Esperando a Margot
Cuento-¿Es Margot?
-Sí. Pero como dobló en la esquina, no.
-¿Qué pasa en la esquina?
-Doblan los que no son Margot. No tienen porqué detenerse.
Margot va a venir, piensa el señor Castelman. No tarda en llegar. Esto lo dice. A nadie, pero lo dice. Camina ahora por el living. Va de nuevo hacia la ventana y se asoma. ¿Es Margot? pregunta el otro. No ve de lejos Castelman. Más bien, no distingue de lejos. Ve sombras. La sombra de Margot, que al final no era Margot, dobla en la esquina y se pierde entre otras sombras.
El señor Castelman espera a Margot desde hace tiempo. El otro también, pero sin comprender la importancia de que finalmente llegue Margot.
A veces se olvida el señor Castelman y el otro entonces también se olvida. Y juegan al ajedrez. Cuando en una partida uno de los dos juega la variante Makarychev en la apertura Giuoco Piano, el sacrificio del noveno movimiento de las negras recuerda a Castelman una rosa empetrolada en la costa sur de Dalmacia, donde nunca estuvo, y esto, a Margot. Siente culpa por el olvido y el otro aprovecha el momento de debilidad y gana la partida. Pero, como dije, sucede sólo a veces.
-Va a llover, es inevitable e impostergable, dice el otro, mientras mira hacia afuera por la ventana.
El señor Castelman no entiende por qué el otro dice lo que dijo. No entiende qué hace ni por qué se queda. Pero no lo echa. Prefiere esperar acompañado.
-Va a llover, repite el otro y llora.
-¿Querés comer? pregunta Castelman.
-No tiene mucho sentido.
Margot va a venir, piensa Castelman, y vamos a comprender los motivos.
Llueve.
El otro tenía razón.
Podríamos escribir bastante acerca del señor Castelman esperando a Margot, pero el otro entorpece el relato. Sus interrupciones, acertadas o no, lentifican las acciones.
No hacen nada.
-¿Es Margot? ¿Margot es? Pregunta Castelman o el otro.
-¿Qué? Pregunta el otro o Castelman.
-Nada. ¿Jugamos? Responden y preguntan.
Me acerco a la ventana. Miro. ¿Cuál de todas esas sombras será? En la esquina veo sobre el asfalto una mancha negra que crece, o da la sensación de crecimiento; tal vez sólo se mueva. El cielo, encapotado. El tiempo se percibe de una forma extraña, las cosas que se ven desde acá cambian pero con lógica cíclica: en algún punto regresan a su estado original. Me doy vuelta y veo al señor Castelman sentado en un sillón, escribiendo un cuaderno. Solo. El otro no está. Se fue, pero me pregunta si hace mucho que espero a Margot. Esto no tiene sentido.
-No tiene sentido, dice el señor Castelman.
-No, digo yo. ¿Jugamos? pregunto.
El otro no está. Escribe que esperamos a Margot.




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