“Necronomicón”: en busca del verdadero monstruo

Reseñas generales

Ayer realizamos el segundo encuentro de nuestro cineclub de cine argentino en Vancouver. La película elegida fue Necronomicón (2018), dirigida por Marcelo Schapces y escrita por Luciano Saracino y Ricardo Romero, a partir de una idea del director.
 

La había visto en el cine, cuando se estrenó en Argentina, y la recordaba como una película entretenida, aunque con algunas decisiones narrativas que no terminaban de convencerme. Sin embargo, volver a verla años después, y sobre todo compartirla con un público compuesto por argentinos y canadienses, resultó una experiencia completamente distinta. Quizás porque el verdadero valor de un cineclub no está solamente en la película proyectada, sino en las conversaciones que aparecen cuando terminan los créditos.
 

Hubo algo en lo que prácticamente todos coincidimos: la película funciona muy bien cuando se apoya en el terror. Las actuaciones sostienen la atmósfera, construyen tensión y generan inquietud sin necesidad de grandes artificios. En ese terreno, el relato encuentra su mejor versión.
 

La discusión apareció cuando hablamos de los elementos fantásticos. El CGI y la incorporación de criaturas sobrenaturales terminan desplazando parte de ese terror más íntimo y sugerente. La sensación compartida fue que, en este caso, la fantasía no potencia al horror, sino que le resta fuerza.
 

Uno de los comentarios más interesantes de la noche fue que el verdadero monstruo de la historia no eran las criaturas, sino el propio libro. Y es difícil no estar de acuerdo. Todo lo que el Necronomicón provoca a su alrededor ya resulta suficientemente perturbador. La corrupción, la obsesión, el conocimiento prohibido y las consecuencias de entrar en contacto con él contienen una potencia narrativa enorme. Quizás no hacía falta agregar nada más.
 

Otra observación que me resultó fascinante surgió cuando alguien señaló que, pese a presentarse como un homenaje a Lovecraft, la película se siente muchas veces más cercana a Borges. La justificación de su ceguera, los libros, el busto del escritor, la figura del guardián del conocimiento y, sobre todo, el laberinto en el que termina atrapado el protagonista remiten inevitablemente al universo borgiano. En cierto sentido, la película parece ubicarse en un punto intermedio entre ambos autores: la obsesión cósmica de Lovecraft filtrada por una sensibilidad profundamente argentina.
 

En lo personal, si me preguntaran cómo habría terminado la película, habría elegido cerrar la historia cuando el Necronomicón aparece en una mesa de saldos, disponible para cualquiera. Me parece una imagen perfecta. Antes se menciona el conflicto de “La carta robada” de Edgar Allan Poe: la mejor forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todos. Ese final habría condensado de manera brillante la idea de que el horror nunca desaparece; simplemente cambia de manos y espera a su próximo lector.
 

También fue interesante cuando un guionista argentino me preguntó si la película me había gustado, pese a todas las críticas que había recibido. Y la respuesta fue sí, pero no por las razones habituales. La elegí para este ciclo porque sigue existiendo, especialmente fuera de Argentina, una imagen muy reducida de nuestro cine. Muchas personas todavía lo asocian exclusivamente con el tango, con relatos políticos o historias centradas en la crisis social. Y sin embargo, el cine argentino es muchísimo más amplio que eso. Hay terror, fantasía, ciencia ficción, policiales, thrillers, y propuestas híbridas de todo tipo.
 

Más allá de sus aciertos o desaciertos, Necronomicón representa algo que me interesa profundamente mostrar: la enorme diversidad temática que existe dentro de nuestra producción audiovisual. También demuestra que muchos creadores argentinos crecieron alimentándose de cultura popular, literatura fantástica, cómics y cine de género, y que llevan esas influencias a sus obras con pasión y creatividad.
 

Cuando alguien me preguntó cuál era la reflexión que dejaba la película, me encontré respondiendo algo inesperado: que tal vez no buscaba dejar una reflexión. Tal vez simplemente quería entretener. Y no hay nada malo en eso. A veces una película existe porque un grupo de personas ama una historia, ama determinados autores y decide reunir todas esas obsesiones en una misma obra. Y eso también tiene valor.
 

Para cerrar la noche, hubo un comentario que terminó quedándose conmigo más que cualquier otro. Alguien dijo que le parecía increíble ver una historia lovecraftiana desarrollarse en Buenos Aires. Y creo que ahí está una de las mayores virtudes de la película. Porque Lovecraft en tierras anglosajonas ya lo conocemos. Pero Lovecraft en Buenos Aires tiene algo especial. Tiene cafés, librerías, calles reconocibles, edificios antiguos y una identidad propia que vuelve único ese encuentro entre lo cotidiano y lo imposible.
 

Ojalá se sigan realizando más apuestas de este tipo. Porque si algo demuestra Necronomicón es que el terror y la fantasía pueden encontrar nuevos caminos cuando se animan a dialogar con nuestro propio contexto cultural.
 

Y porque, a veces, el horror más interesante no viene de monstruos, muertos y fantasmas. Viene de descubrir que el Necronomicón podría estar esperándonos ahí, en una mesa de saldos, en cualquier librería de barrio.

Comentarios 1

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Lucas Friesen20 de junio de 2026
¡Qué genial que puedas organizar un cineclub en una sala de cine de verdad!

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