Sangre creole
Reseñas generalesIvette
Miras como te está cazando, con ese andar leonino y esa curvatura en la boca que intenta no desentonar con el sitio. Sabe que es apuesto, lo puedes ver en su rostro, y aun así hay algo en él que no termina de convencerte. Podría ser esa sonrisa, aunque no lo sabes con seguridad.
Paso a paso, notas que sus ojos te siguen por todo el lugar. Esas pupilas verdes te taladran mientras los músicos se dedican a complacer las peticiones del público, e interpretan otra canción de Savoy Orpheans o de Louis Armstrong.
Tienes ganas de bailar, y seguro que él lo ha notado porque ahora se ha levantado de su sitio y se dirige a donde te encuentras, esperando a que “tu benefactor” lleguen con la paga para que puedas irte.
¿Qué harás? ¿Aceptarás la invitación?
Que rayos, solo se tiene veintitrés una vez en la vida. Además, por cómo se ve el sujeto, supones que bien puede llevarte el ritmo. No parece tener más de treinta y cinco años.
Te dice que se llama Clay, y lo primero que se te viene a la mente es aquel tío abuelo que abandonaste cuando tus ansias de aventuras te alejaron de Alabama. Claro que cuando vez como mueve los pies tu acompañante, te das cuenta de que para nada puedes compararlo con el vejestorio de tu familiar.
Le preguntas en donde aprendió a bailar. Quien le enseño. Te sorprende cuando el sujeto frente a ti admite que su hermana le enseño a moverse, desde que tenía 11 años, y por supuesto no dejas de agradecer tu suerte. Te podría haber tocado un hombre sin ritmo, o peor, un aguafiestas.
Sigues preguntándole por su vida. Lo que hace. Gracias a tu curiosidad descubres que tu pareja de baile es más fascinante de lo que pensabas, hace unos minutos.
Descubres que nació no muy lejos de aquí, en un poblado cercano al lago Pontchartrain. Vive a unas cuadras del salón de baile. Le gusta salir a pasear por la ciudad sobre su Bugatti, pero solo cuando tiene tiempo. Soltero. No está comprometido. Y la única mujer en su vida es la esposa del casero a la que, de vez en cuando le ayuda con un par de recados.
Por supuesto, sabes que todo eso se oye perfecto, pero te falta conocer lo más importante de él. Algo que ya supones, aunque todavía no estás segura. Después de todo, tu intuición te ha fallado en un par de ocasiones. Claro que tus encantos lo compensan.
Solo un ligero contoneo de tus caderas y sabes que por fin te dirá lo que quieres saber. Todos sus secretos y él porque está interesado en ti.
¿Quién lo envió? ¿Qué es lo que quiere? Y lo más importante, ¿Cuánto tiempo tienes antes de poder huir?
Los vez llegar desde tu posición, antes de que ellos te miren a ti. Son Frankie y Billy, y por sus enrojecidas caras, parece ser que la diversión llegó a su fin. Es tiempo de que este pajarito busque otro nido.
Clay
Lo primero que llama tu atención es aquel vestido blanco, a la rodilla y con un puñado de lentejuelas que brillan al compás de su andar. Unos cuantos flecos bambolean al son de aquellas piernas largas, y conforme vas subiendo la vista te das cuenta de que lo mejor es lo que has reservado para el final.
La mujer tiene una boca pequeña, abultada en la parte inferior y pintada con un tono rojo carmesí que contrasta muy bien con esa tez pálida y esos pequeños rizos que fueron bendecidos por los rayos del sol. Todo el juego es impresionante, y pronto te das cuenta de que no eres el único que ha posado sus ojos en aquella belleza.
Claro que no lo vas a permitir. No esta noche.
En cuanto esas pupilas marrones hacen contacto con tus ojos, notas cierto hormigueo que viaja desde la base de la columna hasta tus palmas. Esa es, por mucho, una de las chicas más guapas que has conocido en el club.
Le extiendes la mano y el hormigueo se vuelve una peculiar descarga eléctrica que te hace entrecerrar los ojos. Intentas no perder el control en ese momento y, antes de que puedas arruinar el momento, comienzas a bailar.
Lo sabes a los pocos minutos de haber comenzado. La impresionan tus pasos, y no tarda en acercarse; en seguirte el ritmo. Perfecto.
Conforme sus piernas se mueven, ella te va revelando fragmentos de su vida, comenzando por su nombre.
Ivette. Un nombre que por supuesto sospechas que sea suyo, pero aun así no le dices nada. ¿Para qué arruinar esa pausa a tus labores?
La chica vive lejos del centro de la ciudad, en un edificio casi pegado al barrio francés. Le gustan los atardeceres, y cuando puede va a visitar a su hermano y a sus sobrinos que viven en Tennessee. Por lo que te cuenta, dice que no tiene una actividad que en especial le atraiga, pero gracias a los callos y endurecimientos que sientes en sus dedos, descubres que le gusta coser. Puede que incluso haya hecho el vestido que lleva puesto en estos momentos. El recuerdo de tu hermana frente a la máquina de tu madre te hace sonreír una vez más, lo que a su vez arranca un par de pestañeos en tu acompañante.
Puedes sentir el calor de sus piernas, aun a través del pantalón con pinzas, y en un gesto claramente provocativo, ella se acerca otro palmo más mientras mueve sus caderas.
Te está probando. Lo sabes y aunque una parte de ti quiere ceder a sus encantos, no puedes alejar de ti la sensación de que todo aquello no es más que una fachada. Todavía tienes trabajo que hacer, y la aparición de esos dos sujetos en el club solo confirma tus sospechas.
La encontraste, y mientras ella se aleja de ti entre excusas y miradas furtivas, no puedes evitar pensar que a ese rostro angelical le vienen mejor las perlas que los barrotes.
Triste, pero el deber es primero, y en esta ciudad asquerosa no te puedes dar el lujo de ir contra ciertas personas. Esa es la forma más sencilla de conseguirte enemigos.
Ivette
Aunque te lamentas que tu diversión fue interrumpida en su mejor momento, no te detienes a ver si Clay te sigue o te está llamando para que vuelvas a sus brazos. Mejor. Preferible dejarlo con ganas de más por si en algún momento vuelves a encontrarlo, que ponerlo en peligro por culpa de aquellos matones que dieron contigo.
Demonios, ¿Qué no entienden? Tú no tuviste nada que ver en la muerte del informante de Don Benicio. Es cierto que estabas tonteando con algunos de los hombres de Don Guido esa noche, pero tú no lo señalaste como el topo que se infiltró en la banda enemiga por órdenes de la otra célula mafiosa. Es más, ni siquiera lo volteaste a ver esa noche.
Todo lo que buscabas era llamar la atención de la cabeza de aquella pandilla, para ver si por fin alguien se decidía a darte esa oportunidad que buscabas desde hace años.
Una estrella. Ese era el sueño que te había llevado a abandonar tu hogar de infancia, en busca de una oportunidad para demostrar tu talento.
No era justo. Desde que llegaste a la ciudad habías estado luchando por cumplirlo y ahora, por culpa de problemas que nada tenían que ver contigo, te habías visto en la necesidad de esconderte cuál rata de alcantarilla, mientras se aclaraba lo ocurrido con el imbécil de Tony. Hombres. Solo sirven para un par de cosas, de las demás te encargarías tú, como lo has estado haciendo desde hace varios años.
O al menos esa es tu intensión.
Nada más salir del club, notas que algo no está bien. Algo parece fuera de lugar.
El silencio. Hay demasiado silencio en el callejón que da a la salida de emergencia.
Retrocedes. La sonrisa en tu rostro que se había difuminado un poco por tu huida, ahora se ha esfumado. Lo sientes en cada poro de tus brazos, en tus piernas desnudas y temblorosas, en aquel sudor frío que comienza a recorrer tu espalda con su helado abrazo.
No estás sola. Te tendieron una trampa.
Intentas volver por la vieja puerta de salida, pero antes de que tengas la oportunidad de abrirla salen Frankie y Billy. El primero de ellos te dedica una mirada aburrida y se limita a cerrar el acceso con su enorme cuerpo, el otro te dedica una horrible sonrisa a la par que deja salir un par de comentarios repulsivos sobre tu persona.
No te importa lo que diga de ti. Es más, lo prefieres así, ya que has escuchado los rumores acerca de Frankie y lo que le gusta hacerles a sus mujeres. Claro que tus ojos se traban con los de él cuando menciona a Don Benicio y a Tony. En especial a ese último.
Ya no se ríe y sus piernas se mueven hacía tu persona sin detenerse.
Tienes que huir. Lastimarlos. Lo que sea. Debes hacerlo o la fiesta terminará para ti. Por siempre.
Clay
Sabes que las cosas no están bien cuando Ivette y los matones esos desaparecen de tu vista. ¿A dónde rayos se fueron? Y tan rápido.
No. Esto no es lo que habías planeado. Debes hacer algo y pronto, o tanto tu trabajo como tu reputación se irán por el desagüe. Tienes que encontrarla antes de que suceda algo con la única persona que podría tener la información que necesitas.
Le preguntas a uno de los meseros por una salida de emergencia, y este no tarda en señalarla al tiempo que te comenta que tu acompañante fue para allá hace solo unos minutos. Bien, aunque debes de tener cuidado. Tras darle una propina al sujeto, procedes a acercarte al lugar tan rápido como te lo permiten las personas que se encuentran bailando por el lugar. Ahora, tanto ellos como tu necesidad de discreción son tus enemigos.
No pasa nada. Sabes luchar con ello y lo haces de uno en uno. Primero las personas que te rodean.
Aunque al principio se te cruza por la mente el pasarte por entre las personas, descartas la idea. Luego viene aquella sugerencia de tu mente, para que uses alguno de los muchos pretextos que tienes en la manga y así, te permitan pasar. Pésima idea, sobre todo si las cosas empeoran y hay balazos. Solo conseguirías que la policía fije su mirada en ti, y tu cliente te pidió que te movieras con cuidado.
En fin. Como ya no quieres perder tiempo, al final decides cruzar el camino por el borde de donde se encuentran bailando. Aunque no hay muchos junto a la barra, si te encuentras con una cantidad considerable de personas.
No pasa nada. Te limitas a guardar la calma y llegas a tu objetivo mientras sacas un cigarro y lo prendes. La clásica táctica de salir a fumar nunca te ha fallado, así que esperas que en ese momento siga siéndote de utilidad, mientras con la mano ya vacía alienas tu arma hacia el frente.
Nunca esta de más ser prevenido.
Sales y nada más das dos pasos cuando vez a los dos que estaban siguiendo a Ivette. Te pegas tanto como puedes a la pared y te sirves de las sombras y tu abrigo oscuro para ocultarte. Necesitas analizar lo que está pasando antes de poder tomar cartas en el asunto, es por ese motivo que te quedas quieto, incluso cuando vez que uno de los sujetos agarra la cara de Ivette sin cuidado y la aprieta hasta que la mujer lanza un quejido.
Los tipos esos le preguntan por lo que ocurrió el miércoles en la madrugada en el bar Raven. Ivette se limita a decir que no sabe nada y que solo fue a bailar esa noche, pero por las muecas que hacen los tipos esos es claro que no le creen nada, ni tú tampoco. El que la tiene sujeta aprieta un poco más su agarre y vuelve a preguntar, pero la mujer dice lo mismo otras tres veces.
No sabe nada. No sabe como inició la disputa y mucho menos sabe quien fue el que delató a Tony Brianco para que lo mataran.
A la mención del chico te retuerces. Aunque no buscas información sobre su muerte, sabes que a tu cliente le interesa la información que había estado manejando antes de que lo mataran.
En cuanto vez la navaja que saca uno de los matones, sabes que es momento de actuar.
Sin salir de las sombras alzas tu arma y la apuntas a la pierna de uno de los tipos esos. Apenas y se escucha la detonación por entre el ruido que sale del lugar junto a ustedes, pero sabes que has dado en el blanco cuando el tipo cae de cara al suelo, gruñendo y chillando como un maldito puerco. Su acompañante suelta a Ivette y busca con la mirada a quien ha atacado a su camarada.
Grave error. La gatita no está feliz con el trato que le han dado esos dos, y aunque una parte de ti esperaba que huyera, nada más ver la mueca torcida en sus labios y aquella chispa de venganza en sus ojos, sabes que no se irá sin al menos provocarle una milésima de daño a su maltratador. Aprovecha su descuido para darle un fuerte empujón que lo tira al piso, después procede a patearle el estómago y sus partes nobles, todo esto sin dar tiempo para que reaccione.
Está a punto de soltarle otro buen golpe en su “arma” cuando decides que ya ha sido suficiente. Sales de entre las sombras y de dos patadas dejas inconscientes a ambos sujetos.
El pecho de Ivette sube y baja con movimientos marcados, pero por lo demás parece que no te reconoce, o al menos esa es la impresión que te da. No es hasta que te guiña un ojo que te limitas a negar. Esa sí que es una mujer dura de acabar.
Claro que tu análisis de ella se ve interrumpido por el ruido de las sirenas.
La policía. Es tiempo de esfumarse. Tal vez cuando las cosas estén más tranquilas, puedas continuar esa conversación con Ivette.

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