Príapo

Reseñas generales

Príapo

Capítulo I: El Espejo y la Máscara

Cuando el mal se disfraza de vulnerabilidad, es capaz de aniquilar cualquier rastro de bondad. Para la doctora Clara Oviedo, su vida profesional era una fachada de éxito cimentada sobre la frustración ajena. En su consultorio de alta gama, rodeada de diplomas y paredes blancas impolutas, ella era la arquitecta de milagros. Gracias a su pericia técnica y sus tratamientos de vanguardia, decenas de mujeres lograban lo que para ella era una quimera: quedar embarazadas y cumplir el sueño de ser madres.

Irónicamente, en el centro mismo de su pecho, donde debería latir la satisfacción, solo habitaba un dolor punzante y gélido. Clara no podía concebir. Cada ecografía que realizaba a una paciente, cada latido fetal que amplificaba en los parlantes del consultorio, era un clavo más en su propio ataúd emocional. Su marido, Julio Chamorro, un hombre de pragmatismo seco, le había sugerido —casi ordenado— que buscara ayuda profesional. "Aborda el tema con profesionalismo, Clara. No puedes seguir dejando que los celos te consuman como un ácido", le decía.

Pero la doctora exitosa era, en la intimidad, una mujer amargada. Al terminar sus largas jornadas, tras aconsejar con voz melodiosa a sus pacientes sobre la paciencia y la esperanza, se convertía en una sombra. Se encerraba en el baño, se despojaba de su ambo impecable y se miraba al espejo con un odio visceral. Odiaba sus caderas, su vientre plano y estéril, su piel que le parecía marchita a pesar de sus 32 años.

Esa mañana, el rol se invirtió. Ella era la paciente. Clara Oviedo estaba sentada en un cómodo sofá de pana marrón, frente a una psicóloga que la observaba con una mirada clínica y distante detrás de unos anteojos de vidrio grueso que deformaban ligeramente sus ojos. La terapeuta no decía mucho; prefería el silencio como herramienta de tortura. Mientras Clara hablaba, la psicóloga tecleaba en su laptop con un ritmo monótono:

“Paciente: Clara Oviedo, 32 años. Médica especialista en fertilidad. Motivo de consulta: incapacidad de concebir, ansiedad crónica. La paciente acude bien vestida, con una actitud defensiva, parapetada en su saber profesional. Manifiesta llanto nocturno recurrente. Hace dos semanas inició automedicación con clonazepam (1 mg) para combatir el insomnio. Describe una sensación de 'vacío existencial'. Evita el contacto social; la gente le produce una irritabilidad que confunde con ansiedad. Durante el relato, se observa temblor distal en las manos y una disfonía funcional; su voz suena ronca, como si estuviera engripada, síntoma claro de una angustia somatizada”.

—¿Qué le gusta hacer, Clara? Algo que no tenga que ver con úteros o jeringas —preguntó la psicóloga sin levantar la vista. —Me gusta el arte —respondió Clara con un hilo de voz—. Mi madre pintaba. Decía que el color cura lo que la palabra calla.

La psicóloga sugirió entonces actividades manuales: cerámica, escritura o pintura. Clara eligió la última. Esa misma tarde, le dijo a la terapeuta que ya sabía qué iba a pintar. Retrataría a su hijo. No al que no tenía, sino al que "quería que fuera". Lo veía con una claridad alucinatoria: un varón de dos años, en una piscina de agua tan cristalina que parecía aire. El niño estaría en un salvavidas amarillo, usando un gorrito azul. Un niño feliz, con sus primeros dientes asomando en una sonrisa perfecta.

Capítulo II: El Camino a Yporá

Al salir de la sesión, Julio la esperaba en el asiento del conductor de su camioneta. En el asiento trasero ya estaban los bastidores, los óleos y los pinceles. Él había planeado todo. —Nos vamos una semana, Clara. Me enviaron a vigilar una planta de agrotóxicos en un pueblo llamado Yporá, en Corrientes. Falta personal y me ofrecieron una casa frente al río. Es el lugar perfecto para que pintes y te olvides de los pacientes.

El viaje fue un descenso hacia la humedad y el olvido. A medida que avanzaban por la ruta, el paisaje se volvía más salvaje, más verde, más asfixiante. Yporá resultó ser un enclave de casas precarias, donde el tiempo parecía haberse detenido en una época de barro y superstición. La población era rústica, de miradas esquivas y piel curtida por el sol implacable del litoral.

Al llegar a la casa frente al río, el calor era una manta pesada. Julio se despidió casi de inmediato para cumplir su primer turno en la planta, dejando a Clara sola con sus lienzos. Esa noche, la doctora intentó empezar el retrato. Sus manos, antes precisas con el bisturí, temblaban frente a la tela blanca. Solo logró trazar unas líneas celestes que pretendían ser agua, pero que parecían venas abiertas sobre el bastidor.

Un golpe seco en la puerta rompió el silencio de la noche correntina. Al abrir, Clara se encontró con una mujer de unos cincuenta años, de manos callosas y rostro surcado por la pobreza. En sus brazos cargaba a una niña con síndrome de Down que ardía en fiebre. La pequeña gemía, con los ojos entreabiertos y vidriosos. —Ayúdeme, por favor. Me dijeron que usted es de la ciudad —suplicó la mujer.

Clara, a pesar de su amargura, no pudo ignorar su formación. Hizo pasar a la mujer y examinó a la niña sobre la mesa del comedor. Tenía más de 39 grados de fiebre. Al revisarle los pies y las piernas, la doctora retrocedió con asco: la piel estaba plagada de piques y heridas infectadas, llenas de pus. Con aséptica frialdad, Clara le aplicó una ampolla de dipirona y limpió las heridas. Al terminar, le entregó un jabón antiséptico a la madre. —Tome. Úselo todos los días. Y escúcheme bien: nadie debe saber que soy médica. He venido a descansar. Si alguien se entera, me iré de aquí. ¿Entendido? La mujer asintió con una sumisión que a Clara le pareció excesiva y desapareció en la oscuridad.

Capítulo III: El Pueblo de los Engendros

A la mañana siguiente, Julio regresó cansado, pero insistió en que salieran a conocer el pueblo. Yporá era una pesadilla a plena luz del día. Frente a una iglesia de madera oscura, rústica y carcomida por las hormigas, se extendía una fila de madres andrajosas. Un monje de túnica larga y sucia les servía platos de comida de una olla humeante.

Lo que Clara vio la dejó sin aliento: no había un solo niño sano en la fila. Todos, absolutamente todos, presentaban malformaciones, condiciones especiales o síndromes genéticos. Era una procesión de miembros atrofiados, rostros asimétricos y miradas perdidas. El aire olía a incienso barato y a carne podrida. —Vámonos de aquí, Julio —susurró Clara, sintiendo que el estómago se le revolvía.

Llegaron a una carnicería local para comprar provisiones, pero el lugar era más parecido a un matadero clandestino. El suelo estaba cubierto de sangre vieja, las moscas formaban nubes negras sobre trozos de carne colgados de ganchos oxidados. El olor a muerte era insoportable. Clara salió corriendo y vomitó en la tierra colorada. —Júrame que no saldrás más de la casa hasta que termine tu ronda de vigilancia —le exigió a su marido cuando regresaron. Julio, preocupado por su estado, aceptó.

Esa noche, la atmósfera se volvió eléctrica. Clara intentó llamar a Julio, que ya se había ido a la fábrica, pero el teléfono no daba señal. Caminó hacia la sala y encontró su pintura tirada en el suelo, boca abajo. La levantó con un presentimiento funesto. Para calmar sus nervios, puso en su celular la canción “Déjate caer” de Café Tacvba y empezó a pintar frenéticamente, usando el color azul para el gorrito del niño de sus sueños.

Mientras tanto, en la fábrica de agrotóxicos, Julio patrullaba los galpones. Vio una sombra: un hombre con una capa negra que se movía entre los tanques químicos. Al intentar seguirlo, fue rodeado por un grupo de hombres silenciosos. Antes de que pudiera sacar su arma, lo golpearon, lo maniataron y lo arrojaron al fondo de una camioneta desvencijada que se perdió en el monte.

Capítulo IV: El Juicio de Príapo

Clara supo que algo iba mal cuando la mujer de la niña enferma volvió a su puerta a medianoche. Pero esta vez no venía sola. Varios hombres la rodeaban. —La necesitamos, doctora. Los hijos de Yporá tienen fiebre y convulsiones. Si no viene a curarlos, no verá más a su esposo. Príapo, el dios de la cosecha, el que nos da alimento y trabajo, va a castrarlo y a echarlo a los chanchos si usted se niega.

Aterrorizada, Clara fue guiada por un sendero de piedras y espinas hasta una capilla oculta en la espesura. Al entrar, el horror cobró forma: doce niños yacían en bancos de madera y en el suelo, retorciéndose en convulsiones. El monje de la túnica larga, un hombre alto y extremadamente flaco, la esperaba con una mirada de acero. —Atiéndalos —ordenó el monje.

Clara trabajó durante horas bajo la luz de las velas, inyectando anticonvulsivos y estabilizando a los pequeños. Cuando terminó, exhausta y con las manos manchadas de fluidos, exigió ver a Julio. —Solo lo verás si recitas una oración a Príapo, el dios de la fertilidad —dijo el monje—. Debes ser agradecida, Clara. Este pueblo te abrió sus puertas.

Clara, poseída por una furia desesperada, sacó un revólver que guardaba en su cartera —el arma de defensa de Julio— y apuntó a la cabeza del monje. —Dime dónde está mi marido o te vuelo los sesos aquí mismo.

Las mujeres de la capilla inclinaron la cabeza en un silencio sepulcral. El monje no se inmutó. Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro cadavérico. —Sé lo que estás pensando, Clara. Te dan asco estos chicos. Los llamas "monstruos" en tu cabeza. ¿Y sabes por qué no eres madre? Porque el odio te precede. Eras feliz cuando murió tu hermano, ¿verdad? Aquel niño con distrofia de Duchenne.

Las palabras del monje actuaron como una llave en un cerrojo oxidado. Clara fue succionada por un flashback violento: una tarde de lluvia, el olor a desinfectante de una clínica. Ella tenía nueve años; su hermano, doce. Recordó el sonido del monitor cuando el paro cardiorrespiratorio terminó con su vida. Recordó la sensación que la inundó en ese momento: no fue tristeza, fue libertad. Ya no tendría que limpiar su vómito. Ya no tendría que salir a la calle con ese "hermano deforme" al que todos miraban con lástima. Sus amigas por fin podrían venir a jugar a su casa sin sentir miedo del "hermano mutante".

—¡Cállate! —gritó Clara, pero sus manos temblaban tanto que los hombres de Príapo la desarmaron fácilmente. Un golpe seco en la nuca la hundió en la oscuridad.

Capítulo V: El Tercer Abismo

Cuando despertó, Clara estaba atada a una tarima en el centro de la capilla. Frente a ella, Julio estaba amarrado a una silla, con el rostro desfigurado por los golpes. Todos los presentes vestían túnicas negras. El ambiente estaba saturado de humo de hierbas quemadas.

De pronto, el techo de paja de la capilla pareció encenderse en un fuego fatuo que no consumía la madera. El monje apareció de nuevo, y al unísono, los hombres se quitaron las batas. Clara ahogó un grito de puro horror: todos estaban castrados. Una cicatriz brutal, en forma de Y, nacía en sus vientres y terminaba en el ombligo. Eran los eunucos de una deidad hambrienta.

—Príapo reclama su tributo —anunció el monje—. Tú, que desprecias la imperfección, concebirás al hijo perfecto del dios.

Una entidad sombría, una masa de músculos y cuernos que parecía emanar de las sombras mismas, se acercó a Clara. Mientras la criatura le desgarraba la ropa, el suelo de la capilla se abrió bajo sus pies. Clara no cayó al sótano, sino al vacío.

Se encontró en un lugar que recordaba al Infierno de Dante. En el tercer abismo, rodeada de un calor insoportable, vio una figura sentada en una silla de fuego: era su hermano. Sus ojos eran brasas ardientes y su cuerpo, deformado por la enfermedad en vida, ahora supuraba lava. Una voz retumbó en su cabeza: “Para salvarlo, para sacarlo de este tormento, debes traerlo a la vida de nuevo. Pero no será humano. Será el engendro de Príapo”.

Clara, en un arranque de voluntad que superaba su propio egoísmo, se negó. Con una fuerza descomunal que no sabía que poseía, empezó a trepar por las paredes de la fosa mientras la entidad la perseguía.

Capítulo VI: El Escape del Pueblo Maldito

De vuelta en la realidad de la capilla, bajo el fulgor de una luna roja que parecía sangrar sobre el monte, Clara logró soltar una de sus manos. En medio del caos, la niña que ella había salvado —la hija de la mujer de los piques— aprovechó la distracción de los fieles para deslizarse entre las sombras y cortar las cuerdas de Julio con un cuchillo de carnicero.

Julio, libre, se lanzó contra el monje. Clara saltó de la tarima y, usando un candelabro pesado, golpeó a uno de los hombres castrados que intentaba sujetarla. Los tres —Clara, Julio y la niña que los ayudó— salieron corriendo de la capilla mientras los gritos de los fieles y los rugidos de la entidad resonaban a sus espaldas.

Llegaron a la camioneta jadeando, con la ropa hecha jirones y el alma rota. Julio intentó arrancar, pero el vehículo no se movía: las cuatro gomas estaban pinchadas, tajeadas con saña.

—¡Vienen por nosotros! —gritó Clara, viendo las luces de las antorchas acercarse entre los árboles.

Debían salir de ese pueblo maldito a pie, atravesando el monte antes de que la luna roja se ocultara. Clara sabía que la entidad no se detendría. Príapo la buscaba. Quería su vientre para sembrar la semilla de un nuevo mundo de pesadilla, y ella, la doctora que alguna vez soñó con la perfección, ahora solo deseaba desaparecer en la oscuridad para no dar a luz a lo que el infierno le había prometido.

Comentarios 1

S
SUNS26 de febrero de 2026
This is eerie and scary and deeply disturbing! I think it'd be really interesting to see if you can foreshadow or allude to Clara's brother earlier in the story, maybe in the way that she views babies or caretaking. Like does she feel guilt? Is there still fear surrounding motherhood? Like maybe the internal conflict is that she doesn't want kids but she feels obligated to? Like maybe her husband wants them and she feels like she should be on board? I just think a little bit more tension might help connect the church scene a lot more!</br></br>Cool story though! Super dark!