TERROR AMARILLO
Reseñas generalesEl primer recuerdo que tuvo fue el color. No sabía qué era “amarillo”. No sabía qué era “recordar”.
Su mundo era redondo, blanco, blando y duro al mismo tiempo y se balanceaba. Algo dentro de él le decía que debía moverse. Empujar. Golpear. Quebrajar.
Así que empujó, golpeó y quebrajó.
La primera grieta fue como un rayo. Una línea delgada por donde entró la luz. Empujó otra vez. Y su mundo se rompió.
Salió torpe, húmedo, tembloroso. Sus patas resbalaban sobre la superficie lisa. Su cuerpo pesaba poco, su cuello era demasiado largo para sostenerse. Su cabeza caía hacia un lado y luego hacia el otro. Había otros como él, miles como él.
Pero Pollo, aún no sabía que era pollo, alzó la cabeza con dificultad. Todo le parecía enorme. El techo era un cielo curvo blanco que llegaba hasta el piso, el piar era continuo y ensordecedor, y la luz blanca histérica, insoportable, llenaba su mundo nuevo. El tiempo en el criadero no existía, nunca había noche, nunca había silencio.
Cada día, como a las dos de la tarde, el suelo vibraba. Al principio Pollo no le dio importancia, las vibraciones atravesaban sus patas y subían por su cuerpo como una corriente eléctrica. Pollo se quedaba temblando.
Segundos después, tras un sonido que retumbaba, los granos caían como lluvia. Los pollos corrían hacia ellos desesperados. Pollo también corrió a comer. Y con cada grano Pollo sentía que crecía y se olvidaba de la vibración.
Los días eran siempre iguales. Luz blanca histérica. Comida. Ruido. Miles de pollos como Pollo. El aire se volvió cada vez más pesado. El suelo estaba cubierto de plumas, excremento y polvo. Los pollos crecían rápido, demasiado rápido. Sus cuerpos se volvían pesados. Sus patas temblaban al caminar. Algunos se caían y nunca se levantaban.
Pero lo extraño empezó cuando comenzaron a desaparecer.
Primero uno, luego dos, luego diez. Siempre después de que la trampilla en el piso se abría y se cerraba y expandía las vibraciones, Pollo sintió miedo, empezó a observar. Aprendió que los demás no miraban. Solo comían, crecían, esperaban. Como si una parte de ellos ya supiera su destino y no le importara.
Pero Pollo sí miraba. Y poco a poco se acercó a la trampilla, a la puerta corrediza que se abría y cerraba con rapidez, que amenazaba con su ruido metálico de guillotina sobre el suelo. Desde abajo venía un sonido. Un sonido como carne aplastándose. Entonces ocurrió otra vez, la trampilla se abrió.
Los pollos más cercanos desaparecieron en un segundo. Sin gritos. Apenas un líquido rojo, salpicaba, y las plumas quedaban flotando. Luego la trampilla se cerró, como si nunca hubiera estado allí. Pollo retrocedió sin dejar de mirar la trampilla. Su corazón minúsculo latía con fuerza mayúscula, como si estuviera a punto de rajarle el pecho.
Con el tiempo entendió el patrón, los grandes y gordos desaparecían primero. El monstruo los elegía. Así que Pollo decidió dejar de crecer. Comía menos, se alejaba de la trampilla, se volvía pequeño casi invisible, se escondía entre los demás.
Hasta que un día todo cambió. Tras la tormenta de la noche anterior, una pared entera se derrumbó. La luz entró cálida, viva. Los pollos corrieron hacia afuera con movimientos rápidos y cortos, inclinando su cuerpo y sus cabezas hacia delante, abriendo sus alas, se tropezaban. Pollo también corrió y por primera vez vio el cielo celeste, sintió el viento, pisó la tierra y las margaritas silvestres del campo, corrió y corrió, alejándose de ese lugar hasta que el aire dejó de oler a muerte.
Por primera vez en su vida Pollo se sintió libre.
Los otros pollos fueron atrapados, encerrados en jaulas y llevados en camiones otra vez al criadero.
Esa noche Pollo se escondió entre la hierba, nadie lo vio. Cuando el sol desapareció, el campo quedó en silencio, un silencio tan profundo que le resultaba extraño. Pollo se acurrucó sobre la superficie de las raíces de un roble, la noche era fría, pero real.
Entonces escuchó pasos. Una figura caminaba entre las sombras. Era un hombre con botas azules, bigotes frondosos y una linterna. La luz barrió el campo como un ojo gigante hasta que se detuvo sobre Pollo, el hombre se agachó lentamente.
—Hola, pequeño —susurró.
Pollo tembló. El hombre extendió la mano, pero no lo atrapó. Solo lo observó.
—¿Sabes? —dijo en voz baja—. Tú no deberías estar aquí.
Pollo entendía palabras.
El hombre miró hacia el criadero lejano, luego volvió a mirar a Pollo.
—Escapaste —murmuró—. Interesante.
Lo tomó con cuidado y lo metió dentro de una caja, Pollo gritó. El hombre caminó de regreso a su casa. La casa era pequeña, con techo bajo, en el piso algunos tirantes de madera podrida emanaban un olor húmedo y rancio como el de un sótano. El hombre puso la caja sobre una mesa, encendió la lámpara, la luz era amarilla, el mismo amarillo que abundaba en el criadero. Pollo miró alrededor. Había frascos, muchos frascos, algunos tenían etiquetas, dentro de ellos había órganos. Ojos, cerebros, patas, alas.
El hombre sonrió.
—He pasado años estudiándolos —dijo suavemente.
Sacó a Pollo de la caja. Lo sostuvo frente a su rostro, porque ninguno había escapado antes. Pollo se agitó. Intentó picar. Intentó huir. Pero el hombre lo sostuvo con firmeza. Luego lo llevó hacia una mesa metálica. Había cuchillos, Agujas, Pinzas. Pero lo peor era lo que cubría la pared. Fotos, fotos de pollos abiertos, disecados, decapitados, pegados y en muchas de ellas había algo extraño. Los pollos tenían ojos humanos. Pollo gritó. El hombre inclinó la cabeza.
—Tranquilo —dijo con una sonrisa—. No voy a comerte.
Se acercó más. Sus ojos brillaban con una emoción enfermiza.
—Quiero saber algo.
Pollo temblaba. Se le ponía la piel de gallina.
El hombre susurró:
—¿Cuánto recuerdas?
Pollo dejó de moverse, porque en ese instante un recuerdo apareció. Algo imposible. No era un recuerdo de pollos, era un recuerdo humano. Una habitación, una pantalla completa de números y letras. Una voz diciendo:
“Transferencia neuronal completa.”
Y seguía recordando, una silla, correas de cuero en los brazos, un contrato firmado. Dinero. La promesa de algo grande. Recordaba también Algo con “A”, o tal vez con “M”. Pero los recuerdos se deshacían. El cerebro de Pollo no podía sostenerlos. Desesperado Pollo abrió el pico y salió un sonido casi humano.
El hombre sonrió lentamente.
—Si —dijo—. Funcionó.
Se inclinó hasta quedar frente a Pollo.
—Bienvenido de vuelta.
Pollo sintió su mente romperse, porque comprendió la verdad. No había nacido, había sido puesto ahí. Su mente, Su conciencia había pertenecido a alguien. Un sujeto de prueba. Un humano.
El hombre tomó una jeringa.
—No te preocupes —susurró—. Solo quiero ver cuánto tiempo tardas en volverte loco.
Pollo gritó, Un grito horrible, humano.
El hombre lo miró fascinado.
—Perfecto —murmuró—.
Y comenzó a escribir en una libreta:
“Sujeto 47: conciencia humana atrapada en Pollo. Primer síntoma: terror absoluto.”
Entonces otro recuerdo apareció. Una voz detrás de un vidrio:
“Transferencia iniciada”.
El hombre que observaba, era el mismo que ahora escribía, siempre había estado allí. Siempre.
Pollo sintió algo nuevo, algo oscuro, algo humano. Odio.
El científico levantó la vista.
—Curioso —dijo—. Las ondas cerebrales siguen activas.
Pollo lo miró fijamente, su pequeño corazón latía rápido, como antes cuando se abría la trampilla del suelo, pero su mente, su mente estaba cambiando, porque ahora recordaba algo más. No era solo un voluntario, había sido un ingeniero, había ayudado a construir la máquina, había ayudado a diseñar el experimento. Y ahora él era el experimento.
El hombre cerró la libreta
—Bueno —dijo—. Hora de abrirte.
Levantó un bisturí. La piel y las plumas se le erizaban a Pollo esta vez no era solo miedo, era furia. Porque en algún lugar, dentro de su mente rota, el humano seguía allí observando. Y el científico aún no lo sabía. El experimento apenas comenzaba. Pollo gritó otra vez. Intentando recordar. Intentando decir su nombre pero nadie lo escucho. El bisturí brilló bajo la luz amarilla.
—Tranquilo —murmuró el hombre—. No debería doler demasiado.
Pollo intentó moverse, pero las pequeñas patas apenas le respondían. Algo en su mente seguía luchando, buscando, escarbando entre recuerdos rotos. Números, diagramas, planos de una máquina. Entonces recordó más, solo fragmentos. Un laboratorio más grande que la casa. Gente detrás de cristales. Aplausos contenidos. Un discurso sobre el futuro de la conciencia humana, sobre escapar de la muerte, sobre transferencias, cuerpos nuevos, posibilidades infinitas.
Habían probado primero con animales, con criminales y voluntarios, personas solas a las que nadie reclamaría. Pollo sintió un escalofrío que no pertenecía al cuerpo de un ave, porque de pronto comprendió algo más. El científico, el hombre frente a él no estaba observando un experimento, estaba repitiéndolo.
El bisturí se le calló de las manos y justo antes de recogerlo, una alarma suave sonó en una de las pantallas. El científico levantó la vista.
—¿Hm?
Una línea de ondas cerebrales comenzó a subir en la pantalla, luego otra y otra. El hombre frunció el ceño.
—Eso no debería pasar.
Pollo sintió una presión terrible dentro de su cabeza, como si su mente estuviera empujando contra los límites de un cráneo demasiado pequeño. Más recuerdos surgieron, No solo suyos. Voces, muchísimas voces, gritos, confusión.
“Sujeto 12… fallo total.”
“Sujeto 19… pérdida de identidad.”
“Sujeto 31… comportamiento agresivo.”
El científico miró la pantalla y dijo:
—Interesante…
Las ondas cerebrales seguían aumentando.
—Muy interesante.
Pollo abrió el pico, el sonido que salió no fue un simple graznido, fue algo más profundo. Algo quebrado, algo múltiple.
El científico se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
La pantalla cambió, una nueva lectura apareció. No era solo una actividad cerebral, sino varias.
El hombre se acercó lentamente al monitor.
—Eso es imposible.
Pollo lo miraba, sus ojos pequeños y negros parecían demasiado quietos, demasiado atentos. Entonces Pollo recordó otra cosa, el problema de la máquina, el defecto que nunca lograron resolver. La transferencia nunca borraba completamente la mente anterior, siempre quedaban restos, restos como ecos.
El científico susurró:
—No… no puede ser
Porque si cada prueba fallida había dejado residuos, y si esas pruebas habían sido reutilizadas, y si la máquina nunca fue limpiada del todo, entonces no había una sola conciencia en ese cuerpo. Había muchas.
La luz del monitor parpadeó, una de las pantallas mostró una cifra nueva:
Actividad cognitiva: 47 patrones simultáneos.
El científico retrocedió un paso.
—¿Qué… hicimos?
Pollo inclinó lentamente la cabeza, dentro de su mente, algo se movía. No era un recuerdo. Era una multitud, y en la pantalla, las ondas cerebrales ya no parecían caóticas aparecían organizándose. El científico dejó caer el bisturí.
—Esto… esto no estaba en el protocolo.
Pollo lo observó fijamente. Entonces la puerta automática del laboratorio, junto a las pantallas, se abrió sola con un clic suave. El científico giró la cabeza.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió. Las luces del pasillo parpadearon. Cuando el científico volvió a mirar la mesa, Pollo ya no estaba donde lo había dejado. El hombre quedó aturdido supo que el experimento lo había superado, salió de la casa, durante horas buscó a Pollo entre las hierbas, no lo encontró.
Regreso a la casa temiendo que la venganza de Pollo podría ser fatal, una venganza creada por 47 conciencias simultaneas. Enloquecido se dirigió al garaje, tomó los bidones de gasolina, caminó hacia el criadero y lo incendió. Luego regreso a su casa busco en el cajón más pequeño del mueble y encontró la llave que había guardado hacía años, cuando todavía creía que todo podía controlarse.
Abrió con ella la pequeña caja de metal. Dentro estaba la capsula de cianuro.
Afuera el fuego crecía. El criadero ardía con un crepitar espeso, como si las jaulas, las tablas y las plumas guardaran demasiados secretos. El hombre se sentó en la mesa de la cocina. Intentó convencerse de que todo había terminado: cuarenta y siete mentes convertidas en humo, cuarenta y siete errores borrados por el fuego.
Pero entonces lo oyó.
Primero fue un golpe suave contra la puerta. Luego otro. Después, algo que no era exactamente un cacareo ni una voz humana, sino una mezcla inquietante de ambas, como si muchas gargantas intentaran hablar al mismo tiempo.
—Abr… abre…
El hombre sintió que la sangre abandonaba su cuerpo. Caminó despacio hacia la ventana. Afuera, entre el humo que venía del criadero incendiado, una figura se movía en la hierba. Era Pollo. Su cuerpo parecía intacto, sus ojos brillaban con una inteligencia multiplicada. Detrás de él, saliendo del resplandor del incendio, comenzaron a aparecer los otros pollos en forma de sombras pequeñas, deformes, chamuscados, que avanzaban arrastrándose por el suelo.
Pollo golpeó de nuevo la puerta. Esta vez con calma.
—Sabemos… lo que hiciste.
El hombre tomo la píldora con manos temblorosas. Se la tragó. Afuera, 47 voces comenzaron a reír, risas ásperas, dominantes, burlonas, agudas, exageradas, inquietantes…
Superpuestas.




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