Una venganza rastrera
Reseñas generales
Era un domingo por la mañana y Luisa, en su día de descanso, debe ponerse a trabajar dentro de su casa: limpia bien la cocina y lava toda la ropa con la que sale el día a día a su trabajo, limpia, quita el polvo de los muebles, pasa el coleto y queda feliz viendo su reflejo en el piso; todo está impecable. A ella no le gusta el desorden ni el sucio, menos el polvo; también es un poco maníaca con la limpieza; todo debe estar bien organizado y pulcro. También le teme a los microbios, a los gérmenes, y por eso es muy meticulosa. Luisa está agotada; ha sido un día de limpieza extenuante. No tiene bichos dentro de su casa; ella lo inspeccionó todo. No le gustan las hormigas ni ningún tipo de insectos. Sentada en el respaldar de uno de sus muebles, se quita un guante y se limpia con la muñeca de la mano derecha su sudor. El ambiente huele a fresco y a desinfectantes.

Es una hermosa sala con bellos muebles de recibo esponjosos y negros; la mesa del centro tiene adornos de cerámicas cuidadosamente limpios y una vitrina con platos heredados de su abuela bien cuidados, un reloj cucú heredado de su abuelo; todo ha quedado impecable.
Ahora debe poner los muebles en su lugar. Se va al baño y se da una ducha; luego se va a la cocina a hacer la comida. En la noche da una última vuelta en la sala como buscando algún desorden, pero todo está en su lugar y las lámparas de bronce del techo brillan. Se siente feliz y apaga las luces de la sala, quedando las del jardín encendidas, y se va a dormir.
En el jardín hay un viento que mueve con delicadeza a las plantas y un árbol que nació ahí solo, sin ser sembrado; no se sabe qué tipo de árbol es, solo está ahí, siendo meneado por el viento refrescante de la noche. Por la calle fría y vacía vienen dos cosas negras; salieron de una alcantarilla de aguas negras y está plagado por muchas réplicas de ellos; todos son idénticos, son miles. La saturación es grande; es necesario emigrar, buscar nuevos senderos para hacer nuevas colonias en otros lados. Son muy sigilosas y muy rápidas en sus cuatro patas. Son asquerosas y rastreras; se deslizan por debajo del portón del garaje. Vienen hambrientas, buscan cobijo y un buen lugar para sus hijos.
Pasaron del jardín directo hacia la pared y la escalan con facilidad como si fuera otro piso más que caminar. Son atraídos por un olor a comida que ha quedado en el medio ambiente después de la cena. Son escurridizas y ambas entran por la ventana de la sala y bajan por las paredes hasta llegar al suelo; el olor las atrae y una de ellas vuela como si fuera un murciélago y busca con desespero ese olor que ha quedado vagando en el ambiente. Se para encima de unos platos de animés y estos se caen de la mesa, pero la cosa repugnante, no.
Luisa estaba acostada en su cama sin poder dormir todavía, ella estaba viendo videos en el celular, con la luz de su cuarto apagada y ella escucho el ruido en la cocina y con el celular en la mano se levanta a ver qué sonó en la cocina, enciende la linterna del celular y ve una cucaracha que mueve sus antenas sobre una mesa pequeña de la cocina y los platos de anime tirados en el piso, se le había olvidado meterlos en la basura y cerrar bien la bolsa y la cucaracha al sentirse descubierta baja por las patas de la mesa. Luisa pone el celular sobre la mesa y enciende la luz de la cocina y ella busca la escoba y busca matar a la cucaracha en el suelo, pero esta huye. La mujer enciende las luces de la sala y se encuentra con otra cucaracha y, con la escoba, la aplasta y la remata con el zapato.

Escondido y aterrado ha quedado el macho viendo todo ese salvajismo. Ve con miedo a aquel ser gigante que mata sin piedad; es una asesina en serie: lleva muchos muertos encima, miles y miles de cucarachas ha matado a lo largo de su vida y no se detiene. Ahora la depredadora va por él. Es sigilosa, busca sorprender a la cucaracha que queda viva, pero esta sabe que el mal acecha y no es tonta; está escondida.
Luisa descubre dónde se escondió e intenta hacerlo salir de su escondite, pero él es escurridizo y se mete por los sitios de la cocina más difíciles, por puros escondrijos de la pared y algunos agujeros sin tapar. La mujer no usa el mata cucarachas; tiene miedo de que ese olor se riegue por toda la casa y es de noche y podría dormir respirando toda la noche ese olor.
Ha hecho un desorden en la cocina por una cucaracha y recoge todo y lo pone en su lugar. Agotada, decide buscarla al día siguiente con el mata cucarachas y abrir todas las ventanas y puertas para que se vaya el olor. Deja la escoba a un lado y se va a dormir; al acostarse, ve un mensaje sin leer en el celular. Puede ser del novio, porque ve un corazón triste, pero lo apaga, se arropa y entra en un profundo sueño.
Después de un tiempo en silencio, solo acompañado con el ruido del motor de la nevera y del reloj cucú, sale el insecto y baja rápido por la pared y se dirige a un ceibo —un mueble de madera con vitrinas— y sube por él y desde lo alto ve a su amada muerta en el suelo a lo lejos; no se acerca, no le hace falta, sabe que no debe acercarse, porque él es el próximo. Solo expresa en lo alto de ese mueble su dolor silencioso. Sus antenas se mueven como rastreando algo en el ambiente, tal vez las feromonas de la difunta, o intenta tener una comunicación con ella, pero ella ya no responderá.

El estático no se mueve de ahí; parece que piensa o siente algún dolor. El macho quedó solo, en lo alto de ese frío mueble de color caoba oscuro dentro de una sala medio oscura, y él no se mueve de su lugar. Está de luto.
De repente, un aroma viene flotando en el aire, sale de algún lado y él alza el vuelo dejando atrás el mueble y sigue ese olor, que es el mismo olor que la mujer despedía en cada movimiento salvaje y agresivo que hacía para matarlos. El olor lo lleva a un cuarto oscuro. Él está rastreando a la criminal que duerme plácidamente en su cama, cayendo fácilmente encima de sus sábanas blancas y subiendo por encima de ellas; camina por todo lo largo de su cuerpo hasta llegar encima de su pecho y ver el rostro de la despiadada y cruel asesina. El cuerpo inerte no se mueve, duerme, hace ruidos con sus ronquidos y de vez en cuando se oye un silbido. Camina subiendo por su cuello; él siente su yugular latir y llega a su oreja y sube por su mejilla y se monta justamente en su boca.

Luisa siente una cosa desagradable en su boca, unas patas peludas asquerosas, y se levanta de un susto.

Asqueada y asustada, grita. Cayendo a un lado la cucaracha, Luisa corre a encender la luz y ve la cucaracha encima de sus sábanas blancas y limpias. Antes de que ella logre buscar algo para matar a la cucaracha, esta alza el vuelo y ella ve que la cucaracha se dirige hacia ella volando; ahora está a su misma altura, ya no es presa fácil como antes, que estaba en el suelo y en las paredes. Luisa no sabe cómo defenderse y corre aterrada.

Luisa, en un ataque de histeria, sale del cuarto gritando y corriendo, entrando en pánico, con un rostro de terror y sintiendo una grima intensa dentro de todo su cuerpo, de repudio y asco que le produce ese insecto, y con la idea de que le pueda volver a caer encima y tocar de nuevo. Eso la hace correr temblando hacia la sala, gritando sin control y con los cabellos y bellos de todo el cuerpo erizados.

La cucaracha más atrás está volando detrás de ella. Él sabe que él tiene el control y su meta es caerle encima, caminar todo su cuerpo y matarla de asco, así como ella mató a su amada.
Luisa corre en círculos dentro de la sala y la cucaracha vuela detrás de ella. Luisa corre otra vez hacia su cuarto y cierra la puerta y rellena los espacios de abajo de la puerta para que la cucaracha no pueda pasar por debajo y se monta en su cama. Acorralada, sentada y abrazada a sus piernas, no le quita la mirada a la puerta; su rostro está tenso, su mirada es de pánico, es como si la cucaracha pudiera abrir la puerta o pasar por alguna rendija minúscula y atacarla…
Luisa está presa en su propio cuarto. Presa del terror que le tienen a los insectos.
No pudo dormir en toda la noche; ha estado pensando en la cucaracha y la ha estado escuchando, haciendo ruidos, en la cocina. Luisa piensa en sus patas contaminadas corriendo y pasando por la mesa, metiéndose donde más puede, infectando todo. No sabe de dónde viene, pero puede imaginarlo, de algún basurero, de algún desagüe de aguas residuales o del cementerio comiendo muertos en nichos rotos fáciles de entrar; cada pensamiento la aterra y la pone más fría. Ella pasó de ser la cazadora a ser casada y sin saber cuántas más hay en la sala o en la cocina y si debe contratar a un exterminador, porque puede tener la casa infestada de alimañas. Luisa no quiere dormir el día de mañana ahí. Sus pensamientos son distintos, variados, sin razonamiento. Le dejará la casa totalmente a la cucaracha y se irá a la casa de su mamá porque todo está infestado, contaminado, y cuando el exterminador termine, ella tendrá una ardua tarea de desinfectar y limpiar todo de nuevo.
El exterminador vino y echó por todos lados su veneno. A la semana, en domingo, Luisa limpiaba su casa como de costumbre; no había bichos y la amenaza voladora no se le veía por ningún lado. Ya murió, pensó Luisa.
Todo había quedado pulcro de nuevo; era su hogar el que la protegía. Luisa se va a dormir en su cama con sus sábanas recién lavadas, limpias, con olor a detergente y desinfectante. Luego, dos puntos negros se ven caminando en la calle; vienen rápido, por un olor a comida que las llama, pasan debajo de una reja azul cuidadosamente pintada y llegan a una pared blanca, suben por ella con una agilidad hasta llegar a la ventana y bajan por ella. Siempre entran de dos: un macho y una hembra buscando su Edén, pero esta vez algo las hace retroceder. No pueden entrar al Edén; un campo invisible lo protege y vuelven a salir por donde entraron y buscan la casa de al lado; la del vecino es mejor, no tiene ese mal olor a veneno.
Las dos cucarachas se van a buscar comida y un buen hogar para sus hijos; son aniquiladas, pero han dejado sus huevos y la futura generación hará una colonia dentro de la casa vecina.
Las cucarachas han desarrollado una capacidad de soportar el veneno; la evolución y adaptación las han hecho fuertes y se dirigen ahora a la casa de Luisa porque la colonia en la casa vecina ha crecido mucho y necesitan emigrar. Luisa vuelve a entrar en pánico y se oyen los gritos de ella en toda la cuadra. Los vecinos de al lado aprendieron a vivir con sus cucarachas. Si tienes una casa limpia, tienes cucarachas limpias, dice una revista que habla de todo un poco. Una de esas revistas viejas puede ser Cosmopolitan o Vanidades. Si lo dice una revista, debe ser cierto.




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