Abismo negro

Suspenso

La chica se conocía la ciudad como la palma de su mano y desde pequeña era muy buena orientándose, sin embargo, por primera vez no tenía idea de donde se encontraba. Trató durante un buen rato de percibir algún sonido o aroma que pudiera indicarle el lugar de aquella urbe donde se encontraba; pero resultó inútil. Lo peor es que con aquella permanente y absoluta oscuridad ni siquiera sabía el momento del día en que se encontraba o cuantos días habían pasado desde que ese cerdo inmundo la había capturado y encerrado allí.

 

Le había dejado como recuerdo uno de sus juguetitos, un lazo de estática que apretaba aún más sus muñecas al menor esfuerzo por desatarse, por lo cual debía ser sumamente cuidadosa con sus movimientos si no quería perder sus manos. Debía admitir que era un tipo listo; listo y sexy, o al menos así se lo imaginaba ella en aquel momento, bajo ese ridículo traje. Demonios ¿No se ahogaría en su propia transpiración yendo a dondequiera enfundado en esa cosa? ¿No sudaría y apestaría horrible, sobretodo en sus partes? 

 

El crujido de una puerta en la distancia y el sonido de pasos, la sacaron bruscamente de sus pensamientos, justo en el momento en que estaba desnudando a aquel tipo en su mente, curiosa acerca de su identidad y su encanto.

 

Tras unos cuantos minutos que le parecieron eternos, lo intuyò frente a ella; se veía forzada a admitir que la parsimonia de ese hombre desataba en ella una tensión casi animal, como de rata acorralada o… ¿En celo tal vez?

 

Hiperventilaba un poco, pero lo disimuló lo mejor que pudo.

 

- ¿Qué tal vas? Esta vez estás de suerte, comerás el mejor teriyaki de tu vida.

 

- ¡Vete al infierno! - le espetó ella.

 

- Supongo que en tu idioma eso es un gracias- le escuchó responder sin apenas variar la inflexión de su voz.

 

¡Diablos! ¿Cómo podía ser aquel sujeto tan imperturbable? Claro, era muy fácil para él, ya que era el captor. Aún así, era increíble que no mostrara ninguna sensación, ni siquiera la satisfacción de tenerla cautiva.

 

Seguía intentando a toda costa ver algo allí, pero por más que se esforzaba no lo conseguía. ÉL parecía moverse con naturalidad allí, sin embargo, ella no tenía el menor interés en saber cómo lo conseguía.

 

Lo escuchó sacar algo de una bolsa, probablemente las bandejas de teriyaki que anunció que traía.

 

Las muñecas le escocían horriblemente, tenía las extremidades entumecidas y le dolía la cabeza de tratar de enfocar su vista, pero primero sucumbía allí mismo, antes que pedirle concesiones a aquel sujeto.

 

- ¿Sabes? No entiendo muy bien tu alias- le escuchó comentar casualmente- ¿Se supone que eres la reina de la moto o algo así?

 

- ¿Qué te importa?

 

Le escuchó dar algunos pasos a su alrededor.

 

- De seguro te estarás preguntando cómo puedo desenvolverme aquí con tanta soltura, al contrario de ti- aventuró- Pero tu orgullo te impide abordarme sobre eso.

 

¿Realmente ese sujeto era tan observador e intuitivo o era en cambio ella tan transparente?

 

- Tú y el idiota de tu amante creen conocer la oscuridad- lo escuchó decir justo frente a su cara, pudiendo sentir su aliento caliente en sus mejillas- Pero en realidad no tienen idea…yo habito en las sombras, procedo de ellas, delante de mi ustedes son solo niños exploradores…ya me estoy cansando de estos jueguitos del gato y el ratón: te tendré aquí lo suficiente hasta que venga por ti ese mamarracho y así podré eliminarlos de una vez por todas a los dos.

 

Un escupitajo voló desde su boca en ese momento, ella intuyó que aterrizó en su cara.

 

- Eso suena muy malévolo viniendo de un héroe…creo que eres algo hipócrita…- le expresó con sorna y desprecio.

 

Él le sostuvo la cara con tanta fuerza y violencia que casi la desnuca, las púas de su guante sintético dejaban dolorosas marcas en su mejilla.

 

- Y esa es justo la respuesta de basura como ustedes - espetó tan cerca de su cara que casi le pareció adivinar sus facciones- efectivamente solo soy un héroe para quienes se lo merecen, pero para ustedes soy y espero seguir siendo el mayor bastardo que hayan conocido, su peor pesadilla, quien los haga manchar sus calzones.

 

La soltó de la cara, pero continuaba con la suya cerca.

 

Le pareció captar el sonido del mar, trató de seguir agudizando su sentido de orientación.

 

- Debes ya saber a estas alturas que mis padres murieron a manos de dos escorias de tu calaña…desde entonces me he jurado a mi mismo limpiar la ciudad de toda esta m… que ustedes representan - hizo una pausa apenas lo suficientemente larga para tragar saliva- Ya acepté desde hace mucho que este sería un camino solitario y vacío para mi y me da igual eso y toda la m… que me tiren encima con tal de aniquilarlos a ustedes hasta el último cabello.

 

- Eres un jodido hipócrita ¿Lo Sabías?- le escupió con virulencia- Lo que buscas no es justicia, es venganza…

 

Se hizo nuevamente un silencio profundo. ¿Estaría reflexionando en sus palabras? Se preguntó. 

 

- En tanto la ciudad esté libre de sus crímenes, mis motivaciones son lo que menos importa.

 

Esta vez fue ella quien permaneció un rato en silencio ¡Maldito enmascarado! No bastaba con no poder vencerlo físicamente, tampoco lograba quebrar su moral.

 

Le seguían escociendo horriblemente las muñecas y tenía las rodillas casi entumecidas, pero perecería allí antes que pedirle clemencia a aquel imbécil.

 

Intentaría con otro enfoque. 

 

- ¿Sabías que el banco que nos impediste asaltar la semana pasada está financiando la guerrilla en Siria, donde mueren a diario más de cien personas, incluyendo bebes, niños y ancianos?- inquirió- lo único que conseguiste impidiéndonos quebrarlo fue que continúen las injusticias allí de la mano de ellos.

 

Una bofetada sonó fuertemente en su rostro, sintió de manera tardía el escozor del lo que sea que fuera ese material sintético de sus guantes.Con el rostro volteado se pregunto si sangraba, sentía un hilillo correr desde la comisura derecha.

 

- A ti te importan tan poco esos civiles sirios como a mi las inútiles vidas de ustedes; no señales injusticias de otros solo para legitimar los crímenes de ustedes dos, lo único que consigues es que te pierda el poco respeto que aún te tengo.

 

- Esta vez eres tú quien se está distrayendo con mis motivaciones y olvidando el problema de fondo- señalo ella, sin ninguna inflexión en su voz que indicara dolor, no iba a darle esa satisfacción- aún proviniendo de labios profanos, la verdad sigue siendo la misma,

 

- Sin importar sus convicciones morales o su filiación política, los ahorrantes del banco no tienen nada que ver con lo que esté pasando en Oriente Medio- se escuchó su voz nuevamente reposada- Mi prioridad son los habitantes de esta ciudad, del resto del mundo que se encarguen otros. Por supuesto que soy consciente de a qué se dedica ese sujeto, pero la quiebra de su banco afectaría más a los miles de ahorrantes que a él. Por supuesto, no espero que TÚ entiendas esto…sería demasiado pedir.

 

La carcajada de ella rompió el silencio, una risa que a él le resultaba tan molesta como cristales quebrándose.

 

- Los habitantes de esta ciudad- repitió con sorna- ¿En realidad eres tan ingenuo de creer que ellos te ven de manera diferente a mi, a mi cielito lindo o a cualquiera de nosotros? Nunca serás uno más de ellos, tú eres el único que aún no lo ve.

 

Volvió a hacerse un incómodo silencio. 

 

El enmascarado entonces hizo algo que nadie hubiera pensado: pulsó un botón en un pequeño mando electrónico en su cinturón y las esposas de la chica se liberaron. 

 

- Vete ya con el cerdo de tu novio- le ordenó- Intenta algo más y verás cuan peor que ustedes soy.

 

Él activó un mando y una luz tenue iluminó aquel espacio, ante sus ojos aparecieron las pedregosas márgenes de una caverna, aunque extrañamente no tenía estalactitas; quizás no era lo suficientemente húmedo allí. De todas formas era una caverna, lo intuyó desde el principio.

 

Tenía los músculos tan entumecidos, que no logró ponerse de pie las primeras dos veces que lo intentó. Era casi como los primeros pasos de un bebé.

 

Al cruzar junto a él, aún con paso torpe, se vio por un momento tentada a desoir su advertencia, pero se detuvo a tiempo. Nunca lo había visto tan de cerca, y debía admitir que era más imponente aún de lo que imaginaba, sin hablar de sus reflejos y de todos los juguetes de los que iba equipado; tanto como para comprender que se encontraba en desventaja y entumecida, aún con todo su entrenamiento en pelea y todos los tipos a los que había vencido hasta ahora.

 

Sin embargo, a lo que no pudo resistirse fue a hablarle por última vez, cuando ya se encontraba fuera de su alcance. 

 

- Ni te quieren los que proteges, ni nosotros en nuestras filas y para colmo no tienes a nadie que te ame y te acepte tal cual eres, estas aún más solo que nosotros ¡Que patético!

 

Lo siguiente que alcanzó a escuchar casi le hiela la sangre, a pesar de su fingida compostura.

 

- Recuerda que te dije que aparte de nuestras prioridades no hay ninguna diferencia entre nosotros, quédate un segundo más sin traspasar ese umbral frente al cual estás y te aseguro que no vivirás lo suficiente para retornar con ese payaso con el que te revuelcas…- todo aquello lo dijo pausadamente, sin la menor inflexión en su voz.

 

- Ah, por cierto- añadió- asegúrate bien de que sepa que te mantuve cautiva por si tiene el valor de venir a confrontarme, si no se lo dices tú lo hago yo; así comprobamos la solidez de su “relación”.

 

Lo vio en penumbras haciendo comillas con los dedos.

 

La chica salió de allí lo más rápido que pudo, atravesando un pasillo totalmente iluminado, en franco contraste con el lugar donde se encontraba. Una caverna natural a la cual se accedía por medio de un pasillo, solo a él se le ocurriría aquello. Dios, ese sujeto era un pozo negro, no quedaba nada de empatía en él; era un monstruo aún para los estándares de delincuentes como ellos.

 

Aún en el mismo lugar, él oprimió un botón del mando y las penumbras dieron lugar a la luz, mostrando una habitación tan blanca y estéril como el vacío mismo.

 

Se abrió una compuerta lateral y tras ella apareció su fiel  mayordomo.

 

- ¿Que tal vas?- lo saludo- ¿Quieres un poco de Teriyaki?

 

Había empezado a comer directamente de la bandeja.

 

- No creo, demasiado jengibre para mi gusto.

 

Los dos hombres salieron de allí atravesando la misma compuerta, entrando de este modo a una confortable habitación con muebles mullidos, candelabros, cortinas de raso y pesados óleos colgando de las paredes. 

 

El mayordomo haló lo que parecía un simple candelabro más en la pared y la compuerta se cerró, apareciendo ante sus ojos nuevamente un estante con libros.

 

Él ocupó uno de los sillones de orejas.

 

- ¿Qué tal la experiencia con su sujeto de prueba?

 

Resulta que aquella no era una habitación ordinaria, sino un espacio que emitía ondas de alta frecuencia, las cuales producían alucinaciones audiovisuales y táctiles.

 

- Me parece que no sospechó nada…les diremos que pueden seguir trabajando en este proyecto.

 

Tomó un muslo de la bolsa y comenzó  comerlo.

 

- Recuerde no dejar manchas de grasa, son muy incómodas de quitar.

 

- ¡Ya empiezas con tus restricciones! -protestó- Nunca me dejas desestresarme.

 

- ¿En serio, señor?- inquirió con ironía- ¿Prefiere jugo o té?

 

Se relamió los restos de teriyaki.

 

- Jugo de durazno- pidió.

 

- Vuelvo en unos minutos, traeré jugo y una bandeja para eso- comentó señalando el teriyaki- no quiero que haga un desastre.

 

- ¡Vamos, no seas tan rezongón!

 

El mayordomo se dirigió a la cocina, volviéndose de repente antes de trasponer el umbral.

 

- ¿En serio lo hubiera hecho de haber tenido la oportunidad?

 

Él suspiro hondamente.

 

- No, no lo haría- negó- Y no porque me crea mejor que ellos, sino porque un enemigo en común es necesario para mantener la unión entre las personas y de no haberlos esta ciudad se sumiría en el caos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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