DE 74 A 95
Reseñas generales
En la vida real, a veces un número puede abrir o cerrar una puerta, torcer un destino o devolverle a uno la justicia que creía perdida. Esta es la historia de como el 74 estuvo a punto de cambiar mi vida como profesor, y de cómo una llamada inesperada —de alguien cuyo nombre nunca supe— evitó que una injusticia se quedara enterrada en el fondo de una caja de papeles, y apareciera como un milagro el 95.
Mira, déjame contarte como comenzó todo. Esta historia, es de esas historias que uno guarda en la memoria como quien guarda un recuerdo de la infancia, uno que testifica las cosas buenas de la vida. Y créeme, en medio de tantas cosas difíciles que uno ve en el mundo, recordar ese momento siempre me devuelve un poco la fe en la gente.
Todo ocurrió en el año 2010. En ese tiempo el Ministerio de Educación estaba atravesando un proceso grande de reorganización. Había mucha expectativa entre los docentes, porque se estaba hablando de mejorar la estabilidad laboral de miles de profesores que llevábamos años trabajando sin titularidad. Tú sabes como es eso en muchos países; gente que dedica su vida a enseñar, pero que labora durante años como interino, esperando que algún día llegue el reconocimiento formal del trabajo.
Yo estaba justamente en esa situación. Para ese entonces llevaba diez años trabajando como profesor interino en la Escuela Técnica Carlos Sanda. Daba clases de química y matemáticas, nada menos. Y créeme que no era una carga pequeña; tenia una jornada de 36 horas semanales como docente de aula. Diez años entrando temprano al salón, preparando clases, corrigiendo cuadernos, explicando ecuaciones, repitiendo experimentos, y tratando de que los muchachos entendieran de que la química no era una cosa misteriosa sino algo que estaba en todas partes.
Y uno, aunque no lo diga mucho, se va encariñando con ese trabajo.
Durante esos años fui simplemente, un profesor cumplido. Puntual sin aspavientos. Responsable sin discursos. Solo faltaba cuando algo verdaderamente inevitable me lo impedía. Participaba en las actividades culturales, deportivas y extensivas de la institución, ayuda cuando hacía falta organizar algo, y trataba de hacer bien mi parte. Nada extraordinario, simplemente el trabajo de un profesor que cree que enseñar vale la pena.
Con los años uno entiende que la docencia se parce más a sembrar que a construir. Depositar pequeñas semillas de conocimientos en terrenos inciertos, confiando en que tarde o temprano germinen, sin la necesidad de detenerse a confirmarlo. Yo era uno de esos, no esperaba recompensas grandilocuentes; me bastaba saber que cumplía con mi deber y que, de algún modo, estaba contribuyendo a algo mucho mas grande que mi propia historia.
Entonces apareció la noticia que todos esperábamos. El ministerio había decidido otorgar titularidad a los profesores interinos que tuvieran más de siete años de servicio ininterrumpido y una buena hoja de trabajo. Para muchos de nosotros aquello significaba estabilidad laboral, reconocimiento profesional y, sobre todo, la tranquilidad de saber que después de tantos años uno ya no estaba en una especie de limbo administrativo.
Pero claro, el proceso tenía sus pasos. En cada institución se formó un comité encargado de evaluar a los profesores que aspiraban a recibir la titularidad. El procedimiento, al menos sobre el papel, parecía justo y transparente: revisar las credenciales académicas, los años de servicio, la formación continua, las evaluaciones de desempeño y cualquier evidencia que reflejara la trayectoria profesional.
Así que nos pidieron entregar el currículo actualizado con todos los soportes posibles. Recuerdo que, mientras organizaba mis documentos, pensé en lo extraño que resulta que el esfuerzo de toda una década pueda resumirse en una carpeta. Pero así funcionan las cosas, piden pruebas tangibles de lo que, en esencia, es intangible.
Preparé mi currículo con cuidado. Casi con un respeto ceremonioso. Cuando finalmente lo entregué, sentí una tranquilidad serena. No era arrogancia ni exceso de confianza; simplemente sabía que había trabajado bien durante esos diez años.
Según las reglas del proceso, para obtener la titularidad era necesario alcanzar al menos 75 puntos en la evaluación, sobre una base de 100.
Y yo estaba bastante seguro de que mi puntuación estaría por encima de ese mínimo.
Pasaron algunos días. Todo parecía avanzar con normalidad. Ya se hablaba de la reunión donde se anunciarían los resultados y se haría la entrega oficial de las titularidades.
Hasta que una noche paso algo extraño. Estaba en mi casa, tranquilo, cuando sonó el teléfono. Era una llamada normal, como cualquier otra. Contesté sin imaginar que esa conversación iba a cambiar el rumbo de mis próximas horas.
Del otro lado se escuchó la voz de una mujer, joven, de tono agradable. No se presentó. No dijo su nombre. No explicó quién era.
Pero hablaba con un tono serio, urgente.
—Profesor —me dijo—. Usted tiene que presentarse mañana temprano en la Zona Educativa del estado Carabobo. En la oficina número dos.
Yo me quede sorprendido.
—¿Mañana? —pregunté.
—Sí. A primera hora —respondió—. Si no va, va a perder la titularidad. Hay un problema con su puntuación.
Yo intenté preguntarle quien era, que estaba pasando exactamente, pero ella no dio más detalles.
Simplemente dijo:
—Vaya mañana temprano.
Y colgó. Te imaginarás cómo quede. Esa noche casi no dormí. Mi cabeza daba vueltas tratando de entender qué podía estar pasando. ¿Un problema con mi evaluación? ¿Con mi currículo? ¿Un error administrativo? O peor todavía… ¿algo intencional?
A la mañana siguiente no quise correr riesgo. Apenas comenzó a amanecer me preparé y salí rumbo a la zona educativa. Llegué temprano con esa mezcla de ansiedad y esperanza que uno siente cuando sabe que algo importante está en juego.
Busque la oficina numero dos y hable con la secretaria. Le explique que había recibido una llamada urgente y que me habían pedido presentarme allí. Ella me escuchó con atención y luego avisó a una de las profesoras encargadas del área de recursos humanos. La profesora me pidió mi identificación y comenzó a revisar una gran caja llena de documentos. Aquella caja parecía un pequeño archivo improvisado donde estaban todos los currículos de los profesores evaluados.
Revisaba carpetas tras carpetas. De pronto levantó la mirada y dijo:
—Sus credenciales no están aquí.
Sentí un golpe en el estómago.
—¿Como que no están? —dije, casi sin pensarlo—. Siga buscando, por favor.
Ella continuó revisando los papeles. En ese momento apareció otra profesora, una mujer mayor. Se notaba que tenia más experiencia y autoridad. Había algo en su modo de conducirse y en la manera que las otras profesoras la miraban que dejaba claro que era alguien respetado. Se acercó a la mesa y comenzó a revisar la caja también. Después de unos minutos encontró una carpeta.
Leyó el nombre en la etiqueta.
—¿Este es usted?
Miré el documento y confirmé.
—Sí, esas son mis credenciales.
Ella las revisó en silencio durante unos segundos. Luego me mostró la hoja de evaluación. Y ahí fue cuando me quedé completamente frío, cuando vi aquellos dos números: 74. Setenta y cuatro. Un punto por debajo del mínimo deseado para recibir la titularidad. Te juro que en ese momento me sentí como Condorito cuando se cae hacia atrás diciendo “¡Plop!”. La profesora me miró y dijo con cierta franqueza:
—¡Estas… raspao!
No te voy a mentir. Sentí una mezcla rara de angustia y desconcierto. Diez años de trabajo, de esfuerzo, de cumplir con todo… y quedar por fuera por un punto.
Pero entonces ella levantó un poco las cejas y dijo algo que cambio el ambiente por completo.
—Pero está no puede ser tu nota.
Yo levanté la mirada. Ella continuó:
—Voy a revisar tu caso. No te prometo nada.
Se llevó los documentos y me pidió que esperara. Ahí me quedé sentado. En silencio. Pensando en muchas cosas. Pensando que podría haber pasado. Pensando en como algo tan importante podía depender de unos papeles metidos en una caja. Pensando en si aquella llamada misteriosa había sido solo una coincidencia extraña.
Media hora después volvió la profesora de cabello blanco. Traía mis documentos en la mano. Se acercó y me dijo con una sonrisa:
—Vístase que si va pal´baile.
Yo la mire sin entender. Pero estaba alegre; esa frase era una invitación. Entonces me explicó:
—Su verdadera nota es de noventa y cinco puntos.
Con emoción confirmé la nota en la nueva hoja de evaluación: 95. Imagínate el salto: de setenta y cuatro a noventa y cinco. Ella misma lo resumió entre risas.
—Allá como que alguien no lo quiere mucho.
Yo no sabía si reír o suspirar de alivio. Sentí como si el corazón se volvía a acomodar en su lugar. Toda la tensión desde la llamada se desvaneció en un instante.
La profesora me observó con curiosidad.
—¿Y cómo te enteraste? —preguntó— ¿Quién te dijo que vinieras?
Yo le conté la verdad.
—No sé quién fue. No se identificó. Solo se que una mujer me llamó y me dijo que tenia que estar aquí antes de la media mañana.
Hice una pausa y añadí, medio en broma, medio en serio:
—Yo creo que fue un ángel.
Las dos profesoras se miraron y me sonrieron con cierta empatía. La de cabello blanco dijo entonces:
—Bueno… sígale rezando a ese ángel. Porque si usted no viene a la hora que llegó, esas credenciales se quedan en el fondo de la caja y usted no recibe la titularidad.
Después añadió:
—Así que vaya y prepárese. Mañana tiene que presentarse en el Municipio Escolar para recibir su titularidad. Y finalmente dijo algo que todavía recuerdo con cariño:
—Lo felicito por su alta puntuación y por su dedicación a los estudiantes.
Yo les di la mano con verdadero agradecimiento. De esos apretones de manos que salen del corazón. Cuando me iba, escuche a la profesora decir en voz baja:
—Que tengas buen día.
Y salí de aquella oficina con la sensación extraña de haber sido testigo de algo pequeño…pero profundamente humano.
Hasta hoy nunca supe quien hizo esa llamada. Nunca supe si fue alguien que revisó los documentos, una secretaria que vio algo raro, una profesora que decidió advertirme, o simplemente alguien que no quiso que se cometiera una injusticia.
Pero cada vez que recuerdo esa historia pienso lo mismo. A veces la vida cambia por gestos muy pequeños. Una llamada. Un aviso. Una persona que decide no quedarse callada. Y eso, créeme, también es una forma de bondad. Una bondad silenciosa que aparece cuando menos la esperas.







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