Matar a tus dioses
Reseñas generalesYo nací en los noventa. Y aunque mis amigos mayores se preocuparon por educarme en las altas planicies del rock, la ópera, el jazz y el blues, no pude escapar del pop. Soy un producto de mi época, ¿qué te puedo decir? Tuve varios CDs de Britney Spears, Christina Aguilera y los Back Street Boys, rodando un sinnúmero de veces por el tocadiscos de mi grabadora. Los escuchaba nadando en ensoñaciones distintas. Quería ser bailarina para aparecer en uno de esos videoclips de los que tanto hablaban y que yo tenía prohibido ver. Quería poder cantar y hacer música, componiendo alguna canción que rodara por el mundo. Hasta que un amigo del colegio se fijó en el disco que tenía en mi Discman y me dijo: “Eso no es pop de verdad”. Entonces dejó en mí una huella que jamás desaparecerá. Gracias, amigo. Me presentó el primer disco de Queen, The Beatles, John Mayer, Coldplay, Madonna, y por supuesto: Michael Jackson.
Ese fin de semana pude ver por primera vez un videoclip de Michael Jackson en el único canal donde, para ese momento, se podía ver música: MTV. Se trataba de Black or White. Lo vi en la casa de una amiga, las reglas del uso de la televisión eran menos estrictas allí. Ya había pasado un poco más de una década desde su estreno, pero yo no lo había visto. Pocas cosas en este mundo me han generado tanto entusiasmo. Quería bailar y cantar como él, quería vestirme como él, quería darle al mundo esa alegría, a toneladas. Me dediqué a consultar en el bajador pirata de mi computador a vapor toda la lista de sus canciones. Las organicé en varias carpetas y esperé durante días (a veces semanas) a que se bajara toda la música. Sus sonidos llegaron a protagonizar mi primer gran amor.
Pasaron los años y me fui informando, me fui enterando de todas las alegaciones que tenía Michael en su contra. No podía creerlo; tenía que ser un montaje. Ese hombre lleno de talento no podía ser el mismo monstruo que describían en internet. Unos años más pasaron, ocurrió el boom del MeToo, llegaron a la escena nuevos depredadores de la música y el cine. Para ese momento andaba yo estudiando Historia, engulléndome en las aguas de lo humano. Muchas cosas se estudian en esa carrera, pero lo que más entiendes ahí es el camino y la naturaleza del poder. ¿El poder revela o transforma? Todavía no lo sé. El caso es que mi percepción cambió y dejé de escuchar a Michael. Un ardor en el estómago se encendía dentro de mí cuando escuchaba sus canciones. Un silencio de sentencia se instaló. Hay cosas que simplemente no merecen tus palabras.
Llegaron los treinta y con ellos más soledad. Las reuniones con los amigos se convirtieron en eventos singulares. Tengo la sensación de que en los treinta la gente se toma más en serio su vida, ya no quiere “perder el tiempo”. Pero a mí esta nueva oleada de realidad me dolía. Porque cada conversación que tengo con personas que me importan hace algo en mí. Sentarse a hablar de algo que captura tu atención y estremece tu espíritu, que te hace cuestionar cómo vives o cómo entiendes el mundo, no es, bajo ninguna circunstancia, perder el tiempo. Tuve la suerte de aterrizar un buen día, durante un cumpleaños, en una de esas conversaciones. El debate: escuchar o no la música de Michael. Abran sus apuestas. Escuché en silencio todo lo que los demás querían decir. Acalorados comentarios iban y venían. No quería revelar demasiado pronto el profundo dolor que sentía por haber perdido contacto con el espíritu de Michael, expresado en su música. Pero no quería ponerme en la incómoda posición de ir contra la corrección política del momento que, por supuesto, estaba más que justificada. Mi postura era la de una rata escondida detrás de un bote de basura, en un callejón nauseabundo. En la distancia escuchaba. Me sentí atrapada y sin ánimos de defender ninguna bandera.
Fue en esa tarde cuando los engranajes de un mecanismo que hacía rato se cocinaba dentro de mí por fin se despertaron de un espeso letargo. Nunca he practicado por voluntad propia alguna religión. Me he rehusado a conciencia a tener dioses que dictaminen mi vida. Siempre he querido ser libre. Siempre he creído que para ser libre tienes que ser dueño de tu mente. Entonces entendí que el dolor que sentía tenía fuerza en la medida en que Michael todavía era mi ídolo. Comprendí que él sólo era una imagen que yo había inventado para mí, para que me acompañara en una dura niñez y en una alocada adolescencia. Era un amigo imaginario que me decía lo que yo quería escuchar, a veces lo que necesitaba oír. Nada más. Entonces lo maté. Sin pena ni gloria lo maté.
Paradójicamente, fue este acto de epifanía lo que me permitió volver a escuchar su música. Creo que la magia consistió en comprender que no es “su música”. Es el trabajo de decenas de personas que por años lo acompañaron para montar una empresa llamada “Michael Jackson”. Es el empeño de un diverso grupo de humanos que dio forma a una imagen que, por mucho tiempo, personas como yo se dedicaron a adorar. No lo escucho todos los días como antes. Pero de vez en cuando me permito tirar algunos pasos en mi living poniendo su música a todo volumen, cuando nadie me ve.

Más o menos un mes después de haberse estrenado Michael, en abril de este año, Netflix impone una postura con un timonazo inesperado, estrenando su miniserie documental Michael Jackson: el veredicto. La bioepic de ficción fue un éxito en taquilla, como era de esperarse, pero los críticos no se conmovieron con la película. La calificación que Rotten Tomatoes dio al film no llegó ni siquiera a la mitad (39%), y muchos dicen que es una de las muchas películas de estrellas de la música que se pueden escuchar el domingo en la mañana, mientras te preparas el desayuno y limpias tu casa.
Me atrevo a diagnosticar que el documental de Netflix, en cambio, tendrá muchísimos menos seguidores. Pero quizás ganará algunos premios. Son nada más que tres episodios de poco más de media hora cada uno. Pero cada escena es mejor que la siguiente. La pieza completa es un bombardeo de testimonios, material de archivo y hechos entrelazados que te dejan pegado a la pantalla. Además, se revelan detalles que antes no habían sido revelados con tanta claridad, dibujando los tejemanejes de un sistema judicial norteamericano frágil y moldeable.
Corre a ver el documental de Netflix. No sólo para no olvidar, o para (tal vez sin querer) apoyar la lavada de cara que querían hacer con su figura en Michael (2026).
Corre a ver para que puedas matar a tus dioses.




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