LA CASA - CON PERETTI & CÉSAR TRONCOSO
Reseñas generalesHay películas que hablan de una casa como un espacio físico y otras que consiguen convertirla en algo mucho más grande. La casa, de Gustavo Triviño, pertenece a este segundo grupo. Lo que comienza como la historia de un hombre que pierde su trabajo termina convirtiéndose en un relato cada vez más oscuro sobre la desesperación, el orgullo, la soledad y el miedo a quedarse sin nada cuando la vida que uno construyó durante años empieza a desmoronarse.
Hugo, interpretado por Diego Peretti, tiene 57 años y lleva una vida aparentemente estable hasta que una serie de circunstancias lo deja fuera del mercado laboral. De un momento para otro, aquello que parecía seguro deja de serlo: el trabajo desaparece, los ahorros comienzan a agotarse y las oportunidades parecen cada vez más lejanas. Las entrevistas laborales, lejos de representar una posibilidad concreta de empezar de nuevo, se convierten en otra forma de recordarle que, para el sistema, su experiencia ya no parece tener demasiado valor.
Y es justamente ahí donde La casa encuentra uno de sus puntos más fuertes. Sin necesidad de convertir el relato en un discurso explícito, la película expone una realidad profundamente reconocible: lo difícil que puede ser para una persona mayor volver a insertarse laboralmente, especialmente cuando no cuenta con estudios o herramientas que le permitan reinventarse. Hugo no solamente pierde un empleo; pierde también buena parte de la seguridad y del lugar que creía ocupar en el mundo.
En medio de ese panorama aparece la casa. Una propiedad demasiado grande para alguien que ya no puede sostenerla, pero que para Hugo representa muchísimo más que cuatro paredes. Es la casa que siempre soñó tener y, además, está atravesada por recuerdos de su infancia y por elementos ligados a su propia familia. Venderla significaría obtener una solución económica, pero también desprenderse de algo que tiene para él un enorme valor sentimental.
Por eso, la casa funciona como mucho más que el escenario de la película: es también una representación del propio Hugo. Cuando todo lo demás empieza a desaparecer, él se aferra a ella con una intensidad que puede resultar irracional, pero que emocionalmente se entiende. Ya no está defendiendo solamente una propiedad; está defendiendo lo poco que siente que todavía le pertenece.
Y esa desesperación es la que comienza a llevarlo por caminos cada vez más complejos. La película muestra hasta dónde puede llegar una persona cuando siente que su estabilidad se encuentra en riesgo y que las alternativas para recuperar el control de su vida son cada vez menos.
También aparece una dimensión muy humana alrededor del orgullo y la vulnerabilidad. Hay algo particularmente doloroso en tener que aceptar que aquello que durante años parecía garantizado puede desaparecer de un momento para otro. La casa explora esa sensación sin convertir a Hugo en una víctima perfecta: es un hombre que se equivoca, que toma decisiones impulsivas y que intenta encontrar una salida aun cuando sus posibilidades parecen agotarse.
A partir de allí, la película empieza a cambiar progresivamente de registro. Lo que inicialmente parece un drama social sobre la pérdida del empleo y el desamparo se transforma en una historia mucho más incómoda, con elementos de humor negro, misterio y tensión. Hay situaciones que provocan una risa nerviosa más que una carcajada, justamente porque detrás de lo absurdo siempre existe algo bastante perturbador.
Ese equilibrio entre lo dramático y lo extraño funciona especialmente bien gracias a sus personajes y grandes actuaciones. César Troncoso se destaca con una interpretación excelente; su presencia transmite permanentemente la sensación de que hay algo que no estamos viendo, de que su personaje sabe más de lo que está dispuesto a contar.
También merece una mención especial Marta Lubos, que consigue construir momentos realmente inquietantes. Hay algo en sus gestos y, particularmente, en la manera en que su expresión puede cambiar de un instante a otro, que genera una sensación de incomodidad muy efectiva.
Diego Peretti, por su parte, sostiene la película desde un registro contenido. Hugo no es presentado como un héroe ni como una víctima perfecta. Se equivoca, se desespera, actúa impulsivamente y en ocasiones toma decisiones difíciles de justificar. Pero justamente por eso resulta creíble. La película no necesita que estemos de acuerdo con él todo el tiempo; necesita que podamos comprender por qué llegó hasta ese punto.
Otro de los aciertos de Triviño es su capacidad para modificar el tono de la historia sin perder de vista el conflicto inicial. La casa puede pasar del drama laboral al humor negro y de allí a momentos de auténtica tensión, haciendo que aquello que parecía ser simplemente la historia de un hombre intentando conservar lo que tiene termine adquiriendo una dimensión mucho más oscura.
A nivel general, la película consigue mantener el interés y construir una atmósfera cada vez más incómoda. Los momentos de humor negro funcionan además como pequeños respiros dentro de una historia que, por debajo, siempre conserva una enorme carga emocional.
Y cuando llega el final, la película deja una sensación profundamente desoladora. Sin necesidad de revelar qué sucede, hay una escena especialmente sombría que funciona como cierre de todo lo que se fue construyendo anteriormente y que deja una imagen difícil de olvidar.
La casa puede tener algunos momentos más exagerados que otros, pero su mayor virtud está en conseguir que una historia aparentemente sencilla termine hablando de algo mucho más profundo: del miedo a envejecer en un mundo que parece no tener lugar para uno, de la vulnerabilidad que aparece cuando la estabilidad desaparece y de la desesperación que puede llevar a una persona a aferrarse a lo único que todavía siente suyo.
Y quizás ahí esté el verdadero corazón de la película: en entender que, cuando todo comienza a derrumbarse, a veces aquello que defendemos con más fuerza no es solamente lo que tenemos, sino lo que representa todo lo que alguna vez fuimos.








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