichitos que coexistían conmigo en mi casa, no soportaba la crueldad que ejercían alguno sobre la fauna, para mí era impensable asesinar una criatura a menos que fuese estrictamente necesario. 

 

Mi pueblo me habia enseñado que la única manera de sobrevivir era manteniendo el equilibrio, y eso significaba proteger a todos los que habitaban en nuestro hogar, extrañaba las carreteras de tierras por donde se paseaban libremente los dinos que vivían con nosotros, acariciarlos cuando tenían ganas y respetar su espacio cuando así lo preferían. Escuchar los rugidos de las grandes bestias, ver a mis padres, sentir de nuevo el pasto fresco sobre mis pies, y volver a ver a mi amigo alado. 

 

Cuando por fin llegue a la colosal pared de roca, la geografía habia cambiado y como no encontraba la entrada que marcaba el mapa, decidí en mi locura escalarla para ver si en algún punto encontraba una brecha que me permitiría atravesarla. No sé cuánto pude escalar ni cuanto tiempo empleé. Lo único que recuerdo es un cansancio arrollador y la sensación del viento en caída libre. Y despertar días después en la casa que me vio nacer.

 

De eso hace un tiempo, ese día Trul salvo mi vida y mis padres con lagrimas en sus ojos recibieron a la ingrata que se fue sin despedirse. Según ellos, mi amigo me trajo a casa moribunda en medio de un chillido desesperado, como si alertara de un peligro. Todos salieron al ver que era el, cuando se dieron cuenta que alguien se escurría sobre su lomo, corrieron a socorrerle. Me alzaron en brazo, y limpiaron mis heridas.

Ahora estoy donde siempre pertenecí, en mi mundo salvaje pero gentil, escribiendo algunos recuerdos antes que desaparezcan de mi memoria. Mi amigo se ha despertado ya no somos los jóvenes de antes, pero eso no quiere decir que aun no nos queden aventuras por vivir.  Me monto en su espalda rogando a Dios que este pequeño mundo permanezca imperturbable.

 


Para que no queden dudas informo:

Todas las imágenes cargadas en el articulo son ilustrativas, ninguna de mi autoría, fueron generadas con Chat Gpt e inspiradas en la historia que escribí y con el estilo de animación de Studios Ghibil.


 

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