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Ficción históricaSi alguien me preguntara en este momento si siento miedo, honestamente no sabría que contestarle, pero la respuesta que llegaría a mis labios de manera instintiva sería que de ningún modo. Salimos de nuestras casas, todos llegamos aquí a la fuerza, pero muchos de nosotros nos engañamos a nosotros mismos afirmando que en realidad queríamos venir.
La lluvia de balas que nos recibe es tan intensa, que aún no llegamos a desembarcar y ya tenemos bajas. A un irlandés timorato cercano a mi posición y que sostenía un rosario junto a su arma, le alcanzó una bala en la barbilla, destrozándole todo el maxilar y saliendo por su nuca. Lo vi rodar por la borda con sus ojos desencajados y sumarse a la prematura ola de cuerpos que ya se había originado. Ahora no solo es el añil que nos rodea, también es el rojo carmesí.
Avanzo junto a mis compañeros, yo cuido sus espaldas, ellos cuidan las mías; en mi mente se amontonan los recuerdos: mi chica, la última despedida en una polvorienta estación, con un beso abortado a través de la ventanilla, el césped de mi casa materna…¿Será cierto que todos nosotros, que toda nuestra vida se reduce solo a un momento? ¿Qué vivimos para ese instante? Si es así, no quiero pensar que fue solamente para esto que me estuve reservando siempre.
Nuestro comandante acaba de dar la señal, caminamos con pies de plomo; el hedor, mezcla de sangre, pólvora y vómito se hace cada vez más concreto, más patente; a parte de mareado por este tufo, me siento pesado con todos mis pertrechos. Mi corazón late en mi boca, pero al salir de aquí, seguro dirán que en ningún momento sentí angustia.Mi compañero, Salinger, vomita, yo lo sostengo del brazo y la cintura. Nos dijeron que nos concentráramos solo en avanzar, que acciones como esa nos convertían a ambos en un blanco fácil ¡pamplinas!, nos quieren quitar incluso el derecho a decidir por qué o por quién vivir, por qué o por quién despedirnos.
¿Quién le ha dado a estos tiranuelos, vengan de donde vengan, el derecho de enfrentarnos los unos contra los otros? ¿Hasta cuándo seguiremos presa de sus ansias, de cada palabra que pronuncian y más aún de las que callan? ¿Hasta cuándo seguiremos haciendo depender nuestros destinos de sus caprichos y sus desmanes? Por más que nos encumbremos unos frente a otros, todos somos iguales en la parca, el problema es que solamente nosotros lo comprobamos. Las medallas son para ellos, el polvo, para nosotros.
Cuando los destinos de dos seres humanos se entrelazan por medio de un arma de fuego ¿Quién de nosotros no quisiera ser el que esté del lado de la culata? Allí, en medio de las olas, de aquella marea roja, Salinger no tuvo esa fortuna: aún en mis brazos, mi compañero comprobó definitivamente que la vida era roja y se le escapaba a raudales en ese momento…
Del diario del soldado Henry Donovan
6 de junio de 1944
Costas de Normandía




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