Latido de Llano
Reseñas generalesEl calor en Barinas no se siente, se padece como una penitencia. Es una masa sólida, un vapor con olor a tierra mojada, a bosta de ganado y a asfalto recalentado que se te mete en los pulmones y te obliga a caminar más lento, como si estuviéramos sumergidos en un acuario de lodo invisible. Caminaba hacia la sede de la universidad, sintiendo el peso de la mochila llena de fotocopias de anatomía, cuando vi a mis amigos en la entrada.
—¡Anderson! ¡Papi, esta noche es en la 23! —gritó el "Gato", agitando una botella de agua como si fuera de ron—. No me digas que te vas a quedar encerrado con el Netter, que te vas a poner verde como un cadáver.
Sonreí. Esa sonrisa es mi mejor bisturí; abre puertas, calma ánimos y esconde el cansancio.
—Gato, hoy tengo examen de Semiología. Si raspo, el cadáver voy a ser yo cuando mi mamá se entere. Pero guárdame un trago, que después de las diez yo mismo soy el alma de la fiesta —le respondí, mientras lanzaba mis manos de un lado a otro—. ¡Buena vibra, muchachos! ¡Lanzo estrellitas invisibles de buena vibra!
Ellos se rieron. "Este Anderson está loco", decían. Y sí, lo estoy. Soy ese estudiante de medicina que puede pasar diez horas diseccionando un cadáver o estudiando el ciclo de Krebs, pero que en cuanto caen las luces de la ciudad, se transforma. Me gusta la música, me gusta el roce de la piel en la pista de baile, y me gusta esa libertad eléctrica de ser quien soy: un chico carismático, bisexual, que no le teme a besar a quien le provoque, sea la suavidad de una chica que huele a vainilla o la firmeza de un tipo que me sostiene por la cintura con la seguridad de quien conoce el terreno.
Pero mi alegría tiene una raíz profunda, una cicatriz que todavía me pica cuando el cielo de Barinas se pone gris. Tenía seis años cuando el carro de mi mamá se volvió pedazos en la Troncal 5. Recuerdo el olor a caucho quemado y verla a ella, pálida, atrapada contra el volante. Recuerdo mi propio llanto mudo, el miedo de perderlo todo antes de haber vivido nada. Entonces apareció él: un doctor sudado, con una bata manchada de aceite de motor y sangre, que gritaba órdenes con una voz que parecía trueno. Él la trajo de vuelta. En ese momento entendí que los médicos somos los únicos que tenemos el permiso de arrebatarle algo al destino.
Sin embargo, estudiar medicina en Venezuela es una bofetada diaria de realidad. No es solo lo que dicen los libros de Harrison o de Guyton. Es aprender a trabajar con las manos vacías.
—Anderson, muévete que la emergencia está colapsada —me dijo la licenciada Elena al llegar al hospital Luis Razetti.
El olor a cloro barato y a enfermedad me golpeó la cara. En los pasillos, la gente se amontonaba. Algunos gritaban, otros esperaban en silencio con los ojos perdidos.
—¿Qué tenemos, Elena? —pregunté, ajustándome el estetoscopio que me compré con tanto esfuerzo.
—Accidente de moto. Vía a San Silvestre. Es un chamo joven, Anderson. No tiene buena pinta y la planta eléctrica está fallando de nuevo —respondió ella con una amargura que le salía de los poros.
Entramos al área de trauma. Al ver al paciente, sentí un frío eléctrico recorrer mi espalda. Por un segundo, ya no estaba en el Razetti; estaba de nuevo en la carretera, viendo a mi madre desangrarse. El chico tenía la misma edad que yo. Su rostro estaba desfigurado por el impacto contra el pavimento.
—¡Está en paro! —grité al ver la línea plana en el monitor viejo que parpadeaba.
Me subí sobre la camilla sin pensarlo. Puse mis manos sobre su esternón. "Uno, dos, tres, cuatro...". Sentía el crujido de sus costillas bajo mis palmas. Es un sonido seco, horrible, que se te queda grabado en los huesos. En mi cabeza, la música de la discoteca de la noche anterior se mezclaba con el ritmo de las compresiones. TUM-TUM-TUM-TUM. Era una coreografía macabra.
—¡Elena, carga la adrenalina! —pedí desesperado.
—¡No hay, Anderson! ¡Se acabó el lote en el turno pasado! —gritó ella, con las manos temblando mientras buscaba en el carrito de paro vacío.
—¡¿Cómo que no hay?! ¡Busca en otro piso, dile al residente, haz algo! —exigí, sintiendo cómo el sudor me bajaba por la frente y me nublaba la vista.
Seguí comprimiendo. Mis brazos me ardían, el ácido láctico acumulado me gritaba que parara, pero yo no podía. Si lo dejaba ir, estaba dejando morir a mi madre otra vez. Estaba admitiendo que el doctor de la carretera había tenido suerte y que yo no era digno de su legado.
—Anderson, ya basta —dijo el residente de guardia, poniéndome una mano en el hombro—. Tiene media hora en asistolia. Ya no hay nadie ahí, chamo.
Me detuve. El silencio que siguió fue más ruidoso que todos los gritos de la emergencia. Miré mis manos: estaban manchadas de una sangre que no era mía. Miré al chico: sus ojos estaban entreabiertos, mirando un punto fijo en el techo descascarado. Un nudo de impotencia me apretó la garganta.
—¿Por qué no teníamos el desfibrilador de la otra sala? —pregunté con la voz quebrada.
—Porque se lo llevaron a reparar hace un mes y aquí nadie da respuesta, tú lo sabes —respondió el residente con lástima—. Bienvenido a la medicina real, Anderson. Aquí no salvamos a todos; aquí sobrevivimos con lo que queda.
Salí del hospital cuando el sol de Barinas estaba cayendo, pintando el cielo de un naranja violento que parecía una herida abierta. Me senté en un banco de la plaza Bolívar, agotado, sintiendo que la bata me pesaba cien kilos. Saqué el rosario que mi mamá me regaló cuando empecé la carrera. Ella siempre me dice: "Cuídate, Anderson, usa el juicio". Pero, ¿de qué sirve el juicio en un mundo que ha perdido el sentido?
Recordé la noticia que leí sobre aquel naufragio en carnaval. El lanchero que murió dejando cinco hijos por salir en medio de una tormenta para poder darles de comer. El hombre que salvó a los estudiantes y nadie mencionó en la prensa. Ese señor de cuarenta años, fuerte y callado, que se convirtió en el héroe de una chica que tampoco sabía nadar. La vida es una lancha sobrecargada en medio de una tormenta, y nosotros, los médicos en formación en este país, somos los que tratamos de sacar el agua con las manos mientras el motor falla.
—¿Anderson? ¿Qué haces aquí solito con esa cara de velorio? —era el Gato, que pasaba en su moto con una sonrisa de oreja a oreja.
—Nada, Gato. Pensando en las estrellitas invisibles —respondí, tratando de recuperar mi máscara de carisma.
—¡Vámonos, loco! Esta noche te necesito activo. Mañana es otro día y el hospital no se va a mover de ahí. La vida es corta, chamo, hay que vivirla antes de que nos toque estar del otro lado de la camilla.
Me subí a la moto. Mientras el viento caliente del llano me golpeaba la cara, cerré los ojos. Pensé en el chico que no pude salvar, en mi madre que me esperaba en casa con una bendición, y en ese lanchero anónimo. Entendí que mi carisma no es una frivolidad; es mi escudo. Mi capacidad de bailar bajo la tragedia es lo que me permite volver al hospital al día siguiente.
Soy Anderson. Estudiante de medicina, fiestero, bisexual, católico y barinés. Soy un sobreviviente que aprende a suturar heridas con hilos invisibles de esperanza. Mi historia no es de gloria cinematográfica; es la crónica de un hombre que se niega a dejar de lanzar buena vibra, incluso cuando el monitor muestra una línea plana. Porque mientras yo respire, mientras yo pueda extender la mano para recoger las bolsas de una señora o para guiar a un perdido, la mano del doctor que salvó a mi mamá seguirá viva a través de mí. Y esa, señores, es la única victoria que realmente importa en este rincón del mundo donde el sol nunca deja de quemar.
Al llegar a casa, mi mamá me recibió con un beso en la frente. —¿Cómo te fue, hijo? Te veo cansadito. —Bien, mamá. El hospital estuvo rudo, pero aquí estoy. —Ay, Anderson, yo no sé por qué elegiste eso. La vida es tan injusta a veces. Quédate aquí, no salgas más hoy. —Tengo que salir, mamá. Los amigos me esperan. Hay que celebrar que estamos vivos, ¿no? Ella suspiró y me dio su bendición. —Usa el juicio, hijo. Por favor, usa el juicio.
Cerré la puerta detrás de mí. En el bolsillo llevaba el estetoscopio y en el corazón el peso de un joven que no llegó a los veinte. Pero al llegar a la fiesta, cuando la música empezó a tronar y las luces neón bañaron mi rostro, levanté las manos y empecé a lanzar mis estrellitas invisibles. Porque si no celebramos la vida con furia, la muerte termina ganando por cansancio. Y yo, Anderson, no estoy dispuesto a dejarla ganar tan fácilmente.
La noche avanzaba y yo me perdía entre la gente. Vi a un chico que me miraba desde la barra y le devolví la mirada. En ese instante, no había hospitales, no había escasez, no había lancheros muertos. Solo había el presente, vibrante y ruidoso. Porque mañana volvería el calor, volvería el olor a cloro y volvería la lucha. Pero esta noche, Barinas era mía, y yo era el dueño de mi propio destino, al menos hasta que saliera el sol perezoso de la mañana.
Cada paso que doy en el Razetti es una promesa cumplida a ese niño de seis años que vio un milagro en la carretera. Aunque a veces me sienta como una muñeca de trapo mojada, como la chica del naufragio, siempre hay una mano fuerte que me jala hacia arriba. A veces esa mano es la de un amigo, a veces es la de un extraño, y a veces es mi propia voluntad de no rendirme. Porque ser médico en Barinas no es un título, es una forma de resistencia. Es la decisión diaria de no dejar que la rabia apague las estrellitas invisibles que todos llevamos dentro. Y mientras el motor de la lancha siga haciendo ruido, yo seguiré remando, con fe, con música y con la convicción de que la empatía humana es el único remedio que nunca se agota en la farmacia del hospital.




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