Nunca se vuelve: La Odisea, la memoria de los vencedores y el mundo que Odiseo ayudó a destruir.

Narrativa

El estreno de la monumental versión cinematográfica de La Odisea realizada por Christopher Nolan vuelve a colocar a Homero en el centro de la cultura de masas. No deja de haber cierta ironía en ello: una industria que convirtió la destrucción del mundo en entretenimiento se dispone ahora a narrar una epopeya nacida de una destrucción real, de una guerra que acabó con ciudades, dinastías, redes comerciales, formas de autoridad y modos enteros de comprender la vida.

Tal vez sea esa la pregunta que deberíamos formular antes de ingresar a la sala: ¿de qué trata, en verdad, La Odisea?

Nos enseñaron que es la historia de un viaje. El viaje por excelencia. El héroe que atraviesa mares desconocidos, resiste monstruos, rechaza tentaciones, desciende al mundo de los muertos y regresa a su patria. Una sucesión de pruebas en la que el individuo despliega su inteligencia frente a un universo hostil.

Pero esa interpretación, tan repetida que ya parece natural, puede ocultar el conflicto central del poema.

La Odisea no trata sobre la aventura de viajar.

Trata sobre la imposibilidad de regresar.

No se vuelve del todo de una guerra. No se regresa a la misma casa, a la misma ciudad ni al mismo cuerpo. Tampoco se vuelve al mundo que existía antes de la matanza. El que parte hacia la guerra y el que retorna no son la misma persona. Ítaca tampoco es la misma Ítaca.

El viaje de Odiseo no ocurre solo sobre el mar. Ocurre dentro de una herida histórica.

Una epopeya con pocos viajes

El título del poema se transformó en sinónimo de peregrinación. Sin embargo, si se observa su estructura, los desplazamientos reales son escasos. Telémaco viaja a Pilos y Esparta. Odiseo abandona la isla de Calipso, llega a Esqueria y luego retorna a Ítaca.

Los cíclopes, las sirenas, Circe, los lotófagos, Escila, Caribdis y el descenso al reino de los muertos no aparecen dentro del presente de la acción. Son relatos que Odiseo cuenta en la corte de los feacios.

Todo aquello que la cultura occidental reconoce como “la aventura de Odiseo” es, dentro del poema, un recuerdo. O tal vez una narración construida por el propio héroe.

No vemos los hechos. Escuchamos a Odiseo contar que ocurrieron.

La diferencia no es menor.

Odiseo es un sobreviviente, pero también es un narrador. Y todo sobreviviente necesita fabricar alguna forma de relato para atravesar aquello que vivió. La memoria no reproduce el pasado: lo organiza, lo altera, lo vuelve soportable. A veces lo embellece. A veces lo convierte en leyenda. A veces oculta la culpa bajo el brillo de una hazaña.

¿Existieron de verdad aquellos monstruos?

La pregunta resulta secundaria. Los monstruos existen porque Odiseo necesita contarlos. Le permiten dar una forma heroica a diez años de ausencia, fracaso, pérdidas y naufragios. Le permiten presentarse ante los feacios no solo como un hombre roto, desnudo y arrojado por el mar, sino como el gran protagonista de una epopeya.

Odiseo cuenta para recuperar un nombre.

Cuenta para volver a ser alguien.

Cuenta porque, después de una guerra, el relato puede ser la última patria disponible.

Esqueria no es una escala

Entre la isla de Calipso e Ítaca aparece Esqueria, la tierra de los feacios. Suele leerse este episodio como una pausa amable antes del desenlace. Un refugio hospitalario, una corte generosa, una joven princesa, banquetes, juegos, regalos y un barco capaz de conducir al héroe hasta su hogar.

Sin embargo, Esqueria ocupa un lugar demasiado extenso y demasiado extraño para ser una simple estación.

Odiseo debe llegar allí.

Zeus dispone su regreso. Poseidón, que lo odia, provoca el naufragio que lo arroja a las costas feacias. Las fuerzas divinas parecen enfrentadas, pero ambas conducen al héroe hacia el mismo lugar.

Esqueria no aparece por accidente.

Odiseo necesita pasar por ella antes de regresar.

Necesita observar algo.

Necesita recordar algo.

Necesita comprender algo que aún no puede nombrar.

Los feacios habitan una sociedad próspera. Poseen barcos extraordinarios, puertos organizados, jardines fértiles, instituciones estables, ceremonias de hospitalidad, asambleas, autoridades reconocidas y una comunidad capaz de ofrecer seguridad al extranjero.

No se trata solo de abundancia.

Se trata de un mundo que todavía funciona.

Eso es lo insoportable.

Odiseo llega desde la guerra y encuentra una sociedad que conserva aquello que la guerra destruyó. En Esqueria aún existe un orden compartido. En Ítaca, en cambio, el poder se ha fragmentado. Los pretendientes ocupan el palacio, consumen los bienes comunes, disputan la autoridad y tratan a Penélope como una pieza dentro de una sucesión política.

Esqueria representa el mundo anterior al derrumbe.

Ítaca representa lo que quedó después.

El vencedor frente a la ciudad destruida

La hipótesis más perturbadora consiste en pensar que Esqueria no es un lugar geográfico, sino una evocación de Troya.

No la Troya incendiada.

No la Troya convertida en ruinas.

La Troya viva.

La ciudad con sus jardines, sus puertos, sus ceremonias, sus familias, sus riquezas y sus instituciones. La ciudad antes de que los héroes la redujeran a cenizas.

Odiseo nunca conoció Troya de ese modo. Durante diez años la contempló desde el campamento de los invasores. La vio como objetivo militar, como obstáculo, como botín futuro. No caminó por sus calles. No fue huésped en sus casas. No escuchó las conversaciones de sus habitantes. No conoció la ciudad como mundo vivido.

La asedió.

Después inventó el caballo que permitió destruirla.

El hombre que diseñó la estratagema decisiva debe ahora ingresar, bajo otro nombre, en una ciudad que conserva las formas de aquello que él ayudó a borrar.

Esqueria obliga a Odiseo a mirar el reverso de su propia gloria.

Todo héroe necesita que alguien quede fuera del relato. Alguien debe desaparecer para que el vencedor pueda ocupar el centro. Los poemas épicos suelen cantar los nombres de los guerreros y callar las vidas de quienes habitaban las ciudades arrasadas.

Pero la memoria de los vencidos retorna.

A veces retorna bajo la forma de un fantasma.

A veces como un sueño.

A veces como una sociedad demasiado bella y demasiado condenada.

Esqueria podría ser ese retorno.

La guerra no termina cuando cesa el combate

Durante su estancia entre los feacios, Odiseo escucha al poeta Demódoco cantar la caída de Troya. El héroe que soportó monstruos, tempestades y dioses hostiles no puede soportar una canción.

Llora.

Lo hace en silencio. Oculta el rostro. Solo el rey Alcínoo percibe su dolor.

¿Por qué llora Odiseo?

¿Llora por sus compañeros muertos? ¿Por los años perdidos? ¿Por la juventud consumida frente a las murallas? ¿Por la culpa? ¿Por Troya? ¿Por sí mismo?

Tal vez llore porque escucha su vida convertida en relato. Aquello que para el poeta ya es una hazaña, para Odiseo todavía es una herida.

La épica convierte la catástrofe en gloria.

El sobreviviente conserva otra verdad.

Toda sociedad necesita relatos para explicar sus guerras. Los vencedores hablan de heroísmo, destino, honor y sacrificio. Pocas veces hablan de las casas incendiadas, de los cuerpos sin nombre, de las infancias quebradas o de los mundos que no regresarán.

Odiseo escucha la versión gloriosa de su propia violencia.

Y se derrumba.

Ese llanto rompe por un instante la maquinaria de la epopeya. El héroe deja de ser una figura de bronce. Ya no es solo el varón astuto que engañó a sus enemigos. Es un hombre alcanzado por el pasado.

La guerra ha terminado, pero sigue dentro de él.

Esqueria y la Atlántida

La sociedad feacia comparte rasgos con otra civilización perdida de la antigüedad: la Atlántida de Platón.

Ambas se vinculan con Poseidón. Ambas se ubican en los confines del mundo conocido. Ambas poseen recursos abundantes, capacidades marítimas excepcionales, puertos protegidos, jardines, fuentes, palacios y formas colectivas de autoridad. Ambas viven bajo la sombra de una destrucción anunciada.

La discusión acerca de quién imitó a quién puede resultar menos fecunda que otra pregunta: ¿qué memoria histórica comparten estos relatos?

Tal vez Esqueria y la Atlántida expresen el recuerdo deformado de las sociedades de la Edad de Bronce, de sus ciudades, sus circuitos comerciales, sus palacios y sus formas de organización. Un mundo que pareció sólido hasta que dejó de existir.

El colapso de aquel orden no fue una abstracción. Significó desplazamientos, hambre, guerras, caída de dinastías, desaparición de sistemas de escritura, interrupción de intercambios y pérdida de saberes. Las sociedades que sobrevivieron debieron convivir con las ruinas de una complejidad que ya no podían reconstruir.

Homero canta desde un tiempo posterior al desastre.

Sus héroes pertenecen a una época extinguida.

Por eso la epopeya está atravesada por la nostalgia, aunque no idealice el pasado. Los palacios fueron poderosos, pero también produjeron guerras. Los reyes ofrecían orden, pero ese orden descansaba sobre jerarquías, saqueos y ambiciones.

No hay paraíso perdido.

Hay un mundo perdido.

Y no es lo mismo.

Cruzar la muerte para entrar en el pasado

La llegada y la salida de Esqueria están marcadas por dos estados de inconsciencia.

Después del naufragio, Odiseo alcanza la costa exhausto. Se cubre con hojas y cae en un sueño semejante a la muerte. Al despertar, Atenea transforma su apariencia. El hombre envejecido por la guerra recupera el aspecto de un joven.

No es un simple recurso fantástico.

Para entrar en Esqueria, Odiseo debe atravesar una muerte simbólica. Debe abandonar el cuerpo que trae desde Troya y asumir otro. La ciudad a la que llega no pertenece al mismo tiempo histórico que Ítaca.

Es una suspensión.

Un territorio situado entre la memoria y el deseo, entre la vida y la muerte, entre lo que existió y lo que ya no puede volver.

Cuando los feacios lo conducen a Ítaca, Odiseo vuelve a dormir. Cruza el mar sin conciencia. Despierta en su patria y no la reconoce.

El poema parece decirnos que nadie cruza de un mundo a otro con los ojos abiertos.

El regreso exige una ruptura.

Odiseo debe morir como habitante del pasado para despertar en el presente.

Y ese presente resulta irreconocible.

La sociedad que ignora su final

Sobre Esqueria pesa una profecía. Poseidón castigará a los feacios por su costumbre de transportar extranjeros. Uno de sus barcos se convertirá en piedra y una montaña podrá cubrir la ciudad.

La amenaza acompaña los banquetes, los juegos y las celebraciones.

Los feacios viven en el instante previo a su desaparición.

Ellos todavía no lo saben.

El narrador sí.

Ahí reside una de las formas más crueles de la conciencia histórica: nosotros conocemos el final de quienes aún actúan, aman, celebran y construyen bajo la ilusión de continuidad.

También nosotros vivimos de ese modo.

Todas las sociedades creen que el mundo seguirá.

Los imperios se consideran eternos. Las elites confunden sus privilegios con leyes naturales. Los poderes económicos creen que podrán devorar territorios, ríos, montañas y vidas sin alterar las condiciones que sostienen su existencia.

Pero ningún orden es eterno.

Esqueria conserva su esplendor en el borde de la catástrofe.

Después de conducir a Odiseo hasta Ítaca, el barco feacio queda petrificado frente a la costa. El medio que une Esqueria con el resto del mundo deja de existir. El viaje del héroe se completa, pero el pueblo que lo salvó queda aislado.

Odiseo llega a casa.

Esqueria desaparece.

La salvación del héroe coincide con la clausura de otro mundo.

Ítaca después del desastre

La Ítaca a la que Odiseo retorna no es la patria inmóvil que lo esperó durante veinte años.

Es una sociedad en descomposición.

El rey ha desaparecido. Las asambleas dejaron de reunirse. Los pretendientes ocupan el palacio, consumen los animales, beben el vino, humillan a los sirvientes y presionan a Penélope. La autoridad se ha convertido en disputa privada. El espacio común se disuelve bajo el apetito de quienes creen tener derecho a todo.

El problema no se reduce a un grupo de jóvenes insolentes.

Hay un vacío de poder.

Las instituciones han perdido fuerza. La ley depende de quien pueda imponerla. La violencia reemplaza al acuerdo. La riqueza común se transforma en botín.

Homero describe una sociedad posterior al colapso.

No cuesta reconocer esa lógica. Se repite cada vez que una elite confunde libertad con saqueo; cada vez que el poder económico ocupa los espacios dejados por la política; cada vez que el más fuerte presenta sus intereses como si fueran los intereses de todos.

Los pretendientes no producen nada.

Consumen.

No fundan un orden.

Devastan el que existe.

No desean gobernar para sostener la comunidad. Desean apropiarse de aquello que la comunidad aún conserva.

Son hijos de la crisis, pero también empresarios de la crisis.

El regreso no restaura el mundo

Odiseo recupera su casa mediante una matanza.

El poema parece cerrar el círculo: el rey vuelve, los usurpadores mueren, Penélope reconoce a su esposo y el orden se restablece.

Pero algo permanece quebrado.

La violencia que destruyó Troya ingresa ahora en el palacio de Ítaca. El héroe que regresa de la guerra lleva la guerra consigo. La solución que encuentra para el vacío político reproduce la lógica del campo de batalla.

Odiseo vence.

Eso no significa que el mundo anterior vuelva.

La era heroica terminó. Esqueria se perdió. Troya fue incendiada. Los grandes ejércitos se dispersaron. Los reinos entraron en crisis. Los sobrevivientes regresaron convertidos en sombras de sí mismos.

Ítaca podrá recuperar una autoridad, pero no recuperará la inocencia.

Ninguna restauración devuelve aquello que la historia destruyó.

Esta verdad incomoda a todos los discursos que prometen volver a una edad dorada. Los reaccionarios viven de esa promesa: regresar a una patria pura, a una familia ideal, a una autoridad indiscutida, a una comunidad sin conflictos.

Ese pasado nunca existió del modo en que lo recuerdan.

Y aunque hubiera existido, no podría regresar.

La historia no camina hacia atrás.

Los muertos no vuelven.

Las ciudades incendiadas no recuperan sus voces.

Los mundos destruidos sobreviven en fragmentos, en relatos, en ruinas y en sueños.

El héroe responsable de su propia nostalgia

La grandeza de La Odisea reside en que su héroe no es inocente.

Odiseo sufre el colapso de un mundo que él mismo contribuyó a provocar. Quiere regresar a un orden cuya destrucción lleva su firma.

El caballo de Troya fue una obra maestra de la inteligencia militar. También fue el instrumento que abrió las puertas de una ciudad a la matanza.

La astucia, celebrada como virtud, posee un costo histórico.

El poema no formula una condena directa. No transforma a Odiseo en villano. Hace algo más inquietante: lo obliga a habitar las consecuencias de sus actos.

Antes de llegar a Ítaca debe pasar por Esqueria.

Antes de recuperar su casa debe mirar el mundo perdido.

Antes de recibir honores debe escuchar la canción de Troya y llorar.

La memoria aparece así como una forma de responsabilidad. No garantiza justicia ni redención. No repara el daño. Pero impide que la victoria cierre del todo el pasado.

El vencedor también puede quedar prisionero de aquello que destruyó.

La modernidad de Homero

Leída desde esta perspectiva, La Odisea deja de ser una colección de aventuras marítimas y se convierte en una reflexión sobre la crisis de las sociedades complejas.

Homero examina los vacíos de poder, la caída de las instituciones, la privatización de la riqueza, la expansión de la violencia, la fragilidad de las alianzas y la dificultad de reconstruir un orden después de una guerra.

No escribe una crónica.

Construye una forma literaria capaz de mostrar que los procesos históricos también habitan en los cuerpos, en los recuerdos, en los sueños y en las palabras.

El colapso no ocurre solo cuando cae un palacio.

Ocurre cuando una comunidad deja de reconocer sus normas.

Cuando la hospitalidad se vuelve sospechosa.

Cuando la riqueza común queda en manos de unos pocos.

Cuando el poder pierde toda obligación con los otros.

Cuando una sociedad ya no puede imaginar un destino compartido.

Esa es la razón por la cual La Odisea conserva una fuerza incómoda.

Vivimos una época que también confunde destrucción con progreso. Los dueños del capital celebran cada avance técnico mientras los territorios pierden agua, bosques, animales, culturas y futuros posibles. Se habla de innovación mientras se desmantelan instituciones. Se invoca la libertad para justificar el derecho de los poderosos a consumirlo todo.

Como los pretendientes de Ítaca, las elites de nuestro tiempo comen sobre una mesa que no construyeron.

Creen que el banquete será eterno.

Creen que nadie volverá a reclamar la casa.

La memoria no es refugio

Mirar hacia atrás no significa huir del presente.

Puede significar lo contrario.

La memoria permite descubrir que los órdenes sociales nacen, se transforman y mueren. Permite comprender que aquello que parece natural fue construido y que aquello que fue construido puede desaparecer.

También permite escuchar a quienes quedaron fuera de los cantos de victoria.

Troya no es solo el lugar donde los griegos alcanzaron la gloria.

Es la ciudad de quienes perdieron todo.

Esqueria no es solo la tierra que recibió a Odiseo.

Es la imagen de un orden cuya desaparición el héroe debe contemplar.

Ítaca no es solo la patria recuperada.

Es una comunidad quebrada que deberá vivir con la violencia de su restauración.

La historia no absuelve a Odiseo.

Tampoco lo condena.

Lo devuelve a su casa cargado de recuerdos.

Quizás por eso el final de La Odisea nunca alcanza la serenidad de un final feliz. La paz llega por intervención de los dioses, cuando una nueva guerra amenaza con comenzar entre Odiseo y los familiares de los pretendientes asesinados.

El héroe vuelve, pero la violencia no sabe regresar.

Siempre quiere continuar.

No existe el camino de regreso

La pregunta de La Odisea no es cómo volver a casa.

La pregunta es qué significa una casa después de que el mundo se derrumbó.

Odiseo regresa a Ítaca, pero ya no pertenece del todo a ella. Ha visto demasiadas costas, demasiados muertos, demasiados dioses y demasiadas formas de perderse. Penélope también ha cambiado. Telémaco ya no es un niño. Los sirvientes tomaron decisiones. La comunidad se dividió. El tiempo hizo su trabajo.

El regreso no cancela la ausencia.

La patria no espera intacta.

El pasado no permanece quieto hasta que decidimos recuperarlo.

Esqueria aparece entonces como la estación indispensable. No porque Odiseo necesite un barco, alimentos o regalos, sino porque necesita comprender que no regresará al mundo que dejó.

Debe despedirse de una época.

Debe mirar aquello que la guerra destruyó.

Debe reconocer, aunque no pueda decirlo, que su propia inteligencia participó en esa destrucción.

Solo después puede despertar en Ítaca.

Y no reconocerla.

Allí reside el núcleo de la epopeya.

No en el cíclope.

No en las sirenas.

No en los monstruos del mar.

El verdadero monstruo es el tiempo.

El tiempo que transforma la gloria en culpa, la victoria en ruina, la patria en territorio desconocido y al héroe en sobreviviente.

La Odisea no celebra el regreso.

Nos advierte que nadie vuelve.

A lo sumo, llegamos a otro lugar que conserva el nombre de aquello que amamos.

Comentarios 2

L
Laura Barba24 de julio de 2026
Querido Javi!! Alucinante ensayo. Cada apartado tiene una profundidad reflexiva que me deja pensando. Qué es volver si no hay regreso alguno a ningún lugar, no solo después de una odisea, nunca es posible el regreso. Puede que "casa" sea uno mismo... pero tampoco estoy muy segura que sea posible regresar a uno, sobre todo después de una tormenta. Quiénes somos entonces en esa odisea personal que es la vida misma? Somos Penelope? Circe? Odisea? Nadie? Todos? Gracias por compartir!!!!!
T
Tinta en las rocas21 de julio de 2026
Excelente canto final!

De este autor