DESPOBLADOS
Reseñas generalesEl silbato de metal, desgastado por el roce constante contra el sudor de mi cuello, es el único objeto que me mantiene anclado a la realidad. En esta cancha de Barinas, donde el sol de las diez de la mañana se siente como un martillo golpeando el cráneo, los muchachos corren con las costillas marcadas bajo franelas que alguna vez fueron blancas y hoy son un espectro gris. Es 2026 y el aire sabe a polvo y a una desesperanza tan espesa que se puede masticar. Miro mi teléfono por trigésima vez en la hora. El dólar ha vuelto a subir. Otra barrera invisible, otro salto al vacío que hace que mi salario de profesor de educación física se convierta en polvo antes de que pueda convertirlo en un cartón de huevos o un kilo de harina. La estabilidad de la que hablan los informes internacionales, esos gráficos elegantes producidos en oficinas refrigeradas de Washington o Caracas, me produce una náusea física. Dicen que el país está estable tras la partida del presidente, que las instituciones funcionan, que el cauce se mantiene. Es una mentira tan grande que se escucha en el eco de las gradas vacías. Los muchachos corren sin saber que, al terminar su rutina, no encontrarán más que una nevera vacía y la misma incertidumbre que yo cargo en mis hombros.
Me encierro en mi oficina, un cubículo de paredes descascaradas donde el ventilador, a punto de rendirse, solo remueve el aire caliente. Allí está mi tesoro: un DVD sin etiqueta, rayado, que guarda La escalera de Jacob. Lo vi por primera vez hace veinte años, cuando tenía veintidós. En aquel entonces, el país era otro, o eso me gustaba creer, pero la sensación de que algo se estaba fracturando ya estaba ahí. Esa película me encontró en la edad exacta, en ese momento de la juventud donde uno empieza a sospechar que el mundo no es lo que nos vendieron en la escuela. Jacob Singer, el protagonista, un hombre atrapado en un laberinto de visiones, de demonios que se disfrazan de enfermeros o de transeúntes, fue el espejo donde vi mi propia angustia futura. La película me enseñó que la realidad es una capa delgada, una costra que puede romperse en cualquier momento. Si la viera hoy, con mis cuarenta y dos años y este país colapsando entre mis dedos, no vería una película de terror. Vería un documental.
El recuerdo de esa primera vez es un disparo en mi memoria. Tenía una novia que se fue, como todos, en una de esas oleadas migratorias que vaciaron las aulas y las familias. Me quedé solo en un cuarto alquilado, con el televisor parpadeando y la sensación de que el tiempo se había detenido. La película comenzó y sentí, con una claridad aterradora, que Jacob era yo. Los demonios de la película no eran monstruos de goma; eran la encarnación de la culpa, de la pérdida y de un sistema que te utiliza y luego te desecha. A los veintidós, pensé que esa pesadilla terminaría cuando saliera el sol. Ahora, a los cuarenta y dos, sé que el sol en Barinas solo sirve para iluminar la ruina. La película me convenció de que la percepción es una jaula. El sistema político, la economía que sube sin frenos, la gente que desaparece, los comunicados oficiales que niegan el hambre; todo eso es parte de la misma alucinación colectiva.
Salgo de la oficina y vuelvo a la cancha. Uno de los alumnos, un muchacho de apenas quince años, se desploma. No es fatiga. Es desnutrición disfrazada de cansancio deportivo. Me acerco, lo toco, su piel está fría a pesar del calor inclemente. Sus ojos, vidriosos, me miran con una intensidad que me hiela la sangre. Me susurra algo sobre el dólar, sobre su madre que lleva tres días sin comer, y por un instante, veo en su rostro a uno de los personajes de la película. No es él. Es un espectro. Todo este gimnasio es un hospital de campaña en una guerra que nadie quiere nombrar. Las noticias en la radio del portero hablan de normalidad, de un mercado que se autorregula, de la paz social. Es el mismo gaslighting de Jacob Singer. "Estás loco", le dicen. "Todo está bien", nos dicen. La disonancia me taladra las sienes.
El resto del día es una procesión de sombras. Camino por las calles de Barinas y cada rostro parece una máscara. Los precios en los anaqueles cambian mientras los miro; es una danza macabra de números que no significan nada, porque el dinero ha dejado de ser un valor para ser un símbolo de nuestra propia degradación. En la esquina, un grupo de hombres discute sobre la última noticia: el gobierno ha publicado un decreto de estabilidad, mientras el dólar ha subido otro diez por ciento en una hora. Los hombres ríen, pero es una risa que no llega a los ojos. Es la risa de los condenados. Yo los observo, apretando el silbato en mi bolsillo, y por un momento tengo la tentación de gritarles que la película ha terminado, que todos somos personajes en una historia que alguien más está escribiendo con tinta invisible.
Llego a mi casa, un apartamento que se ha ido reduciendo a medida que saco las cosas para venderlas, para pagar la luz, para comprar el agua. Me siento frente al televisor, el mismo equipo viejo donde vi la película hace dos décadas. Pongo el disco. La imagen se distorsiona, se llena de rayas y nieve, pero la reconozco. Jacob en el metro, la sensación de aislamiento absoluto. La película comienza a mezclarse con lo que veo por la ventana. Las sirenas de las patrullas, los gritos lejanos, el zumbido de un país que se desintegra. Me pregunto si Jacob realmente murió en aquel hospital, o si, como yo, se quedó atrapado en un bucle infinito donde el dolor se repite hasta volverse rutina.
Si viera la película hoy, ya no buscaría respuestas en el guion. Buscaría la salida. Pero, ¿existe una salida cuando tu propia vida se ha convertido en el escenario de la película? La estabilidad es un mito, el dólar es el dios que nos crucifica, y el presidente que ya no está es solo el vacío que ocupa el trono de nuestras pesadillas. Me levanto y camino hacia el espejo del baño. Mi rostro, surcado por las ojeras y la fatiga, me devuelve una mirada que ya no es la mía. Es la mirada de alguien que ha aceptado que el infierno no es un lugar, sino una circunstancia.
Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la pared fría. El silencio de la casa es absoluto, un silencio que duele. En la pantalla, Jacob está en la escalera. Yo sigo aquí, en Barinas, esperando que el dólar deje de subir o que el corazón deje de latir. Ambos resultados me parecen, ahora mismo, la única forma de verdadera paz. El esfuerzo ya no sirve. La disciplina del atleta, esa que me enseñó a creer que podía ganar la carrera, ha muerto. En este juego, la única forma de ganar es entender que nunca hubo carrera, que siempre estuvimos parados en el mismo lugar, observando cómo el escenario se quemaba a nuestro alrededor.
Mañana, si amanece, volveré al gimnasio. Volveré a hacer sonar el silbato para que los muchachos corran hacia ninguna parte. Seguiré midiendo el tiempo con la fluctuación de una moneda que nadie controla, y seguiré siendo el profesor de educación física de una generación de fantasmas. La película, al final, me dio la única lección que importaba: el miedo no es lo que ves, es lo que te niegas a admitir. Y yo admito, con una claridad que me asusta, que este país, este año 2026, y esta vida de profesor, no son otra cosa que una escalera hacia un sótano donde hace mucho tiempo, se apagó la luz.
Me duermo con el televisor encendido, viendo las escenas de Jacob tratando de entender qué le ocurrió. Quizás, pienso antes de que el sueño me arrastre, todos estemos tratando de entender lo mismo. Por qué nos quedamos. Por qué seguimos jugando un partido cuyo resultado fue decidido hace años por un árbitro que abandonó el estadio. El dólar sigue su ascenso implacable en mi teléfono, una notificación silenciosa que brilla en la oscuridad como un ojo inexpresivo. Es la última cosa que veo antes de que la realidad y la película se fundan en una sola negrura total, el lugar donde el hambre, la política y la desesperación dejan de ser problemas para convertirse, finalmente, en silencio. La estabilidad, por fin, ha llegado a Barinas. Es la estabilidad del cementerio, el único lugar donde el dinero no alcanza, donde las noticias no llegan y donde, después de tanta lucha, finalmente, ya no hay que correr más. Me pregunto si Jacob, al final, sintió esta misma paz vacía, o si nosotros, los que nos quedamos, somos los verdaderos prisioneros de esta escalera, condenados a ver la misma película una y otra vez, mientras el país que conocimos se desvanece en una estática de canales olvidados y promesas rotas. El silbato rueda por el piso, sin nadie que lo sople, marcando el final de un entrenamiento que nunca tuvo meta, pero que, por puro orgullo o pura demencia, nos obligamos a terminar hasta el último segundo de aliento. La vida sigue, dicen afuera, mientras el dólar marca el ritmo de nuestra propia desaparición, paso a paso, caída tras caída, en este gimnasio de sombras que es nuestra casa. Y la película vuelve a empezar. O quizás, simplemente, nunca terminó.




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