Almas malvadas
Reseñas generalesSalgo de mi trabajo con la luz del sol amenazando que se va a ocultar dentro de media hora. Estaba furiosa, amargada de la vida. Nadie ayuda a nadie; este mundo es déspota. En la televisión nos venden mentiras, y las películas llenan de estupideces las mentes de los tontos. El mundo está lleno de mentiras piadosas y malvadas. Mi mente estaba llena de rabia y de odio por tanto recibir el mal ajeno, ya sea por maldad o porque así es la humanidad.
La humanidad es mala. Camino un largo camino de vuelta a casa; el último transporte público pasó y ya es tarde. Ellos, por temor a los ladrones, no volverán a pasar; ellos mismos tienen miedo a la humanidad, me decía yo misma al caminar rápido y eludir a uno que otro vendedor callejero y transeúnte que se me atraviesa.
Mi rabia era mundial contra todo aquel que fuera humano, pero con motivos. “¿Cómo es eso de dejarme en el trabajo hasta tan tarde haciendo revisiones de documentos? ¿Por qué yo? ¿Por qué no los otros? La última que salió fui yo, pero sé que hay un grupito de malintencionados contra mí que hicieron eso por maldad para que salga tarde. Seguro saben que vivo lejos y no tengo carro, que soy una ciudadana de a pie como muchos de ellos. Los odio. “Ese jefe mío está encompinchados con ellos.”
Cruzo una calle cuidándome de los carros, toda asustada porque es tarde, la luz del sol está débil, y estas calles son peligrosas; si lo son para el transporte público, más para mí. Voy por una calle solitaria; las voces y el paso de carros quedaron atrás, solo se oyen mis tacos al caminar. Hoy estreno zapatos nuevos, ya siento que me lastiman y me quieren abrir una ampolla en el talón izquierdo. Un hombre pasa; le tengo miedo, no sé si es bueno o malo. Paso por la otra calle, sigo caminando rogando que por estas calles solitarias y sin luz algo me proteja y no se vaya la poquita luz del sol, y camino lo más rápido posible. El tic tac tic tac tic tac de mis zapatos al caminar me hace recordar las horas del reloj.

Por fin llegó a una plaza; hay unos viejitos sentados, esperando el paso de su tiempo. Dieron todo por el todo; ahora es su tiempo de descansar hasta ser llamados por lo superior para encargarle más peso, pero en otra vida. La mía ya pesa; soy una mujer joven y vivo lejos. Camino y cruzó más calles, y los semáforos funcionan solos. No hay carros que detener. El día ya terminó para muchos, pero no para mí, que aún camino por estas calles sucias y llenas de edad e historias. Me siento agotada, y me arde la ampolla del pie izquierdo.
Me puse justamente a estrenar un zapato bonito cuando no sabía que me harían la maldad de dejarme trabajando hasta tan tarde para perder mi última esperanza de transporte. Tengo sed, mi corazón late fuerte, y estoy un poco asustada, cansada, y adolorida por ese talón. Hay una bodeguita. Toco la ventana, llamo y llamo y llamo, y quiero un refresco o agua y comprar una curita, pero no sale nadie a atender el cucurucho de bodeguita que solo tiene una ventana abierta con las puertas de metal de lado a lado de color blanco mal pintadas.
Me cansé de esperar, hoy no es mi día, sigo mi camino, no me atendieron. Sigo con mi angustia de no ver un alma por esta calle solitaria y vivir tan lejos. Cómo quisiera arrancar mi casa del terreno y llevarla cerca de mi trabajo. Hoy se pasaron ese grupito, y yo sé quiénes son; los tengo medidos a toditos.
Mis taquitos suenan mucho por la calle. Tengo miedo de atraer un mal oído contra mí, pero no puedo caminar silenciosamente. Si hubiera traído unos zapatos de goma como repuesto, me los hubiera cambiado ya, aunque no se vean bien con mi ropa. Ahorita no estoy para verme bien. Hablo con mi yo interior, que me quiere recriminar y hablar de cómo me debo ver por fuera.
Es extraño, no me siento sola; yo misma me hago compañía, peleo con yo misma. Eso de que somos dos personas dentro de un solo cuerpo ya estoy creyendo que es cierto. El camino no se achica, sigue extenuantemente largo. Quiero sentarme y descansar, pero sería perder el tiempo. En estas calles olvidadas no hay luz. Debo salir de esta boca de lobo y camino más rápido.
Lo único que hace falta es quitarme los zapatos y correr, pero no puedo. La calle es sucia; podría clavarme algo en el pie y sería peor. Llego a otra cuadra, hay vida, ya todo está oscuro en la avenida, pero hay luz y los semáforos siguen trabajando y los carros aún obedecen, y cruzo a la velocidad que puedo con un talón doliendo.

Casi arrastro el pie, pero intento mantener una buena postura para que no noten mi dolor ni mi problema con el talón. Sigo caminando, no termino de llegar. Hay una licorería abierta; un poco de borrachos beben emocionados y hablan de fútbol y de muchas cosas entre ellos, cosas que no me importan. ¡Me duele el talón! ¡Estoy cansada! ¡Odio a todo el mundo!!
La humanidad no debiera de existir, y lo peor es que me alejo de esta licorería y las luces de la calle son tenues; ya no tienen potencia, la calle está medio opaca, y mi susto brinca para apoderarse de mí de nuevo; las voces de los borrachos quedan lejos, y ya no oigo el balsa contra no sé quién.
Mis tacos suenan más y más como queriendo despertar a las personas y sacarlas de sus casas para que me hagan compañía. Camino lo más rápido posible, pero siento mis pies de plomo; pesan. Siento que no avanzo mucho. ¿Qué es lo que pasa? Me veo en el mismo sitio y camino y camino. Veo una pareja de enamorados en la calle oscura; la chica está bien agarrada a su novio.
Los dos están enchaquetados de color negro. Ella se siente protegida; él está ahí, es alto y grueso, y yo no tengo a nadie que me dé esa sensación de protección. Sigo caminando incesantemente. Paso por una bodega y veo por la ventana que está abierta de par en par, a una señora sentada viendo la televisión y esperando un comprador.
Rápidamente pido curitas para los talones, para el pie lastimado y para el que ya empieza también a molestar. Me tomo un refresco; creo que me lo tragué con todo y botella, y quiero ponerme las curitas, pero empiezo a pelear con el papel que las envuelve hasta que logro ponerme las curitas y me voy. Camino más rápido, me siento mejor. Ya no era una ampolla en el talón izquierdo, era una herida sangrante. El dolor y el estupor de sentir esa herida tan fea y verla hacen que los bellos del cuerpo se me ericen.
Si tuviera electricidad, estaría iluminando toda la calle con esa grima que me produce el dolor y el haber visto esa herida tan fea que me hizo el zapato. Sigo caminando bajo una media oscuridad por esas calles faltas de vigilancia; mi casa está casi cerca, mi espíritu se alegra, y mi corazón siente esperanza. Pronto llegaré y pasaré este mal trago que me da la vida.
Sigo caminando sin detener hasta que veo unos perros comiendo un hueso y peleando por el , yo les temo a los perros cuando se ponen agresivos por la comida y debo alejarme lo suficiente con el corazón alterado y paso ya voy lejos oigo la riña de los perros callejeros a lo lejos. Sigo mi camino por esas calles viejas llenas de historias buenas y malas y posiblemente de crímenes, la luz es pobre, unas casas viejas vendidas por antiguos gobiernos a la ciudadanía se ven a la izquierda.
Una pared larguísima resguarda algo; puede ser un colegio público o alguna institución del gobierno. Sigo caminando en compañía de mí misma y mis tacos bulliciosos, cruzo otra avenida, los semáforos hacen sus cambios de luces a los carros fantasmas, y yo sigo en el medio de esas avenidas caminando. El viento frío me hace temblar; a lo lejos se ven las luces iluminadas donde está el movimiento de la ciudad, pero por acá, donde no hay comercio, todo es oscuridad o media luz. El que ande por aquí es por necesidad.
Mi casa está cerca; ya puedo verla. Sigo caminando y corro, pero no puedo; me duele la herida. Camino por el pavimento porque las aceras peatonales son incaminables. Llegó, abro la reja azul del jardín que no protege mucho —es una media reja— y entró, la cierro con llave como si no se pudiera dar un salto y entrar fácilmente a mi jardín, y voy a mi puerta principal y segura con multilock y la abro y cierro con llave.
Estoy a salvo en mi casa y me sacudo los pies con rabia, con ira me saco esos zapatos y que caigan como les venga en ganas. Me bañe para quitarme ese maratón y adrenalina que cargaba encima, aún estaba rabiosas y con ganas de llorar, pero no lloré me hice un sándwich y un café mi hora de cocinar mi cena ya pasó la desperdicie en esa caminata interminable.
Comí y me acosté a dormir para descansar. No vi la TV, y si me llamaron o mandaron mensaje, no lo veré; será mañana. Ahorita estoy muerta. Se hizo de día, y aún tenía el cansancio del día anterior. Me preparo para ir al trabajo. Estoy sentada en mi oficina haciendo mi trabajo. Siento que pululan las malas almas a mi alrededor, y yo prosigo ignorando sus conductas.
Dependo de mi trabajo, ellos quieren que me despidan, les caigo mal, o tienen un plan para quitarme a mí para meter a alguien, y yo soy la víctima de sus planes. Como sea, los ignoro; tengo a alguien que mantener —a mí— porque ni perro tengo. Veo por el reojo tres de los cómplices tomando su café y mirándome, como planeando o pensando: "y está otra vez aquí".
Hablaban entre ellos muy bajito; no los escucho, los veo con el rabillo del ojo, y me hago que no me doy cuenta que esos sin oficio están ahí. Tenían planes, había chismes maliciosos contra mí. ¿Cómo es posible que esos que no trabajan solo vengan a hablar y tomar café y conspirar contra las mujeres y los tengan ahí como si nada? Otra vez me la hicieron: me pusieron papeleos hasta para durar a las 4 de la madrugada en la oficina, y debían ser entregados a primera hora al día siguiente.
Al culminar la hora de mi trabajo, agarré todos los papeles y me los llevé a mi casa, pero no perdí mi transporte público, y la pasé toda la noche dentro de la protección de mi casa revisando y poniendo en orden y firmando lo que se tenía que firmar y llenando mi cabeza de la importancia de cada documento para poder entregar y explicar con lujo de detalles al jefe. Mi trabajo tenía que ser impecable.
La maldad era grande en ese lugar donde yo trabajaba. Fui a tomar café; alguien hizo el café, y se veía bueno. Me serví y lo escupí en el basurero. Alguien, el que lo hizo, le había echado sal y no azúcar, y dudo que se haya equivocado. No dije nada y me fui a mi oficina. Si era una broma de mal gusto, no lo sé; si lo hicieron pensando exclusivamente en mí, no lo sé, pero mi amargura iba a impedir que se dieran cuenta de que tomé café con sal y lo escupí.
Alguien cayó igual y lo reclamó, y se rieron los idiotas. Ahí me di cuenta de que no era exclusivo contra mí, sino que se creen aún niños de colegio haciendo estupideces. Me debía a mi trabajo, me tenía que mantener y mantener mi casa ya la pobre estaba pidiendo pintura y algunas reparaciones, ese dinero solo saldría de mi trabajo, el cual me dedicaba a cuerpo y alma y pasión, tenía que usar lentes cuando antes de que yo aceptara este trabajo yo tenía una vista 20-20. Mi trabajo era extenuante; era estar doblada ahí encima de un montón de papeles valiosos e importantes para la empresa.
Vienen los malintencionados; no les basta con hacerme trabajar en exceso, sino que ahora quieren que les firme un documento y no me dejan leerlo. Me hablaban entre todos como confundiendo y distrayendo, y querían que al mismo tiempo lo firmara y no lo firme. Encima de mi escritorio cerré ambas manos y los escuchaba a todos y me negué a firmar a menos que pueda leer el papel, y se fueron haciéndose los tontos. Qué momento más desagradable. Yo no confiaba en ese grupo; eran una amenaza. Seguí inmersa en mis documentos.
Fui al baño; mientras orino y se oye el chorro salir, estoy llena de pensamientos: "Se lo digo al jefe o no? ¿Me traerá problemas esto o no? ¿si lo digo ellos sabrán que fuí yo? ¿Podrían vengarse? En el lavamanos me estaba lavando las manos y echándome agua en la cara, mientras veía mi imagen de una hermosa mujer joven, con rostro cansado y decepcionado, y recordaba cuando había llegado a mi primer día de trabajo recién graduada a los 24 años de la universidad y con esperanza y hermosos sueños, y ya habían pasado 6 años.
Lo único que he logrado es obtener una casa vieja que todavía debo, y no tengo carro. Pensé que la casa era más importante que el carro, y bueno, ahora ando a pie porque vendí el carro que mi papá me compró para ir y venir a la universidad.
Esos papeles que no pude leer no eran buenos; era algo malo. Al firmarlo, mi mundo se derrumbaría. Hay maldad en ese grupo de bacterias. Después de hablarlo con la almohada en la noche, fui al trabajo al día siguiente y se lo dije al jefe y le pedí que lo que haga no me mencione a mí, porque les temo, y le conté lo del papeleo abrumador que por dos días he estado trabajando. El jefe me dijo que estuve haciendo el trabajo acumulado de ellos que no me correspondía a mí y que gracias a mí tenía mejor noción de ciertas cosas en la empresa y referente a los negocios que maneja la empresa, y que no me preocupara que no sería mencionada.
Esa semana me preocupe y no lo olvidaba, más la rabia de estar haciendo trabajos que no eran míos sino de otros que sean tan de lo último. Era viernes y alguien salió escupiendo y quejándose del café que picaba; ahora no era sal sino pimienta, y todos se reían como idiotas. Aprendí a no tomar café ahí, porque alguien salía con su estupidez de echar porquerías al café.

Quería tomar café, así que fui, lo boté e hice uno nuevo y a mi gusto. Estaba divino, sabía a mí. Intenté desestresarme sentada en la mesa; era un lugar estrecho, exclusivo para calentar el almuerzo y comer. Había un microondas al fondo a la izquierda y la cafetera al fondo a la derecha, y al fondo en la repisa estaban el café, el azúcar, los vasitos en paquetes, y un frasco de algo que parece para espesar el café; una ventana grande de vidrio que abarca lo ancho de la pared y la mitad de lo largo siempre cerrada; y abajo se ve el estacionamiento del edificio con algunos carros.
Pasaron algunos meses, y al jefe como que no le importó lo que le dije sobre el grupito de malintencionados. Llegué a la conclusión de que el jefe estaba con ellos, después de intentar hacerme firmar algo sin poder leerlo, algo que era grave. Ya no me molestaron más, pero yo siempre estaba alerta; era bastante agotador estar trabajando casi en paranoia. Mi oficina siempre estaba llena de papeles; leía y releía todo de nuevo,
y eso cuando iba al baño o tomar café hecho por mí. Revisaba todo de nuevo porque podían meterme un papel desconocido y yo podría validarlo sin saber, eso era agotador para mí.
Cuando salía a hacer la cola para montarme en el transporte público, sentía mi cabeza hacer bom bom bom, como si mi cerebro quisiera explotar; hasta sentía un mareo. Sabía que no estaba embarazada; era mareo de angustia y estrés. Era mejor cambiarme de trabajo donde pueda llegar con tranquilidad y no tener personas de malas intenciones alrededor mío.
Empecé a meter currículum en otros lados sin soltar lo que aún tenía. Mi rutina diaria ya me estaba haciendo estragos en la mente, en el espíritu, en la salud. Un día en la empresa se hablo de recorte de personal, eso era lo que faltaba y yo esperando algún correo, alguna llamada algún WhatsApp, que me dijera eres aceptada para este trabajo, no tenía esperanzas sino aguantar y con el miedo de que yo entre en ese recorte.
Las plagas bebedoras de café se acercaban y se ponían de frente de mi oficina, arrecostados del escritorio que me quedaba al frente, para hablar, mirarme, y molestarme con su presencia. Su acoso sin sentido ya me tenía muy mal, y alzaban la voz de vez en cuando para que yo les oyera que iban a despedir a muchas mujeres para dar prioridad a los padres de familias y cuánta estupidez se les ocurriera decir.
No fui a exponer mi inseguridad al jefe; ya lo hice y no pasó nada. A las dos semanas estaba tomando café en el cuartito ese del café y almuerzo y me asomé a la ventana y bajé la vista hacia el estacionamiento y vi a los ociosos con una caja llena de sus cosas metiéndose dentro de sus carros a una hora que no debían irse.

Sentí una extraña emoción de felicidad de que se hizo justicia y también miedo de que vaya a ser yo la próxima, y rápido fui a ver sus oficinas, miré a través de la ventanita de la pared separadora, y vi que sus escritorios estaban vacíos. La amenaza había sido despedida, el fastidio de sentirme en ascuas todos los días había terminado, “habían sido despedidos," yo me sentía liviana, me entró un viento fresco refrescando mis venas, mi sangre, me sentía ligera, fui a sentarme a mi escritorio siempre lleno de papeles y todo lo que es de mi trabajo muy abrumador, pero me sentía feliz.
Ese resto del día trabajé con toda tranquilidad y una felicidad interna que había perdido hace mucho tiempo atrás; hasta mi café hecho por mí sabía diferente, sabía divino sabía a gloria. Trabajé como nunca, fácil y liviano, y terminé rápido, y eso fue lo raro; mis ánimos y emociones estaban bien, y me hizo trabajar igual de bien. Alguien hizo algo bueno por mí, y en realidad no sé si fue por mí o porque el jefe ya los tenía en la mira; lo único que sé es que fue bueno para mí y lo recibí como un gesto de nobleza hacia mí.




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