Para sostener el amor es necesaria la valentía del deseo. Un ensayo sobre LOS AÑOS NUEVOS (2025) de Rodrigo Sorogoyen

Personajes

 

Cuando ya sea tarde para todo, hasta para volver a empezar.
Cuando sientas que no lo has conseguido, 
que has acertado solo en lo que no importaba, acuérdate de mí.
Cuando creas que te has dado la espalda, que un día confundiste, rendirte con ganar, que no tuvimos tiempo de tener un pasado, acuérdate de mí.
Acuérdate de mí como yo lo hago ahora…y nos hecho de menos a los dos. 
Los años nuevos, capítulo 3. 

 

Hay algo de lo inconcluso que siempre llama, convoca y engancha en aquello que “no se da”. Muchas veces, las relaciones amorosas se desarrollan a lo largo del tiempo, con idas y vueltas -me atrevería a decir que la mayoría de las veces-, siendo mucho menos frecuente que se concreten como ese vínculo idealizado de Disney: un devenir lineal, claro, tranquilizador y satisfactorio.

Si bien no es una película convencional, podríamos pensar a “Los Años Nuevos” como un film por capítulos. Esta última producción del español Rodrigo Sorogoyen, nos enfrenta a la humanidad y la contradicción que implica relacionarse con otros. La obra cuenta la historia de Ana y Óscar, dos personas que se conocen en la Nochevieja del 2015 y que comparten el hecho de cumplir años justo en ese momento del año: el 31 de diciembre y el 1 de enero, respectivamente. Fueron el último y el primer bebé de sus años de nacimiento, y se encontraron veintitantos años después para trastocar sus vidas para siempre.

En ese primer encuentro, Óscar está atravezando la desazón de la caída en picada de su relación con Vero, aunque no quiere dar a la misma por terminada. Ana, por su parte, está algo confundida con sus amistades, decisiones y el rumbo de su vida. En medio de esos malestares individuales, se conocen estos dos seres que, huyendo, se encuentran. Se unen para vivir el momento, atravesar el malestar y acompañarse en la soledad de la vida moderna.

Este encuentro inicial da paso a una serie de eventos a lo largo de diez años en esas fechas de fin y principio de año. Esa primera vez, con intimidad de por medio, da comienzo a una relación de amistad que los reúne un año después, en la fiesta de Nochevieja de 2016, cada uno con sus parejas. Pero las miradas, los dichos con doble sentido y la fuerza de la unión que vivieron un año antes toman cuerpo porque se buscan, se encuentran, pero no se animan. Sin embargo, una mirada final, sostenida y amorosa, los llevará a vivir tres años de relación amorosa sincera, compañera, con momentos hermosos y momentos desafortunados, tal como es la vida misma.

En esos tres años pasa de todo: cumpleaños juntos, la exploración del placer sexual, la tranquilidad del amor del otro, pero también la desconexión de planes de vida que, en lugar de unirlos, los distancian. Él quiere todo con ella; ella aún se está buscando. Él tiene un trabajo fijo; ella quiere saber cuál es su vocación. Él quiere hijos; ella no. Ella quiere vivir en el extranjero; él no. Qué difícil es coincidir con otros, es casi del orden del azar y del milagro que los planes de la vida coincidan con los de otro y acompañen nuestro tránsito vital con fecha de vencimiento. Esto lleva a Óscar y a Ana a terminar su relación con reproches, peleas, discusiones, excesos e incluso, con una mezcla de bronca y amor. 

Pero aún nos quedan cinco episodios donde cada uno sigue su camino, pero donde Óscar estará presente en la vida de Ana, y ella en la de él. Y aquí me quiero detener, porque parece una constante en muchas historias de amor, tanto en la ficción como en la vida real. En términos posmodernos, uno puede “eliminar” al otro de su vida, ya sea mediante la evitación del encuentro presencial, sacándolo de las redes, bloqueando o borrando su número, hay múltiples opciones digitales, pero si la persona sigue estando en nuestro pensamiento y afecto, de poco sirve. Y de eso nos habla justamente “Los Años Nuevos”. 

A lo largo de los capítulos, ellos viven lejos, no se visitan ni se hablan, y, sin embargo, son la sombra el uno del otro. Óscar, en ese primer año nuevo postpandemia, solo quería saludar a Ana con un simple pero sincero mensaje, que dejaba claro y a viva voz, que seguía en sus pensamientos. Ana es menos demostrativa; aunque nunca dejó de responder, no fue recíproca. Sin embargo, en su momento de mayor angustia es a él a quien imagina ayudándola, sosteniéndola, literalmente levantándola del suelo y ordenando sus ideas, más allá de que ella tiene una pareja formal a la que quiere.

Aquí comienza, a mi criterio, la tragedia de la serie -en términos dramáticos, claro-. No es que simplemente no estén juntos; es que ambos pierden el rumbo: Óscar paraliza su vida amorosa porque sigue pensando en Ana, y Ana, por su parte, comienza a vivir una vida marcada por responsabilidades que no quería, pero que eligió sostener. ¿Y acaso no hay nada más trágico que vivir una vida que no anhelamos ni disfrutamos, sabiendo que nuestro paso por el mundo es finito y breve? Y ojo, que se entienda bien: aquí nadie dice que la realización amorosa sea lo más importante ni aquello que define todo nuestro bienestar. Pero cuando ese aspecto de la vida eclipsa a los demás, hay que prestar atención. 

La serie presenta dos grandes aciertos en su producción que ayudan a ensalzar toda la propuesta: en primera instancia, la interrupción narrativa de la historia por pequeños fragmentos de otras historias de amor, todas distintas e igual de humanas, con los protagonistas de frente, orgullosos de sus decisiones, dando cuenta de los distintos vínculos posibles, sin perfecciones ni épicidades, simplemente son. Y en segunda instancia, lo demuestran estos dos actorazos que lo dan todo en pos de la intimidad con la que está contada esta historia de encuentros y desencuentros: con escenas largas, planos secuencias que implican un desgaste actoral bárbaro y/o los planos cerrados de sus rostros, donde se potencia la pura explosión de emocionalidad. Un ejemplo de esto es cuando Francesco Carril quien interpreta a Óscar, representa el momento exacto cuando a Oscar se le rompe el corazón al enterarse de que Ana fue madre; se le nota en la mirada cómo se le parte el alma con esa noticia y cómo eso desestabiliza su realidad. Gracias, Francesco, por esa naturalidad del dolor humano. Otro ejemplo podría ser cuando Iria del Río quien interpreta a Ana, da vida a la alteración  que le provoca el estar intentando sostener el vínculo con Óscar a toda costa a pensar de estar en pareja, realizando en viajes, visitando hoteles en secreto, un desgaste total pero que sostiene porque como bien expresa ella, algo debe significar si se sigue perpetuando después de diez años.

¿Significa algo? ¿O es solo la explicitación de que siempre es más poderosa la falta que la permanencia? ¿Acaso el destino humano es sufrir por lo que no se tiene, porque la satisfacción plena nunca es una opción? ¿O es que la serie nos dice que la felicidad viene de la mano de hacernos cargo del deseo? ¿Será que nos encanta el drama en esta sociedad posmoderna donde el #dramqueen vende? ¿O será mejor la incertidumbre de la concreción del otro porque cual generaciones rotas sobre la tierra preferimos fantasear con lo que pudo ser para no darnos cuenta que el otro capaz es un nabo total que elevamos innecesariamente en un altar inexistente durante una década? ¿Qué duele más la incertidumbre, la decepción o la insatisfacción? Muchas preguntas, ninguna respuesta. Gracias neurósis. 

Pero aquí, en “Los Años Nuevos” hay dos personas que se han encontrado, se han atravesado y se han transformado sin poder admitir qué significaba eso en la vida de ambos durante mucho tiempo. Como dice el refrán, “los cobardes no hacen historia”, o por lo menos no una disfrutable para sus protagonistas. Porque no sé si esta serie muestra lo que es el amor tal como muchas veces lo idealizamos, pero sí muestra todas sus sombras -que a veces están más presentes que sus luces-, sus contradicciones, sus fallas y su hambre de más. Porque eso sí es el amor: hambre de más, hambre de todo, valentía para hacerse cargo y el absoluto goce de hacerlo. Además, gente, no nos olvidemos, los ojos…los ojos nunca mienten, así muestren amor, deseo, pena o desinterés. 

 

 

 

Comentarios 2

K
Kary Heys19 de junio de 2026
Muy buen artículo me has inspirado a seguir muchas gracias
L
La garra16 de junio de 2026
Me gustó que en medio de un análisis así de observador, hayas acentuado el amor en un gesto mínimo pero revelador: la mirada.

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