El listón amarillo

Cuento corto

No fue un gran amor. No de esos que hacen ruido. Fue más bien de los que se guardan entre hojas dobladas.

En secundaria la conocí. Se llamaba Inti, como el sol, aunque curiosamente nunca le gustaba llamar la atención. Era de esas chicas que parecían simples hasta que hablabas con ellas y todo empezaba a tener más sentido. Siempre llevaba trenzas, y olía a algo que nunca supe describir bien… hasta años después: rosas andinas.

Lo nuestro empezó sin empezar. Nos prestábamos cuadernos con excusas tontas, subrayábamos cosas que no venían al caso, y a veces dejábamos mensajes escondidos entre páginas. La biblioteca fue cómplice más de una vez, igual que el camino de salida del colegio, donde caminábamos lento sin decir que queríamos quedarnos un poco más.

Yo, en ese entonces, era “el de atletismo”. Me llamaba Elías, “el que cree”, aunque en ese tiempo creía más en correr que en cualquier otra cosa. Cuando competía, llevaba un listón amarillo en la muñeca. No sé por qué un día apareció en su carta, amarrado como si fuera algo importante. Tal vez lo era.

Cuando me animé a decirle lo que sentía, no fue cara a cara. Fue en una carta verde. Verde como esas cosas que todavía no sabes si van a crecer o no.

Ella respondió.

También con una carta.

Tenía ese olor suyo, más fuerte que nunca. Decía que sí. Que sentía lo mismo.

Ese día caminé a mi casa como si hubiera ganado algo más importante que cualquier carrera. Iba sonriendo solo, mirando al piso, repitiendo sus palabras en mi cabeza como si fueran una canción.

Pero al día siguiente, un viernes, me pidió vernos.

Era la primera vez que hablábamos de verdad de esto, frente a frente.

No lloró. No dudó demasiado. Solo dijo que no podía. Que quería, pero no debía. Que iba a priorizar sus estudios. Lo dijo con una calma que dolía más que cualquier otra cosa.

Yo asentí. No supe decir mucho.

Ese día llovió. No fuerte, pero lo suficiente para que el cielo se quedara gris. Esa noche tampoco salieron las estrellas.

Después de eso, seguimos siendo… algo. No sé bien qué. Dos personas que se conocían demasiado para ser desconocidos, pero no lo suficiente para quedarse.

Con el tiempo, la vida se abrió.

Yo gané una beca y me vine a Lima. Otras historias, otras personas, otro ritmo. Nunca fui perfecto, pero tampoco creo haber hecho las cosas mal. Solo… fui.

De ella supe poco. Que se fue a otro lugar. Que siguió estudiando. Que en algún momento salió con un mototaxista. Eso siempre me pareció curioso, no por él, sino porque ambos eran chancones. Supongo que la vida no siempre sigue las ideas que uno se hace.

A veces pienso en Inti. No con tristeza, sino como quien recuerda una canción antigua. Puede que esté feliz. Puede que no. No lo sé.

Pero si algo aprendí, es que hay amores que no están hechos para durar, sino para enseñarte en silencio que sentir ya es, de alguna forma, suficiente.

“Hay amores que no se quedan… pero igual te enseñan a florecer.”

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