Tierra fértil
Reseñas generales¿Cómo se recibe una mala noticia que ya se recibió más de tres veces y por ende se espera? Con resignación. Eso era lo que veía en los ojos de Ángela, pero ella era la que insistía. Yo ya había abandonado la idea de ser padre, sin avergonzarme creo que hasta me sentía aliviado. Tres veces habíamos tratado de llevar a cabo el embarazo y las tres veces, a pesar de los cuidados y los tratamientos, lo habíamos perdido. Para peor, todos lo demás rubros de nuestras vidas iban muy bien, como si hubiera un balance, que nos quietaba por un lado y nos daba por otro. Ambos teníamos trabajos que nos daban la satisfacción económica más allá de lo que habíamos soñado cuando decidimos casarnos. Es verdad que nuestras familias nos ayudaron, pero que familia no hace eso. Y ahora nosotros no podíamos cumplir con ellos, nuestro linaje parecía terminar en nosotros y eso devastaba a Ángela, como ya les dije, a mí no tanto.
Las reuniones familiares eran terribles, yo sabía que Ángela las sufría, pero tampoco se negaba a ir a ellas, sabía que parte de nuestra bonanza dependía de ellas. Todo era manejable hasta que Irina, la hermana de Ángela, contó que estaba embarazada. Fue un golpe para ella y para su familia. Irina era lo que ellos llamaban la oveja negra, yo la llamaré una mujer libre de una familia realmente conservadora. Irina no tenía pareja estable y hasta coqueteó frente a todos con la idea de no llevar a cabo el embarazo. Ángela estaba silenciosa, triste y diferente, por eso decidí protegerla.
Hablé con mi padre y obtuve la posibilidad de trabajar desde mi casa y con tiempo libre, pergeñé una manera de abstraernos de todos.
La casa estaba muy alejada y rodeada de una arboleda inmensa, como si fueran los muros de un castillo. El camino de tierra se ponía imposible con la lluvia y por suerte, en esa zona llovía muy seguido. Era el lugar perfecto para protegernos del mundo, uno que nos exigía algo que no podíamos darle. O por lo menos, no en ese momento.
Detrás de la casa principal, había un jardín de invierno que no tenía nada que ver con la construcción. El jardín era antiguo, perteneciente a la estancia original que tenía varios siglos, la casa en cambio era nueva, moderna y funcional. Ambas construcciones parecían repelerse, aunque compartían la misma tierra. Poco a poco fuimos recomponiendo nuestra relación, nuestra forma de vida se fijo el uno en el otro, nadie más de afuera que trajera la necesidad de un hijo, nadie. Dos años protegidos por los árboles y la lluvia, la familia parecía habernos olvidado y yo, por ella, era feliz. Pero todo cambió un verano caluroso y seco. Esa temporada sin lluvia les dio acceso a todos y cada uno de los que nos miraban, como si estuviéramos incompletos. Poco a poco fuimos formando una capa protectora, a los comentarios maliciosos, a las miradas inquisitorias, esperando que las lluvias volvieran y se los llevaran de allí, allí donde nos refugiábamos. Todos los cometarios nos hacían más fuertes, más unidos, eso fue hasta los últimos días de enero.
Fue hasta la llegada de Irina y su pequeño hijo, un niño que era vivaz y aventurero. Ángela estuvo todo el día con el niño, jugando y corriendo. Su lugar preferido era el jardín de invierno, donde ambos jugaban por horas. Para colmo el calor y la falta de agua había devastado nuestras plantas, como quedó Ángela cuando el niño se fue con su madre.
Ángela quedó afectada, debo reconocer que yo también, pero no podía bajar la guardia, debía traerla a los días felices, esos que venían con la lluvia.
Las tormentas amenazaban en el horizonte, nadie se atrevería a venir a nuestra casa con ese cielo negro rasgado por los rayos. Así tuve la idea que ante la falta de plantas del jardín, podíamos buscar un vivero para reemplazar lo que el verano se había llevado.
Ángela me siguió casi perdida, aún con la nostalgia de su sobrino en el alma. Manejé mucho, hasta que perdí el sentido del tiempo, adentrándome en la tormenta hasta llegar a un vivero lejano y de difícil acceso. Ángela me preguntó de dónde conocía ese lugar, le dije que había encontrado la tarjeta dentro de la casa, cuando nos mudamos.
El vivero estaba plagado especímenes raros, que yo nunca había visto. La dueña del lugar, la señora Eva, era amable y servicial. Ella misma era la última heredera de ese negocio familiar, sus hijos que sumaban siete, se habían ido a la ciudad a estudiar o a tentar la suerte. Volvían una vez al año, para tratar de convencerla que abandonara el lugar y ella encontraba un pretexto para resistir una año más.
Ángela y Eva hablaron de plantas o eso creí en ese momento. Hablaron de ver crecer la semilla, de cuidar el retoño de verlo crecer y que se convirtiera es una planta fuerte e independiente. El tacto de Eva era maravilloso, ya que nunca hizo la pregunta sobre los hijos, preguntas de las que estábamos tan acostumbrados. Compramos varios ejemplares, raros y exóticos, tanto que nuestra camioneta quedó superada. Eva nos calmó, ella prepararía lo que faltaba y lo llevaría en su vehículo, que en ese momento estaba en reparaciones.
Cuando volvimos. Ángela estaba renovada. No sé si eran esas plantas extrañas o su conversación con Eva, pero ella volvía florecer.
Quince días después, cuando yo pensaba que la anciana no había estafado, vimos ver su antigua camioneta llegar a casa. Las plantas que trajo estaban más coloridas de lo que las recordaba, Ángela estaba feliz. Eva nos dijo que tenía poco tiempo y que estaba atareada, por lo que nos dejó las plantas y cuando ya estaba por irse, recordó algo.
Eva bajó de la camioneta un saco con tierra negra, tierra fértil nos dijo. Parecía mucho más negra que cualquier tierra que yo haya visto, casi como la noche. Eva nos dijo que en esa tierra podía crecer cualquier cosa, era su compuesto personal, la herencia de su familia. La mujer se fue, sonriendo.
Las lluvias fueron muy fuertes, las plantas estaban agradecidas y más hermosas que nunca. La lluvia también cayó sobre la tierra, casi por una semana, incesante. Luego, el sol que pareció darle más fuerza a las plantas y a Ángela. Todo parecía volver a la normalidad, tanto que decidí ir a la ciudad y terminar algunas tareas que necesitaban mi presencia.
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Fernando se fue a la ciudad. Lo vi triste, creo que él no acepta nuestra situación, lo veo en sus ojos. Para mí nunca fue un problema. El aire de la ciudad y sus antiguos amigos lo revitalizaran.
Terminé temprano el trabajo hoy, voy a comenzar con los trabajos del jardín, es el lugar más relajante de la casa. Extrañamente no pude encontrar nada en la web sobre las plantas que me trajo Eva, supongo que deben ser variaciones salvajes de otra plantas pero son hermosas.
Doce horas estuve en el jardín, perdí la noción del tiempo, una a una fui encontrado los lugares para poner cada planta como si ya estuviera pensado, prediseñado. Ahora solo me falta distribuir la tierra. Una tierra de un negrura que nuca había visto. La deposité en cada planta y noté que aunque la usara en cantidad, el costal que la contenía parecía estar siempre lleno. Decidí hacer un pozo y dejar allí la tierra, para usarla cuando fuera conveniente. Sabría siempre donde estaría porque era mucho más negra que la tierra regular.
Tan cansada quedé que apenas llegué a la casa, me dejé caer en el sillón. La lluvia repentina no hizo más que arrullarme.
De pronto, un ruido me hizo levantar. La alarma no había sonado, supuse que Fernando habría regresado. Me levante y fui a la cocina, supongo que habría venido con hambre. Cuando entre a la cocina la vi, y un rayo que ilumino todo lo mostró en su esplendor. Era una niña de unos dos años, revisando todo con sus pequeñas manos. La puerta de la cocina abierta y sus pequeñas huellas de barro, que indicaban por donde habían entrado. Cerré la puerta rápido, corrí a mi teléfono y observé en las cámaras que en la casa, solo estábamos la niña y yo.
Tomé a la niña y lo llevé a la habitación, lo arropé con ropa de Fernando y lo puse a dormir. Hasta la mañana no sabía qué hacer. Traté de mantenerme en vigilia, pero el sueño me ganó otra vez.
Ahora había sol, creo que era media mañana, la niña dormía plácidamente junto a mí. Bajé con sumo cuidado y revisé las pisadas, las mismas salían de la cocina y se replicaban en el piso de tierra, un camino de pequeñas huellas me llevaban hasta el jardín y terminaban donde yo había tapado un pozo con la tierra fértil. Dudé un momento, no podía ser.
Volví a mi habitación solo para observar que la niña seguía durmiendo. Bajé y prendí la Tv, quería ver si había alguna noticia sobre la desaparición de una niña, también estuve atenta a todo lo que podía surgir en línea. No hubo nada.
Fernando volvió esa misma tarde, cuando con la niña estábamos tomando la merienda. Le explique lo que había sucedido y lo tomó como yo, como algo natural. Durante los meses que siguieron, pacientemente revisamos los pueblos lindantes para saber si había alguna noticia de la desaparición de la niña. Nada de nuevo. Para entonces Bianca ya era parte de nuestra casa. Nuestro castillo tenía una princesa. Por un año esperamos cada día que su familia apareciera y eso nunca pasó. Decidimos mover nuestras influencias y darle por fin una identidad. Bianca se transformó, finalmente en nuestra hija.
Ella siempre estaba en el jardín, entre flores exóticas, desconocidas, como si fuera el lugar donde se sentía más cómoda. Pero ya era hora de presentarla a la familia, una cuestión que trajo muchas discusiones con Fernando.
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Bianca se había transformado en el centro. No había sido deseada pero su fuerza natural nos había ganado. Yo no entendía por qué debíamos compartirlo con nuestras familias, ellos que tanto había hablado a nuestras espaldas o usaban la sutil ironía para castigarnos. Tramamos una mentira tan elaborada que en un punto ambos decidimos creerla. Luego de la fiesta de presentación de Bianca, esa sería la única verdad.
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Cada invitado fue participado de la historia de Bianca. Ella había nacido de uno de los tratamientos que habíamos intentado, pero habíamos esperado tanto para comunicarlo por cuidado a que no fuera otra vez fallido. Fernando estuvo de acuerdo con cada palabra.
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Cuando llegó el momento, el clima pareció darnos un respiro. La temporada de lluvias ceso solo para cada invitado llegara. La casa se llenó de visitantes, algunos casi extraños debido a nuestro exilio forzado. Cada vez eran más desconocidos para nosotros. Bianca en cambio, los hipnotizo a todos. Vestida con un vestido verde esmeralda, parecía la flor más bella de nuestro jardín de invierno. Todos quedaron prendados de su piel tan parecida a la tierra que le había dado la vida.
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Todos estaba allí en el jardín de invierno, admirando nuestras flores y en ese momento, la tormenta más rápida y fuerte en años ver se desató sobre nosotros. Lo único que atiné a hacer fue buscar a Bianca, que ya estaba en manos de Fernando. Los tres nos fuimos a la casa. Nos encerramos. Esperamos a que amainara el temporal.
Afuera, solo el ruido de los truenos que sacudían la tierra. Nadie golpeó la puerta, no supimos nada de los asistentes a la fiesta.
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Al otro día vimos los autos que seguían en su lugar, nadie se había ido sin embargo no pudimos encontrar a ninguno. Solo vimos las huellas barrosas que arrastraban algo y que terminaban en el pozo de la tierra negra. Las Flores luego de la tormenta estaban más hermosas que nunca.
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Eva volvió el mismo día que Bianca dijo su primera palabra. La niña nos sonrió largamente y dijo: Ellos, mientras señalaba como Eva y a sus hijos, que levantaban la tierra negra del pozo y se la llevaban en los vehículos de lo que había sido nuestra familia. Ahora solo quedábamos nosotros tres y las flores de nuestro jardín.


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