Una carta de amor argentino al giallo italiano, te va a gustar más que cualquier superproducción de terror de hollywood
Reseñas generales
Estamos malacostumbrados a que el cine de misterio y asesinatos sea sinónimo de sustos fáciles de sobresalto, efectos digitales de última generación y giros de guion explicados a regañadientes. Nos metieron en la cabeza que para sostener la tensión de una investigación criminal hace falta un despliegue de millones de dólares y un ritmo frenético. Pero entonces llega el cine independiente argentino, con su virtuosismo para la artesanía y el amor puro al género, y nos demuestra que lo único que realmente necesitás para armar un gran thriller sangriento es una estética hipnótica, una paleta de colores saturados y un misterio impregnado del aroma del cine de culto de los años 70 y 80.
Eso es, en esencia, Abrakadabra, el brillante cierre de la trilogía giallo de los hermanos Luciano y Nicolás Onetti. Tras afilar las tijeras de montaje y la cámara en joyas de culto como Sonno Profundo y Francesca, los Onetti entregan su propuesta más sólida: una obra que se planta en la vereda opuesta del terror industrial contemporáneo para explorar el fetichismo del cine analógico, las luces de neón y los crímenes de guantes blancos (o, en este caso, de mago).
“Es una radiografía diminuta y fascinante sobre cómo el trauma del pasado, disfrazado con ilusiones y trucos de magia, emerge en forma de pesadilla sangrienta dentro del espacio mítico de un teatro.”
La genialidad de la película explota en su puesta en escena. Los Onetti no hacen una parodia, hacen un milagro de recreación: doblaje en italiano, encuadres angulados, zooms dramáticos, créditos retro y una banda sonora en sintetizadores compuesta por el propio Luciano Onetti que evoca de inmediato a Goblin o Claudio Simonetti. La investigación policial tradicional pasa a un segundo plano porque el verdadero espectáculo termina siendo la experiencia sensorial, casi hipnótica, de sumergirse en una película que parece desenterrada de un cine de barrio italiano de 1980.
Los directores filman esto con un cuidado fetichista que asusta y encandila. Apoyados en un contraste cromático visceral —donde el rojo de la sangre salpica contra las sombras profundas del teatro—. Son 70 minutos contundentes donde cada plano busca una belleza plástica, donde cada nota musical vibra en los altavoces y donde la atmósfera dice muchísimo más que los diálogos.
¿Por qué verla? Porque en un panorama cinematográfico saturado de fórmulas repetitivas y películas de molde, Abrakadabra se siente como un acto de rebeldía y pasión cinéfila pura. Es un recordatorio de que el cine de género todavía puede ser artesanal, elegante y ridículamente deslumbrante usando la iluminación adecuada y un compromiso absoluto con la estética.
Al final del día, mientras las grandes productoras siguen gastando fortunas en pantallas verdes y efectos sin alma que se olvidan apenas aparecen los créditos, los hermanos Onetti nos regalan una joyita retro que se te queda pegada en la retina. Una película que nos demuestra que, a veces, para atrapar de verdad al espectador, solo hace falta animarse a apagar la lógica moderna, dejarse llevar por la ilusión y mirar con atención detrás del telón.
Disponible en Prime Video.
Calificación: ⭐️⭐️⭐️⭐️ (4/5)




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