Huyendo del mal
Reseñas generalesMi abuela, cuando logró escapar del centro de concentración de Sobibor, logró esconderse con ayuda de personas de un pueblo que los acogió; les dieron agua y comida, y con ayuda de ellos huyeron hasta llegar a otros sitios. La extrema flacura de mi bisabuela y la cabeza rapada porque les rapaban para humillarlas y también para usar ese cabello para confeccionar cosas.
Era el temor de ella de poder ser descubierta nada más por eso, y no solo era el temor de mi bisabuela sino también de los otros; la flacura del rostro y lo demacrado eran fáciles de reconocer. Mi bisabuela fue saliendo de ese lugar pasando fronteras con ayuda de personas, y se ponía varias ropas encima para verse físicamente gruesa y usaba pañoletas siempre para que no vieran su cabello rapado y no la reconocieran.
Logró entrar a España con terror, a pesar de que decían que los tentáculos de los nazis no tenían el gobierno de España y que esta era neutral, pero se entendía con los nazis y estos apoyaban el régimen franquista, y a cambio de ese apoyo recibían unos minerales importantes para su guerra.
Y algunos decían que las zonas rurales estaban libres de esa plaga, pero era mejor no creer mucho al que dijera algo; mi bisabuela terminó en una zona andaluza. Ella tenía conocimientos de cómo hacer quesos y pan. A pesar del idioma, logró conseguir trabajo; ya muchos habían notado su apariencia que quería ocultar dentro de tanto trapo, y ya sabían que podía ser una fugitiva. Ella sin darse cuenta estaba en una zona antifranquista donde hubo una lucha horrible y las fosas comunes eran muchas.
Los chismes corrían mejor que la prensa imprenta; mi bisabuela, antes de llegar ahí, había pasado por un barrio llamado Triana. Ella duró un mes, con miedo porque la SS tenía sus tentáculos por todos lados, y no como decían algunos fugitivos, que España era neutral y con poca presencia nazi; no era cierto, ellos estaban en todos lados, hasta en Sudamérica, no sobre tierra, pero sí en sus mares como tiburones hambrientos y negociando.
Un andaluz muy atractivo empezó a ver a mi bisabuela con buenos ojos; la veía muy guapa. A mi bisabuela no le gustaba que la miraran ni se le acercaran los hombres; traía un trauma. El joven andaluz quería que mi bisabuela fuera su esposa y le mostró unos anillos de boda y le señaló la iglesia.
Se le veía el campanario a la iglesia, por encima de los techos de las casas, mi abuela no hablaba Español, solo hacía señas, ella acepto y salió casada de España, mi bisabuelo era un andaluz muy inteligente y sabía que debían irse de España, se la ingenio como pudo para hacerla pasar por andaluza sordo muda, con papeles falsos de Sevilla.
Rumbo a Sudamérica, mi bisabuelo nunca había imaginado que se iría de su amada tierra a rumbo desconocido. Mi abuela traía una barriguita, y con ella se casó. Mi abuelo no sabía por lo que había pasado mi bisabuela, pero se lo imaginaba. Lograron llegar a Chile, y entre los dos trabajaban hasta que a mi bisabuela le tocó tener a su bebé, y después vino una niña y luego otro varón que era mi abuelo.
Cuando ya eran adultos los hijos de mi bisabuela, estalla un golpe de estado en 1973: Salvador Allende es derrocado por Augusto Pinochet y el terror vuelve. Mi bisabuela tenía una vida estable en Chile, pero ella temía por sus hijos; ellos vivían protestando y luchando por algo imposible. Pinochet tenía miles de detenidos y un montón de desaparecidos y torturados. "No otra vez", se decía ella misma y lo gritaba a todo pulmón como queriendo que un espíritu o Dios o alguien la escuchará o solo era querer desahogarse.
Ella había formado una familia y trabajó duro para verlos crecer y que no se repita de nuevo lo que ella vivió, que se quedó sin familia, no tiene a nadie, pero la familia que ella con tanto sacrificio creó no va a quedar en ninguna fosa común por ahí; ella se lo juraba y se lo perjuraba. Oraba sus oraciones judías, pero sentía que no la escuchaban, y luego oraba nuestras oraciones católicas aprendidas de mi bisabuelo y no tenía ni una señal. Se sentía sola con el apoyo del bisabuelo nada más, pero ella quería un apoyo poderoso del cielo.
La decisión la tomó sola junto con mi bisabuelo, quien decidió vender todo y huir de nuevo sin rumbo, sin saber si les iría mejor o peor. Como eran adultos, los hijos querían quedarse a luchar por su país. Entre ellos, mi abuelo, y mi bisabuela se impuso y los convenció como pudo —aunque ahora a eso le llaman manipulación—, y llegaron a Venezuela. Parecía un país tranquilo; había pasado una dictadura recientemente con Marcos Pérez Jimenes, y se esperaba el descanso mental de mi bisabuela, con toda su familia protegida.
Mi abuelo se casó y tuvo a mi mamá; se vivió tres décadas de paz y tranquilidad. Nací a finales de los 90, pero los países nunca están en paz absoluta; siempre llega algo que quiere cambiar la serenidad que ya hay. Otra vez vuelve la angustia de mi bisabuela, que ya estaba ancianita, quería vender todo y obligar y convencer a mis abuelos y padres de vender e irnos lejos a otro país donde el mal no se apodere del lugar. No le hicieron caso. Yo la conocí poco, escuchaba sus historias tan tristes y crudas, pero no pudo salvarnos; se fue mucho antes de ver tanta barbarie.
Mi bisabuela descansa en paz, después de una vida de sufrimiento extremo y de miedo. Soy adulta y me la he pasado escuchando cosas entre los familiares, cosas que se debían decir en voz baja, y reviso las fotos de mis familiares y veo a mi tío abuelo mayor en las fotos y a mi bisabuelo, y veo que no se parecen en nada; creo que eso se quedó en secreto. Mi bisabuela era inocente; ella no es culpable de nada.
El linaje de mi tío abuelo mayor siempre estuvo en duda. Una vez una de mis tías le preguntó por mi tío abuelo, que no se parecía en nada a su abuelo, y mi bisabuela se enfureció por esa pregunta y le plasmó una cachetada que la hizo llorar; desde ese momento nadie hacía preguntas que podían ofender o hacerla recordar algo asqueroso que todavía no había podido perdonar ni olvidar ni curar de su alma.
Cuando mi abuela nos contaba de su matrimonio, me parecía un matrimonio muy rápido, y se lo pregunté a mi bisabuela. Tenía miedo de una cachetada, y ella serenamente me dijo que en esa época era así: se gustaban y se casaban a los tres días. No había tiempo para el romance, había miedo, hoy existes mañana no —con esa respuesta a pesar de mi corta edad para aquella época me dió a entender que se vivía de manera apresurada, con temor y con un futuro incierto.
Creo que todos los países siempre vivirán en conmoción y perturbación. Si hubiéramos vendido y nos hubiéramos ido en familia a otro país, es posible que no hubiéramos pasado recientemente por tanto o hubiera sido peor. Mi bisabuela arrastraba no solo sufrimiento sino una historia muy cruel que muchos judíos de aquella época vivieron. Mi mamá dice que eso ya pasó, que para qué averiguar de quién es hijo mi tío abuelo.
Creo que necesitamos saber nuestros orígenes, aunque mi tío abuelo ya murió, él siempre tenía un silencio triste cuando venía algún familiar y le decía que él no era hijo de mi bisabuelo —no de manera tan directa sino con otras palabras, pero se entiende igual—, creo que a él le dolía sospecharse hijo producto de una violación, no de una sino de varias, y no saber quién es su padre. Nunca sabremos dónde fue enterrado mi tatarabuelo y en qué fosa común quedó mi tatarabuela.
No tenemos fotos de mis tatarabuelos; mi bisabuela solo pudo salvar su vida y empezar de cero y aferrarse a sus recuerdos. Todo el mundo tiene un origen, es descendiente de una familia, pero los nazis decidieron borrar ese origen, a esas familias, dejando vidas fragmentadas. Mi familia quedó fragmentada, con un origen roto. Gracias a mi bisabuela y su valentía, hoy existo y escribo estos recuerdos que no son míos.
Es posible que mi bisabuela se haya llevado muchos secretos, porque ella a veces quería hablar, decir algo, y miraba a uno y luego dudaba; se le notaba en su rostro en la manera de mover su boca, como cuando alguien va a decidir algo y no sale nada, un secreto bien guardado. ¿De qué sería? Ahora menos lo sabremos; si en vida no nos lo dijo, pero sí recuerdo su rostro al mirarme y mover su boca queriendo decir algo, el mirarme fijamente y callar y luego cambiar la mirada hacia otro lado, y recuerdo a mi papá decir:
—Abuela, hable lo que quiera decir, ¡dígalo! ¡Somos libres! Somos gente libre; la SS no está aquí; nadie que sea malo está aquí.
Mi abuela lo miraba y sonreía una sonrisa tan sincera, tan callada, como diciendo, "Me alegra escuchar eso de que somos libres," pero no salía nada de su boca, porque ella por dentro todavía no era libre.




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