Los que casi

Reseñas generales

En la ciudad de Buenos Aires, donde las tardes huelen a café y a lluvia vieja, los caminos de tres personas se cruzaron demasiadas veces… y siempre a destiempo

I. Clara

Clara llevaba un cuaderno rojo donde anotaba las cosas que no se atrevía a decir. Vivía en un departamento antiguo en San Telmo, con balcones de hierro forjado y plantas que sobrevivían más por terquedad que por cuidado.

Creía en las señales, pero nunca sabía interpretarlas.

La primera vez que vio a Tomás fue en una librería. Él hojeaba una edición gastada de Rayuela, como si buscara algo entre las páginas que no estaba escrito. Sus manos casi se tocaron al alcanzar el mismo ejemplar.

—Perdón —dijeron los dos al mismo tiempo.

Y rieron.

Pero Clara tenía prisa. Siempre tenía prisa cuando algo importante estaba por empezar.

II. Tomás

Tomás era fotógrafo. Perseguía luces imposibles por las calles empedradas, convencido de que el amor era una cuestión de encuadre: estar en el lugar correcto, en el instante preciso.

Volvió a verla semanas después, una noche tibia en Plaza Dorrego. Clara bailaba torpemente con un grupo de desconocidos mientras sonaba un bandoneón melancólico.

Tomás levantó la cámara.

No tomó la foto.

Pensó que algunas imágenes merecían quedarse en la memoria.

Cuando decidió acercarse, alguien más ya estaba hablando con ella.

III. Martín

Martín no creía en las casualidades. Decía que el amor era una construcción paciente, como una casa: ladrillo sobre ladrillo. Había conocido a Clara en la universidad y llevaba años orbitando su vida con discreción.

No era impulsivo como Tomás.

Era constante.

La invitaba a exposiciones, la acompañaba a recitales, le sostenía el paraguas cuando llovía. Clara lo quería —de esa manera tibia y agradecida que no incendia nada— y aceptó empezar algo con él porque parecía sensato.

Tomás los vio juntos una tarde, de la mano, cruzando la calle Defensa.

Y decidió no interrumpi

IV. Las casi coincidencias

Clara empezó a notar que el fotógrafo aparecía en los márgenes de su vida: en una muestra colectiva, en un café donde ella escribía, en una esquina donde el semáforo tardaba demasiado.

Nunca hablaban más de lo necesario.

Nunca era el momento adecuado.

Una noche, Clara encontró una fotografía en su buzón. Era ella, en Plaza Dorrego, riendo con la cabeza hacia atrás. Al dorso, solo una frase:

"A veces el instante correcto también tiene miedo."

Reconoció la letra.

Guardó la foto en el cuaderno rojo.

No dijo nada

V. El desencuentro final

Pasaron los años.

Martín y Clara se mudaron a un departamento más grande. Había estabilidad, plantas nuevas, cenas con amigos. No había incendios, pero tampoco cenizas.

Tomás expuso una serie titulada “Los que casi”. En una de las fotos, Clara aparecía de espaldas, caminando bajo la lluvia. La imagen ganó un premio.

Clara fue a la inauguración sin avisarle a nadie.

Lo vio al fondo de la sala.

Esta vez no había prisa.
No había terceros.
No había música que interrumpiera.

Pero había tiempo acumulado.

Se miraron como quien abre una puerta que ya da a otra casa.

—Hola —dijo él.

—Hola —respondió ella.

Sonrieron con esa tristeza serena de quienes entienden demasiado tarde.

Hablaron de cosas pequeñas. Del clima. De viajes. De exposiciones futuras. No mencionaron la librería ni la plaza ni la foto en el buzón.

Porque algunos amores no fracasan.

Simplemente nunca coinciden.

Y al despedirse, bajo las luces amarillas de la galería, cada uno tomó una calle distinta, convencidos —por primera vez— de que el destino no es una fuerza misteriosa. Es una suma de silencios.

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.