ISLANDIA: AISLARSE PARA ENCONTRARSE
Conocimiento cinematográficoISLANDIA, película documental co-escrita y dirigida por Leandro Cerro, nos lleva a la lejana isla europea de la mano de una historia bastante íntima, tanto en contenido como en ejecución, en donde, a través de su viaje por distintos festivales y áreas naturales del país nórdio, la relación simbiótica entre los lugareños, la naturaleza y su música, vemos cómo el director lidia con el duelo después de la muerte de su padre en una peregrinación que lo llevará a enfrentar su pasado y aquello que ocultaba de una manera que solo el arte puede expresar lo que las palabras y las acciones no pueden.

La película inicia de manera directa. Leandro acaba de ser informado de que su padre había muerto tras varios años de alcoholismo y un accidente cardio vascular. De pronto, recibe una cantidad de dinero considerable ya que su padre estaba en una lucha legal en Francia con una constructora y el jurado falló a favor de su padre. Con ese dinero, tras meditarlo mucho, decide ir a Islandia bajo la excusa de entrevistar a varias bandas y personalidades que admiraba desde su niñez, sobre todo SIGUR RÓS; banda de rock experimental que conoció al escuchar una de sus canciones como tema de créditos finales de una película de Tom Cruise (Vanilla Sky, 2001). Pero la película va más allá de eso, porque la excusa va cambiando dependiendo de la persona que decide entrevistar, y es aquí en dónde están los tres pilares que sostienen este relato.
En el apartado visual tenemos algo poco convencional a la hora de filmar un documental.
Siendo una ópera prima, el director ha tenido muy pocos recursos para poder filmarlo ya que solo contaba con una cámara digital, una libreta y el uso de la voz en off para poder explicar, en ocasiones de manera casi poéticas, las situaciones en las que se encontraba mientras recorría todo el país montañoso a su vez que va desgranando las situaciones de su pasado que le constaba a aceptar o procesar por la incomodidad que le producía recordar.
Lo que pudo haber sido un desastre, transforma la cinta en un proyecto muy honesto ya que se sirve de las imperfecciones y la crudeza de las imágenes, hablando en términos de luz, sonido y movimientos de cámara, para generar al espectador la sensación de ser parte de esta aventura que nunca te saca de la inmersión. Diría que dichas imperfecciones potencia la experiencia a tal punto de que, si otro director la hubiese dirigido, sería algo más del montón.
De ahí que la cámara casi nunca está quieta. Por más de la primera mitad de la historia, los planos, en su mayoría, tienen zooms, barridos o cierta inestabilidad debido a que Leo siempre está caminando sobre terreno irregular o está dentro de un auto. Estos se empiezan a estabilizar entrado a los momentos en los que está en los festivales, con movimientos más suaves y estáticos.
Esto ocurre porque siempre estamos en una vista subjetiva, Leandro aparece muy poco, a excepción de pequeñas apariciones en fotografías o cuando los propios lugareños lo están filmando, todo lo vemos desde su perspectiva, a la altura de sus ojos, dando el verdadero protagonismo a la cultura del país y los relatos de aquellos que lograron entrar al corte final; al término de la grabación, tenía más de 400 horas de material por editar.
Además, el segundo mayor acierto que tiene la película a nivel técnico, es la voz en off. La voz de Leo aparece en momentos clave para entender lo que está pasando, tanto dentro de La escena como en su cabeza, para darnos el contexto completo por lo que está atravesando. No agobia y siempre dice lo justo y necesario para que sea el país y sus habitantes los que muestren y expliquen de mejor manera los temas a tratar.
Sumando al sonido directo de la cámara, ya que no contaba con un micrófono, es lo más parecido a lo que nosotros experimentamos en nuestra vida diaria: siempre rodeados de sonidos e imagen mientras conversamos con nosotros mismos o sumergidos en nuestros recuerdos estando ausentes en el presente.

¿Que se encuentran en estos relatos?
Por parte de los Islandeses, son estos quienes le enseñan la relación entre naturaleza y su estilo de concebir la música; ellos no solo ven melodías, sino significados que ellos pueden usar para transmitir una pequeña porción de los que los hacen ser y generar una visión más amplia de un mismo sonido, de ahí que ellos creen que su música es distinta al resto del mundo, que la hace ser más auténtica, porque no compite con otros géneros o artistas, es la expresión pura del alma de compositor.
Esto conecta con la vida de Leandro de manera directa. En los primeros minutos de la película, explica que está haciendo un corto documental relacionado a la música; junto con su padre, aficionado a la fotografía y al tango, pasaba horas viendo filmes y escuchando vinilos en el living, siendo los recuerdos más nostálgicos que tiene nuestro director antes de que la vidas de su padre diera un giro a la tragedia derivado a la ludopatía y el posterior divorcio de su esposa. Aplicando ambos mundos como método terapéutico sin siquiera saberlo.
En el primer acto, aprendemos que todos, o casi todos, en la isla son músicos o tienen nociones de música. A ellos se les enseña tocar un instrumento, cantar y componer desde el jardín de infantes cómo método de preservación de su cultura que está muy arraigada a las melodías. Los primeros islandeses usaban la música para exponer sus sentimientos y/o pensamientos a través de un estilo lírico donde se le da una identidad a aquello que les llamó la atención (señor árbol, el vecino sol, la gruñona tormenta, por dar un ejemplo).
En psicología, sobre todo la impartida por Carl Jung, la música se usa para proyectar todo aquello que no entendemos a fin de dominarlo y sentirnos cómodos; o nos hace más digerible la acepción de una realidad. Y es lo que este apartado hace mientras avanzamos: Pasamos por los sonidos naturales hostil e implacable que se relaciona con el estado anímico de Leo por la agitación que el dolor le dejó en su mundo interior.
Progresivamente, pasamos a los sonidos de instrumentos dispersos, sin conexión aparente, pero que cada uno suscita un recuerdo alegre de su infancia. Esto se interrumpe con el metal, dónde descubrimos el pasado oscuro del padre de Leo y cómo resultó su muerte. Como dato de color: debido a las altas tasas de suicidio y la soledad extrema con la que convivien los islandeses, el metal es el género más predominante del país a manera de expresión de sus sentimientos más crudos y profundos; irónicamente, también es de los países más alegres en varias estadísticas, por lo que la dicotomía hace ver a Islanda no solo como un territorio aislado, sino como una extensión más del ciudadano.
Y luego, el silencio, traído por caminatas largas, cuevas oscuras y casas solitarias. Aquí las emociones y pensamientos tienen un momento de respiro, un descanso tras un viaje algo intrépido al interior de una vida acelerada.

Volviendo a las entrevistas, por parte de los extranjeros, esto toma otro rumbo. Para ellos, Islandia representa el lugar en donde pueden ser ellos mismos, el sitio al cuál creen pertenecer. Muchos llegaron como parte de programas de intercambio de estudios, pasantías o trabajos y decidieron cambiar su estilo de vida al hallar el significado que los motivaba a despertar y que no encontraban en sus rutinas.
Ingenieros que ahora son granjeros, técnicos que se dedican a las manualidades, científicos que organizan recorridos por las zonas naturales más emblemáticas, y ocultas, del país. Lo más llamativo es que todos tienen algún conflicto personal con su figura paterna y como eso influyó en las decisiones que tomaron, haciendo de la isla el canal que los ayudó a reconocer su lugar en la existencia.
Leo toma estás experiencias con mucho cuidado y sensibilidad y las relaciona con su con su propio padre, donde vemos que, a pesar del dolor, lo amaba y aprendió mucho de la vida, incluso con su ausencia. Cada alma captada por su cámara, proyecta un área que parecía perdida o negaba de sí mismo y que logra reconocerlo de una manera que otros métodos hubieran sido infructuosos o dejarían de lado algo importante que, para nosotros, no tendría tanto sentido. Ejemplo, las veces en que Leo y su padre escuchaban música sin decir nada, dejando que esta hablara por ellos. Esta cercanía se logra mediante la exposición de los fallos humanos que todas las personas tendemos a esconder: pausas incómodas, movimientos corporales que se pueden editar, muletillas.
Esto revela lo cercanos que somos cada persona en el mundo, por más diferencias culturales que tengamos, y que todos tenemos algo que compartir, pero son las vicisitudes de la vida o la propia rutina lo que nos impide abrirnos y llegar a comprender lo que estamos atravesando, siendo el otro el medio por el cual hallar ese alivio o compañía que necesitábamos. De esta manera, vemos el progreso emocional de Leandro y cómo, de a poco, deja a un lado su dolor para dar paso al luto y aceptación de su realidad. Algo que nos puede ayudar también y dejar un poco el miedo del qué dirán, porque el roce con otro nos desprende de nosotros mismos y la empatía toma control por sobre el egocentrismo.
En resumidas cuentas. Para ellos, Islandia representó un intento de escape de su propio ser, pero lograron encontrarse al verse en las heridas y virtudes de los demás. Algo que Leo también experimenta y se refleja en la iluminación.
Al principio, la niebla, la lluvia y la ausencia de sol nos mete de lleno en la melancolía, la tristeza silenciosa, por la que pasa Leo la mayor parte del tiempo. Incluso en momentos donde algo inesperado y gracioso ocurre, no opaca esa pequeña impresión en el pecho que genera incomodidad. Mientras avanza la aventura y expia aquello que no lograba entender a través de la interacción de las distintas personas con las que se abren y explora su alma, las nubes comienzan a apartarse, dando lugar a débiles y tímidos rayos de sol que nos relajan y liberan, terminando con un plano del cielo nocturno revestido por la aurora boreal, donde antes la oscuridad devoraba casi toda la pantalla; marcando la salida de Leo del pozo en el que encontraba.

Todo esto converge en el paisaje tempestuoso, lluvioso, gélido y pacífico de Islandia.
Al no contar con un transporte o lugar fijo, Leandro se ve obligado a vivir en carpas y moverse apelando a la buena voluntad de los extraños, pidiendo aventones o favores. Este ir y venir nos genera el sentimiento de estar perdidos, porque, incluso, aunque Leo pregunté hacia a dónde va, el silencio impera o bromean con él. Hay mucha exploración de montañas, estructuras abandonadas y volcanes inactivos, dando lugar a conversaciones íntimas en dónde la presencia de miradas ajenas aplicarían cualquier intento de interacciones y es en estos momentos, los que llamó desiertos, en dónde afloran la vulnerabilidad, delicadeza y sombras que cada uno guarda. El aislamiento hace más llevadero el lidiar con uno mismo al no tener a otro con quién hablar. Cada interacción, de manera inconsciente, es una plática entre el director y una parte de su vida, y, tal vez, de nosotros mismos como audiencia.
ISLANDIA, más que un documental, es una exploración bastante cercana, íntima y bien ejecutada de un alma que intentaba desaparecer, pero que logró encontrarse en la mirada y palabras de otros que intentaban hacer lo mismo. A través de sus imperfecciones técnicas, se logra potenciar a plenitud aquello oculto que solo el arte puede traer a la realidad y que una imagen pulida o un sonido de calidad pudo haber opacado o desechado. Es una experiencia que toca algo que ignorábamos o no sabíamos que teníamos y que solo sale a luz con algo tan simple como preguntar, “¿a qué te dedicas?” O “¿cómo estuvo tu día?”.













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